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Estos días se ha estrenado la
película de Bennett Miller Truman Capote, genialmente caracterizado por
el actor Philip Saymour Hoffman. En Estados Unidos se hizo con el título
Capote, a secas. Posiblemente, como dice mi amiga Lola Domínguez, en España
le han añadido el nombre al título para que el público no confunda la tragedia
griega con un tema relacionado con la tauromaquia. Sea como fuere, el resultado
es una historia un tanto deshilvanada, donde el gran acierto estriba en mostrar
al espectador esa ambigüedad que lleva al escritor, por una parte, a
obsesionarse con la historia de este cuádruple crimen, consciente de que ha
encontrado aquí la materia necesaria para escribir una obra maestra, peor, al
mismo tiempo, necesita mentir y traicionar a los condenados para que éstos le
confiesen con detalle cómo maquinaron y llevaron a cabo el asesinato. Capote lo
sabía y, efectivamente, A sangre fría supuso un éxito clamoroso y está
considerada hoy la obra cumbre de aquel oxidado movimiento que Tom Wolfe
denominó de manera reiterada Nuevo Periodismo nortaeamericano.
A Truman Capote se le
atribuye la invención de la novela de no ficción, pero al parecer él nunca
presumió de tamaño descubrimiento, si bien es cierto que consideraba que se
trataba de un género nuevo y serio, y que él sencillamente sólo había aportado
la obra más ambiciosa y perfecta, como en efecto lo es. En la propia película se
le atribuye al escritor norteamericano la autoría de lo que él mismo denomina la
novela documental. Obviamente, no inventó la novela de no ficción, también
denominada novela-reportaje. Pero eso sí, A sangre fría supuso desde
entonces la culminación de un género todavía en gestación. En los años 50, 60 y
70 se escribieron muchas o demasiadas novelas de no ficción, ese género en que
las técnicas periodísticas y literarias se dan la mano para bordar un género
sutilmente sugerente. El primero de estos reportajes novelados se publicó en
1946 con el título Hiroshima, obra de John Jersey, claro precedente de la
novela-reportaje y que influiría notablemente en autores como Liliam Ross,
Norman Mailer o Truman Capote. Jersey se mantiene fuera del relato, como si
escribiera un reportaje, no quiere tomar parte de la historia que relata,
sencillamente reconstruye con minuciosidad mediante entrevistas exhaustivas con
seis personajes supervivientes de la tragedia lo que un año antes había sucedido
en Hiroshima. Sobrio en el manejo de recursos estilísticos, desde las primeras
líneas Jersey dice al lector qué va a ocurrir o qué ha ocurrido. Lo mismo hará
Capote en A sangre fría o García Márquez en Crónica de una muerte
anunciada.
La película de Miller vuelve
a poner de moda a un escritor que todos deberíamos haber leído ya, sobre todo
porque indagando entre líneas podemos descubrir las huellas vivas de la novela
de nuestros días. Capote era caprichoso, amanerado, histriónico, patético,
brillante, bajito, homosexual, alcohólico, drogadicto, pero sobre todo era un
genio. Se ha escrito estos días que su obra maestra hizo de la no ficción algo
tan literario como la ficción. Por supuesto, para nada comparto esa sospecha
envenenada de que la ficción supera a la realidad. Muestra de ello es
precisamente la obra de Capote y las obras que con posterioridad el periodismo,
vestido de traje largo con los recursos propios de la literatura, ha aportado a
nuestra historia más reciente. Capote murió en 1984 y no fue capaz desde la
publicación de A sangre fría de ultimar una obra extensa. Sus obras
posteriores se reducen a un conjunto de retratos, entrevistas, reportajes y
cuentos magistrales, algunos de los cuales recogió con el título Música para
camaleones.
La película, sobre todo, nos
ayuda a acercarnos de nuevo a este escritor magistral, quien escribió algunas de
las páginas sobre el asesinato de Holcom en la Costa Brava. En los próximos días
además verá la luz Un placer fugaz, volumen que recoge su correspondencia
completa a través de 700 páginas. Entre las cartas aquí recopiladas, incluye
algunas que hacen referencia a nuestro país. Al parecer, Capote exagera en
algunas de estas misivas. Por ejemplo, en julio de 1949 escribe a Cecil Beaton y
alude a su viaje a la provincia de Cádiz. Dice así: “Hemos pasado algunas
aventuras, de las que la más sorprendente ocurrió entre Granada y Algeciras,
cuando de golpe toda la gente del tren empezó a gritar y a tirarse al suelo:
¡bandidos! Las balas silbaban. Lo que pasa es que no eran bandidos. Sólo eran
unos españoles que habían perdido el tren y disparaban para que parase. A un
hombre le dieron en la cabeza. Un país precioso”.
Posiblemente
Capote exagere en estas cartas, pero diez años después dejó de hacerlo para
contarnos de manera exhaustiva cómo dos jóvenes asesinaron a sangre fría a los
cuatro miembros de una familia de granjeros de la América profunda. El resultado
no es un libro precioso, sino una obra sencillamente perfecta.
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