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El pasado 23 de febrero se
cumplieron 25 años de la intentona golpista. En aquellos años, que parecen ya
borrados de la memoria, pensábamos si algún día podríamos enterrar para siempre
esos hechos injuriosos que querían dar al traste con una democracia incipiente.
Pese a todas las páginas que se han escrito al respecto, siempre quedan vacíos
imposibles de llenar, hechos de luces y sombras que en ocasiones han proyectado
rayos oblicuos sobre un futuro hoy ya consolidado. Tantos años después, guardias
civiles que fueron protagonistas obligados de aquel esperpento del 23-F han
contado cómo vivieron aquellas horas.
Con tal motivo, la Asociación
Unificada de Guardias Civiles (AUGC) ha producido un documental titulado 25
años del 23-F. Hablan los guardias civiles. En efecto, aquel día de 1981 el
teniente coronel Antonio Tejero Molina y otros oficiales de la Guardia Civil
utilizaron a dos centenares de guardias civiles para tomar por la fuerza el
Congreso de los Diputados. Desde entonces, se han escuchado voces, pero hasta
ahora habían callado las bocas aquellos guardias que fueron actores
involuntarios de un suceso tan vergonzoso. En un comunicado que la AUGC hizo
público en su día justifica este silencio sepulcral, empujado precisamente por
la militarización y el anquilosamiento de la Benemérita, factor clave que
“permitió el operativo golpista”. Como en el mismo comunicado se indica, el
fuerte asociacionismo que empuja a la AUGC representa un factor de
“modernización y democratización para que la Guardia Civil no sea un estado
dentro del Estado”.
Estos guardias han roto el
silencio en el que han vivido tantos años sumergidos y este hecho no sólo es un
buen síntoma de que España ha cambiado, sino un dato inequívoco de que hablar es
un signo inequívoco de que la democracia circula por el carril correcto. Otros
militares ultra quisieron descarrilar el tren del progreso con esta intentona
golpista. Buscaban argumentos en los entierros de militares asesinados por ETA,
en los desequilibrios inevitables que todo cambio conlleva. Veían mal la Unión
Militar Democrática. No podían pensar que uniformes de sus uniformes se
arrancaran sin razones las medallas del pasado. Pero el pasado se estaba
muriendo y el brillo metálico de las medallas ya no deslumbraba a otros guardias
que miraban con recelo el porte de sus mandos. La Operación Galaxia tampoco
logró sus objetivos y quedó desintegrada en mitad de un universo sin luz.
Mientras tantos los guardias,
invitados al Congreso de los Diputados para golpear a la democracia, no
entendían si aquel acto era un ejercicio práctico, no sabían por qué les habían
cambiado una munición que no se ajustaba a su armamento. Ahora los guardias han
hablado de su miedo y de su desconcierto, y de la euforia desaforada de sus
mandos. Y todavía hoy se preguntan por qué escogieron a la Guardia Civil y por
qué no a la Policía Nacional. Cuando salían del Palacio de Congresos muchos se
preguntaban por su futuro, por el futuro del país. Algunos guardias saltaron por
la ventana para escapar a la trampa golpista. Algunos se asomaban y oían cómo un
coronel les incitaba para que salieran sin miedo, que no habría castigo. El
teniente coronel Tejero les dijo que era indigno de un guardia saltara por la
ventana, que debían salir tal como entraron, y después de que los políticos
abandonaran el edificio los guardias, en fila de a uno, y saludando a Tejero,
también abandonaron el lugar.
Les dijeron también que no
habría represalias de oficial para abajo. Pero no fue cierto. Muchos oficiales
fueron ascendiendo con los años. Quienes no lo consiguieron fueron los miembros
de la Unión Militar Democrática. Tampoco ningún gobierno hasta el día presente
premió la desobediencia de estos militares que lucharon por la democracia. El
sistema tiene estos vacíos, que ya es hora de romper y de premiar al menos con
el reconocimiento a aquellos militares que tuvieron la valentía de no traicionar
a la patria. Pero, claro, igual está mal visto por algunos miembros de la cúpula
militar. Ahora que ya han hablado los guardias también es hora de que las
medallas también reluzcan en otros uniformes, aunque su heroicidad sólo haya
consistido en salvar a este país de volver a vivir otros años grises como
aquellos que todos desde entonces nos empeñamos en olvidar.
Uno de los testimonios de
este video, el de Manuel Martínez, es reconciliador. Dice que habla para pedir
perdón, para lavar su conciencia. Dice que lo hace para que se reconozcan los
derechos de los guardias civiles, no para contárselo a sus nietos. Tantos años
después, cuesta recordar qué hacíamos ese día perdido de nuestra vida. Nuestros
hijos y nuestros nietos, también los nietos de Manuel Martínez y de los demás
guardias, conocerán este trance de nuestra historia en una asignatura
obligatoria de 2º de bachillerato, perdido en un capítulo de la transición
española como el último episodio de las convulsiones políticas de ese periodo.
Con toda seguridad, si la pregunta les entrara en algún examen, los abuelos
podrían ampliarles detalles que no están escritos pero que ya figuran en este
video de la AUGC. Sobre todo, como siempre se dice en estos casos, para que
nunca se repita.
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