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 EL RUIDO Y LAS NUECES

Recordando la intentona
del golpe de estado del 23-F

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

El pasado 23 de febrero se cumplieron 25 años de la intentona golpista. En aquellos años, que parecen ya borrados de la memoria, pensábamos si algún día podríamos enterrar para siempre esos hechos injuriosos que querían dar al traste con una democracia incipiente. Pese a todas las páginas que se han escrito al respecto, siempre quedan vacíos imposibles de llenar, hechos de luces y sombras que en ocasiones han proyectado rayos oblicuos sobre un futuro hoy ya consolidado. Tantos años después, guardias civiles que fueron protagonistas obligados de aquel esperpento del 23-F han contado cómo vivieron aquellas horas.

 

Con tal motivo, la Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC) ha producido un documental titulado 25 años del 23-F. Hablan los guardias civiles. En efecto, aquel día de 1981 el teniente coronel Antonio Tejero Molina y otros oficiales de la Guardia Civil utilizaron a dos centenares de guardias civiles para tomar por la fuerza el Congreso de los Diputados. Desde entonces, se han escuchado voces, pero hasta ahora habían callado las bocas aquellos guardias que fueron actores involuntarios de un suceso tan vergonzoso. En un comunicado que la AUGC hizo público en su día justifica este silencio sepulcral, empujado precisamente por la militarización y el anquilosamiento de la Benemérita, factor clave que “permitió el operativo golpista”. Como en el mismo comunicado se indica, el fuerte asociacionismo que empuja a la AUGC representa un factor de “modernización y democratización para que la Guardia Civil no sea un estado dentro del Estado”.

 

Estos guardias han roto el silencio en el que han vivido tantos años sumergidos y este hecho no sólo es un buen síntoma de que España ha cambiado, sino un dato inequívoco de que hablar es un signo inequívoco de que la democracia circula por el carril correcto. Otros militares ultra quisieron descarrilar el tren del progreso con esta intentona golpista. Buscaban argumentos en los entierros de militares asesinados por ETA, en los desequilibrios inevitables que todo cambio conlleva. Veían mal la Unión Militar Democrática. No podían pensar que uniformes de sus uniformes se arrancaran sin razones las medallas del pasado. Pero el pasado se estaba muriendo y el brillo metálico de las medallas ya no deslumbraba a otros guardias que miraban con recelo el porte de sus mandos. La Operación Galaxia tampoco logró sus objetivos y quedó desintegrada en mitad de un universo sin luz.

 

Mientras tantos los guardias, invitados al Congreso de los Diputados para golpear a la democracia, no entendían si aquel acto era un ejercicio práctico, no sabían por qué les habían cambiado una munición que no se ajustaba a su armamento. Ahora los guardias han hablado de su miedo y de su desconcierto, y de la euforia desaforada de sus mandos. Y todavía hoy se preguntan por qué escogieron a la Guardia Civil y por qué no a la Policía Nacional. Cuando salían del Palacio de Congresos muchos se preguntaban por su futuro, por el futuro del país. Algunos guardias saltaron por la ventana para escapar a la trampa golpista. Algunos se asomaban y oían cómo un coronel les incitaba para que salieran sin miedo, que no habría castigo. El teniente coronel Tejero les dijo que era indigno de un guardia saltara por la ventana, que debían salir tal como entraron, y después de que los políticos abandonaran el edificio los guardias, en fila de a uno, y saludando a Tejero, también abandonaron el lugar.

 

Les dijeron también que no habría represalias de oficial para abajo. Pero no fue cierto. Muchos oficiales fueron ascendiendo con los años. Quienes no lo consiguieron fueron los miembros de la Unión Militar Democrática. Tampoco ningún gobierno hasta el día presente premió la desobediencia de estos militares que lucharon por la democracia. El sistema tiene estos vacíos, que ya es hora de romper y de premiar al menos con el reconocimiento a aquellos militares que tuvieron la valentía de no traicionar a la patria. Pero, claro, igual está mal visto por algunos miembros de la cúpula militar. Ahora que ya han hablado los guardias también es hora de que las medallas también reluzcan en otros uniformes, aunque su heroicidad sólo haya consistido en salvar a este país de volver a vivir otros años grises como aquellos que todos desde entonces nos empeñamos en olvidar.

 

Uno de los testimonios de este video, el de Manuel Martínez, es reconciliador. Dice que habla para pedir perdón, para lavar su conciencia. Dice que lo hace para que se reconozcan los derechos de los guardias civiles, no para contárselo a sus nietos. Tantos años después, cuesta recordar qué hacíamos ese día perdido de nuestra vida. Nuestros hijos y nuestros nietos, también los nietos de Manuel Martínez y de los demás guardias, conocerán este trance de nuestra historia en una asignatura obligatoria de 2º de bachillerato, perdido en un capítulo de la transición española como el último episodio de las convulsiones políticas de ese periodo. Con toda seguridad, si la pregunta les entrara en algún examen, los abuelos podrían ampliarles detalles que no están escritos pero que ya figuran en este video de la AUGC. Sobre todo, como siempre se dice en estos casos, para que nunca se repita.


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