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 EL RUIDO Y LAS NUECES

Recuerdos de Ciudad Juárez

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Vuelvo de Juárez, ciudad mexicana fronteriza con Estados Unidos, tierra de indios apaches, cruzo la frontera, cruzo Río Bravo, ya apenas sin agua. ¿Dónde quedó su nombre bañado de bravura e inundaciones? Viajo a El Paso, ciudad legendaria de otros tiempos olvidados, de conquistas a grupa de caballo por el desértico Oeste americano. Juárez es ciudad apacible, poblada de gentes acogedoras, de noches alegres, de edificios dispersos, de anchas avenidas. Es una ciudad emprendedora, aunque buena parte de su economía está condicionada a las maquiladoras, y sus ciudadanos temen que cualquier día estas empresas busquen en otros países manos de obra más barata. De hecho, los atentados del 11 de septiembre de 2001 cerraron la frontera a los tiempos venideros, y muchos restaurantes de Juárez y El Paso se vinieron a pique. Entre ellos, uno muy conocido en Juárez y denominado La Sevillana.

 

A los vecinos de Juárez les preocupa su imagen, ese perfil de ciudad en la que una cadena incontenible de crímenes atroces altera la vida del municipio. En los vertederos ubicados a las afueras del término municipal no han cesado de aparecer cadáveres de mujeres. Veo cinco o seis cruces de color rosa donde aparecieron algunos de ellos. En los últimos años Juárez ha ampliado su perímetro y aquellos lugares recónditos y alejados donde aparecían estas mujeres asesinadas han quedado integrados en la ciudad. A los vecinos de Juárez les preocupa que esta imagen no se diluya con el tiempo. Es cierto, a mí también me hablaban antes de llegar de la ciudad como de aquel lugar donde asesinaban a tantas mujeres, sin que se conociera el asesino o el móvil, una historia sin final que para nada altera la paz de una ciudad que quiere construir su futuro dejando atrás la sombra siniestra de estos crímenes. Las cárceles albergan a algunos detenidos inculpados de determinados asesinatos. Pero de momento nada se ha resuelto. Mientras estoy en la ciudad leo la novela póstuma de Roberto Bolaño 2666 en la que narra los crímenes de estas mujeres salvajemente asesinadas.

 

En Ciudad Juárez bebo tequila, pero también sotol reposado. Sotol Mesteño, que es del lugar. El sotol, como el tequila, es un tipo de mezcal extraído de una agavácea que sólo crece en el desierto chihuhuense. Al igual que el mesteño, caballo salvaje que nace y muere libre en las grandes llanuras del norte, el sotol Mesteño, reza la etiqueta del dorso de la botella, captura la fuerza y la grandeza de su espíritu para deleitar el paladar más exigente. Y es cierto. Pero en Juárez se bebe también whiskey elaborado en la ciudad desde 1909 por D. M. Distillery Co., S. A. Durante los años de la ley seca, esta destilería vendió muchas botellas de Juárez American Whiskey al país vecino. Dicen que por allí apareció alguna vez Al Capone. Se supone que para comprobar la calidad de la mercancía. La verdad es que la calidad es buena.

 

Me habían contado que las mujeres más bellas de México las podía encontrar en Ciudad Juárez. Y es cierto. Las mujeres son altas y hermosas, algunas de ojos claros con rasgos árabes. Roberto Camp me dice que Juárez fue poblada por andaluces. Y puede ser cierto. En enero la temperatura asciende hasta los veinte grados, pero puede descender de golpe por debajo de los cero grados. La frontera dota a la ciudad de ese aire perceptible de ciudad de paso, donde la vida entra y sale sin saber con certeza por qué agujeros se derrama el pulso de la vida. Las avenidas son amplias y apenas sin pasos de cebra. Una anciana me pide que la ayude a cruzar, pero yo no sé a quién pedir que me ayude a cruzar de nuevo a cruzar a mi acera de procedencia. Decido esperar. Compro cerámicas de barro negro que trabajan los indios taraumaras, compro figuras talladas en palo fierro, una madera pesada y lustrosa a la que le han crecido los ojos y las orejas de un búho con la vida petrificada.

 

He venido a Juárez para dar un curso de Doctorado sobre Periodismo y Literatura a alumnos de Juárez y Chihuahua. Un día por la noche cenamos en un restaurante de El Paso: cerveza tostada y un plato inabordable con cinco tipos de carne, frijoles y ensalada de col. El pan es exquisito. De postre me inclino por el whiskey. En Juárez pruebo los burritos y las quesadillas, que están de lujo, dicen, sentado junto a la avenida, una comida rápida y barata pero sabrosa.

 

Ya en el avión, de vuelta a México DF, abro el libro de Roberto Bolaño. Leo el listado interminable de las mujeres asesinadas en la ficticia ciudad de Santa Teresa. Aunque me dicen que Santa Teresa es un pueblo pequeño cercano a Ciudad Juárez. Y pienso que  esta ciudad debe desembarazarse de esa imagen de dolor que se cierne sobre ella como una sombra alargada que perturba su futuro, su presente más inmediato. Mientras, la ciudad vive tranquila, ajetreada por la mañana con el trabajo y alegre por la noche con sus locales fabricados para el divertimento sin sosiego. Dejo allí a algunos amigos que han hecho de mi estancia una semana inolvidable, y a quienes no cito por miedo a olvidarme de alguno, y porque espero en unos meses hacer de su estancia en Sevilla otra semana de bullicio cálido y desenfrenado.


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