|

No quería escribir nada relativo al discurso en la
Pascua Militar del teniente general José Mena, destituido por insinuar una
intervención del Ejército si el Estatuto de Cataluña traspasara los límites de
la Constitución. Uno se cansa de estas insinuaciones, de esta sospecha desleal y
traidora, de este posible retorno a un pasado que nunca hubo de ocurrir. No es
un consejo sino un aviso, una amenaza imposible de concebir cuando hemos cerrado
un siglo de desacuerdos y enfrentamientos entre hermanos. Resulta, cuanto menos,
anacrónico este mensaje de advertencia y de ruido de sables en un país en el que
los instrumentos de metal sólo los soplan ya los profesionales de la música.
Pero siempre hay nostalgias fuera de sitio dispuestas a abrir la boca cuando
mejor están calladas.
Félix Sanz Roldán, máximo responsable militar de
las Fuerzas Armadas, en una de sus primeras declaraciones desde el arresto del
teniente general Mena, pidió a sus subordinados lealtad y disciplina y fue
tajante al decir que la aplicación del artículo 8ª de la Constitución “no
depende del juicio de las Fuerzas Armadas, que sólo pueden actuar a las órdenes
del Gobierno de la nación”. Acaso, tanto tiempo después de aprobado el texto
constitucional, habría que modificar algún artículo de la Carta Magna, como el
antes citado, redactado en un momento histórico en que se hacía necesario
especificar de tal manera la responsabilidad del Ejército, pero que, a ojos
vista tantos años después, no deja de ser un párrafo confuso sobre el que se
pueden verter opiniones encontradas en torno a tan espinoso asunto.
El ministro de Defensa, José Bono, que alguna vez
ha clavado el sable en lugar equivocado, esta vez ha dado en la diana al dirigir
sus comentarios no sólo contra un general que añora la sublevación militar sino
contra los argumentos esbozados por Mariano Rajoy para justificar la
indisciplina del general Mena. La tremenda y desafortunada frase del líder
popular conviene recordarla para olvidarla después: “¿Qué ha ocurrido para que
los militares hayan tenido que hacer estas declaraciones?”. Obviamente, los
militares demócratas han callado porque aquí no ha ocurrido nada ni va a ocurrir
nunca más. Pero quienes hablan y fabulan, no sobre sus miedos sino sobre sus
intenciones trasnochadas, dejan al descubierto un mapa de sueños oxidados pero
en el que ellos creen.
Hasta el New York Times, en un editorial titulado
Trogloditas del Ejército de España, juzga lamentable que “el Partido Popular
parezca más interesado en elaborar excusas para los militares que en defender el
orden democrático en el que juega un papel vital”. En el mismo editorial, este
diario añade: “Es un principio básico de la democracia que los mandos del
Ejército no desafían en público la legitimidad de los gobiernos electos ni dicen
que van a llevar a sus tropas a la capital para revocar decisiones del
Parlamento. Sin embargo, justo eso ha ocurrido por dos veces este mes en España,
un país cuya historia del siglo XX obliga a tomar en serio tales amenazas,
incluso cuando la posibilidad de que la insubordinación de palabra pase a serlo
de obra parezca muy improbable”.
Uno se cansa de esta derecha antigua y poco
convincente, nostálgica del ayer más triste de España, y echa de menos otra
derecha moderna y culta, dialogante y capaz de tirar para siempre el abrigo que
nos cubre del frío de la cruel memoria que cicatriza cada día pese a sus
hostigamientos. Y, sobre todo, duelen las comparaciones en este océano de las
diferencias.
Por ejemplo, al guardia civil Juan Ferrera,
miembro de la Asociación Unificada de guardias Civiles (AUGC) destinado en
Guadalajara, se le ha abierto expediente por haber cometido una falta grave por
pedir más dinero en su nómina, mejores condiciones laborales y libertad de
expresión, y puede sufrir una sanción de una suspensión de empleo y sueldo de
entre cinco y 20 días, la pérdida de su actual destino en Guadalajara o un
internamiento en un establecimiento disciplinario militar por un mes y un día.
La AUGC, como es lógico, no ha tardado en comparar
estos posibles castigos con el sufrido por el teniente general José Mena a
propósito de su discurso de Pascua Militar con el que pretendía hacernos la
pascua a todos los demás. Evidentemente, uno compara y se echa las manos a la
cabeza, cuando otros se quitan el guante para desenvainar el sable.
Tiene este país todavía escenas valleinclanescas
que es necesario abortar para siempre de nuestro teatro político, por miedo
sobre todo a que la realidad se mute en esperpento y no sepamos si la risa la
provoca el disparate o el miedo, la triste comparación o la realidad insultante
que nos amenaza cada día con romper el futuro cuando apenas hemos abierto los
regalos de Pascua. Tienen estas escenas escondidas las peores láminas de nuestra
historia más reciente y las mejores páginas de nuestra literatura más universal
que, desgraciadamente, siempre se inspiró en aquélla para no perder el norte de
esta brújula que, pese a todo, nunca desvía la aguja del sentido común. Sobre
todo, para no volvernos a hacer la pascua.
ARTÍCULOS ANTERIORES
|