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En la segunda mitad del siglo
XIX, cuando el periodismo informativo comenzaba su andadura, los preceptistas no
hablaban de literatura sino de bellas letras, retórica y poética, cualquier
texto escrito, en principio, era literatura, hasta que su función estética
delimitó claramente unos textos de otros. Pero tampoco entonces el límite entre
ficción y no ficción quedaba tan claro como en nuestros días, ni siquiera lo
público y lo privado eran campos abiertamente abarcables hasta que las revistas
ilustradas incorporaron la fotografía y la entrevista de creación. El campo de
la ficción, durante muchos años, sirvió para abrir fronteras entre el periodismo
y la literatura, pero hoy ni siquiera esa diferenciación sirve para abarcar la
naturaleza uno u otro escrito. La ficción, en cualquier caso, no sólo se
practicó en periodismo y literatura. La capacidad del ser humano para inventar y
mentir, como es obvio, es extiende a todas las ramas del saber humano.
De esta manera no nos debe
sorprender que en el mundo de la jurisprudencia la ficción también haya sido
panacea obligada para doblegar las pautas del derecho y los designios de la
realidad. Por eso, cuando leemos que un abogado de Valencia ha aceptado un año y
medio de prisión y una inhabilitación profesional de dos años por inventar una
sentencia, sólo podemos sospechar que la invención no es recurso propio sólo de
escritores, sino que en el mundo del derecho también puede ser susceptible de
alterar la realidad.
El caso es que el tal letrado
aceptó el encargo de la empresa Reformas Algemesí de plantear una demanda
contra Cortés Rodríguez y Yácer por un impago de 84.141 euros. El abogado, cuyas
iniciales rezan D. R. V., pidió en agosto de 1999 una provisión de fondos de 900
euros. Lógicamente, el cliente preguntó una y otra vez por la progresión del
pleito. En 2001, el abogado de nuestra historia le entregó, para aplacar su
insistencia, una sentencia del Juzgado de Primera Instancia número cinco de
Valencia que supuestamente atendía la reclamación del cliente y disponía que se
procediera al embargo. No obstante, como en la mala literatura, el fallo
judicial que contenía la sentencia era una invención La moraleja, también como
en la mala literatura, es que el abogado no hizo ninguna gestión y el cliente
perdió además la posibilidad de ejecutar ninguna acción.
Siempre me sorprendió cómo
los escritores buscan en el periodismo la miel que no le ofrecen sus musas y
cómo los periodistas buscan en la literatura esos recursos del lenguaje
necesarios para contar una historia sin la frialdad propia de la noticia. La
realidad, en cualquier caso, siempre nos ofrece acontecimientos tan
sorprendentes que sólo porque sabemos que son ciertos alcanzamos a creérnoslos.
El pasado mes de enero la
prensa mexicana publicó que en Nuevo León una madre fue arrestada por la Policía
municipal acusada de maltrato a su hijo de seis años a quien, según el
testimonio del menor y de algunos testigos, la madre sancionaba “hincándolo” en
un hormiguero. Cuesta pensar, acomodados en el sofá, que una madre castigara a
su hijo con mordeduras de hormigas. Sin embargo, de acuerdo con las primeras
indagaciones, Beto –así llaman al niño- presentaba piquetes de hormiga en la
cara, en los brazos y en la espalda.
Desde luego, hay amores que
matan, y el de madre, al parecer, puede ser uno de ellos. La citada madre, Irma
Serrano de nombre, de 34 años de edad, alcanzó a reconocer que en ocasiones
reprendía a su hijo, pero siempre negó que lo hubiera colocado a la boca de un
hormiguero para que sus amables habitantes lo acogieran a mordisco limpio. En
una ocasión, la mujer dijo que las acusaciones en su contra provenían de una de
sus hermanas, quien pretendía despojarla de su casa.
A estas alturas poco importa
si son ciertos los hechos o no. De la misma manera que sorprende que un abogado
tenga la suficiente imaginación para inventar una sentencia falsa. Entre la
verdad y la falsificación se establece en ocasiones un velo apenas perceptible
que nos lleva de un mundo irreal a otro inventado sin saber con certera dónde
nace la verdad y dónde la verosimilitud nos induce a la confusión. A veces,
quién lo diría, tampoco importa. Porque la imaginación nos ayuda a sobrellevar
la realidad, y otras, la realidad nos es necesaria para no perder de vista el
norte que nos conduce más allá de donde nuestros propios instintos nos
conducían. Ése, después de todo, es el aliciente imprescindible de cualquier
viaje. Aunque los mapas nos indiquen otra dirección.
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