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Mario Villani (Buenos Aires,
1939) recibió el pasado 9 de febrero en Miami la noticia de la detención de uno
de sus torturadores: Ricardo Taddei. Villani estuvo detenido en cinco campos de
concentración durante la dictadura militar argentina. En ese mismo instante
recordó las confesiones de Taddei cuando le mostró su admiración por Hitler.
Distintos autores han escrito sobre las similitudes entre las prácticas
represoras de las dictaduras argentina y chilena y las empleadas por los nazis
en la Segunda Guerra Mundial. No sabemos si en el instante en que Villani
conoció la noticia buscó estos mismos paralelismos o sencillamente miró a través
de la ventana y pensó en lo que es el milagro de vivir, de seguir viviendo,
después de haber franqueado como huésped invitado la puerta del infierno.
Después se acercó a un mueble, sacó una vieja libreta y tachó de la lista del
nombre de Ricardo Taddei. Pero, todavía a su pesar, comprobó que en aquella
interminable lista todavía quedaban por tachar una veintena de torturadores. No
sólo recordaba sus nombres, sino sus rostros, sus gestos, sus maneras de moverse
cuando cruzaban de acera. Lo recuerda, porque cuando vivía en Argentina se los
encontraba por la calle como si el tiempo negro del pasado aún no hubiese
concluido.
Cuando Juan Emilio
Ballesteros y yo publicamos el libro El sindicato clandestino de
la Guardia Civil, Héctor
Chimirri, un argentino que entonces trabajaba para Ediciones B, nos contaba,
cuando nos trasladaba de uno a otro hotel para mantener encuentros con distintos
periodistas, cómo sufrió la dictadura militar y cómo logró huir después de haber
sido encarcelado y torturado. Según nos narraba los pormenores del horror, yo
reconstruía aquellos hechos siniestros, porque unos meses antes había leído el
informe elaborado por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas,
cuyo presidente fue Ernesto Sabato. Aquellas 500 páginas cuentan todos los
horrores que algunos hombres son incapaces de imaginar pero que otros son
capaces de ejecutar.
Sabemos que en España y en
Argentina vivieron durante muchos años torturadores nazis que supieron escapar
de los entresijos de la justicia. Ricardo Taddei llevaba residiendo en España 21
años con su mujer y su hijo, incluso podía haberse nacionalizado. Secuestrador,
torturador e interrogador en cinco centros clandestinos de detención entre 1976
y 1979, en España residió de manera legal y tenía un negocio de zapatero
remendón. Pero en otros años, haciendo oídos sordos al refrán, se dedicaba a
remendar los zapatos a los demás. Algunos, habrá que decirlo, murieron incluso
con las botas puestas.
Miras la fotografía y no ves
al fugitivo, sino la mirada fría de un asesino convencido de que con su macabro
ejercicio del horror presta un claro servicio a la humanidad. Es el cuarto
represor argentino capturado en España, y dice ahora que lo han detenido por
venganza política, porque quienes entonces corrían atemorizados son quienes
ahora gobiernan su país. No sólo su país. También Chile, donde Bachelet,
huérfana de una víctima de Pinochet, también fue torturada por quienes después
tuvieron que obedecer sus propias órdenes al frente del departamento de Defensa.
Taddei fue detenido mientras
caminaba de regreso a su casa. Acaso ha sido una mueca del destino la que lo ha
llevado para siempre –esperemos- a vivir entre rejas. Recientemente Interpol
había recuperado una orden internacional de detención dictada por Argentina, que
se había traspapelado y que ahora ha sido reactivada. Su currículum, en
cualquier caso, no era para traspapelarse. Había participado en el secuestro y
tortura de 161 personas, de cuya mayoría no se conoce el paradero.
Las noticias no cuentan si
dejaron a Taddei ver a su hijo y si aquél acertó a decirle por qué lo detenían y
pese a detenerlo lo trataban con cierto respeto y educación cuando tenía a sus
espaldas la acusación de ser el torturador y asesino de tantas personas y
tampoco sabemos si cuando le contó los horrores de manera pormenorizada lloraba
con lágrimas verdaderas o sencillamente miraba las lágrimas del hijo que no
entendía que un zapatero remendón como su padre hubiese sido en aquellos años
uno de los arquitectos del infierno. Y tampoco dicen las crónicas si la mujer
con quien tantos años compartió su vida narró que por las noches se desvelaba y
oía los llantos y los gritos de quienes ya estaban más cerca de la muerte que de
la vida.
Ese mismo día, uno de
aquellos seres que gritaba o lloraba sin lágrimas, Mario Villani, tachó el
nombre de Taddei de la lista de sus torturadores, pero no logró tachar de la
memoria durante todos estos años el horror que Taddei y los suyos ejecutaban con
tanta maestría y que su hijo, ahora, se dispone a conocer, pero, eso sí,
eludiendo detalles innecesarios.
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