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Leo en la prensa que un lote
de dos botellas de Doble Magnum de Vega Sicilia Único de las añadas de 1987 y
1989 han alcanzado los 100.000 dólares en el festival benéfico Naples Winter
Wine de Florida (Estados Unidos). Éste es le precio más alto jamás alcanzado por
los vinos de esta bodega de Ribera del Duero. Esta cantidads, al parecer, supera
el propio récord de Vega Sicilia que en la edición de 2004 logró por un lote
similar los 65.000 dólares.
Visto desde fuera, y como
quien no quiere la cosa, cualquiera puede pensar que éste es un precio
disparatado para un par de botellas de vino, por muy buen vino que sea éste.
Puede que así sea, desde luego. Pero si mi nómina fuese más elástica, y se
pudiera estirar todo lo que uno deseara, yo me permitiría caprichos de este
tipo. La gente, normalmente, cuando le sobra el dinero adquiere propiedades
inmobiliarias con el objeto, bien fundamentado, de enriquecer su patrimonio. Yo,
por el contrario, me bebería todo mi patrimonio. Es decir, iría con mi
patrimonio puesto allá adonde fuese, ya fuese patrimonio bebido, leído, visto o
transpirado. Hace un par de años visité, gracias a las gestiones de un amigo,
las bodegas Vega Sicilia. Pensé, en un descuido del portero, perderme por el
lugar y encerrarme en una de aquellas naves atestada con botas de roble hasta
perder el sentido –no el común, que ya perdí- de la realidad. En los poemas y
canciones cantados a Baco desde que el hombre inventó el vino, sus autores de
vez en vez preconizaban su vocación por morir con la boca puesta en la canilla
de un barril.
A Tutankamón, como buen
faraón, también le gustaba el vino, sobre todo el vino tinto. En octubre del
pasado año investigadores de la Universidad de Barcelona llegaron a esa
conclusión, según expusieron en los sótanos del Mueso Británico. Se sabía que
los faraones bebían vino y que lo hacían a placer y que los egipcios en general
celebraban las fiestas más señaladas agarrando una moña de cuidado. Ahora estos
investigadores han venido a decirnos que en efecto se emborrachaban, pero que lo
hacían con vino tinto. A esta sobria conclusión llegaron después de analizar
vasijas y fragmentos de vasija de la época. En realidad, se trata de jarras
enterradas en la tumba de Tuntakamón que, según se recuerda, reinó durante el
siglo XIV antes de Cristo y murió en el año 1323 antes de Cristo. Lo que no
cuentan los investigadores ni las leyendas es si el susodicho vino tinto se lo
bebía sólo el faraón o también lo compartía con los demás ciudadanos del
terruño. Sin conocer los precios de entonces, nos atrevemos a esbozar nuestra
propia teoría y es que el ciudadano de a pie, como ocurre hoy en día, se
emborracharía con vino del garrafón, con tinto del pelotazo, o del corriente,
como ustedes gusten llamarlo. Sobre todo, si el precio que se preciara alcanzaba
el valor de una botella de Vega Sicilia.
Que tampoco es de extrañar,
porque los egipcios, que bebían vino blanco y tinto, etiquetaban las garrafas de
manera muy cuidadosa y en dicha etiqueta precisaban la fecha de la cosecha, la
procedencia, el propietario de las bodegas y sobre todo –y ahí está la madre del
borrego- la calidad del vino. Es de suponer, pues el camino que el espíritu del
fiambre había de emprender una vez enterrado se hacía más llevadero con las
alforjas, perdón, con las garrafas llenas del mejor vino. Estos mismos
investigadores, ya que estaban puestos, han llegado también a otra clara
conclusión, y es que el shedeh, un licor dulce que también consumían los
egipcios, también procede de las uvas rojas y no es un derivado de la granada
como se creía hasta ahora.
Uno escribe de vino, pero en
realidad lo que quisiera es beberse el vino del que escribe, sin tener en cuenta
precio ni hora. Pero eso sí, sin tener que conducir más tarde. Uno de vez en
cuando debe beber vino, y más que nada debe aprender a beber vino. En este
sentido, conviene aprender de los búlgaros. Hace unos meses, el Partido del
Vino, en Bulgaria, anunció la admisión de nuevos militantes, pero para
conseguirlo tenían que ser capaces de emborracharse pero sin caer debajo de la
mesa. Para superar esta fase de ingreso, obviamente, había que estar bien
entrenado en estos menesteres de la cogorza, zorrera, tabla, mierda, o como
quiera que la llamen. Con este fin, los integrantes del mencionado partido
dieron clases particulares para enseñar a beber a los aspirantes. Porque el
bebedor, como el escritor o el artista, no nace, sino que se hace. Y a las
pruebas me remito. Pero si a la mañana siguiente no quieres que te reviente la
cabeza, bebe un buen vino, aunque dejes la nómina más seca que la momia de
Tutankamón.
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