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Vuelvo de Juárez, ciudad
mexicana fronteriza con Estados Unidos, tierra de indios apaches, cruzo la
frontera, cruzo Río Bravo, ya apenas sin agua. ¿Dónde quedó su nombre bañado de
bravura e inundaciones? Viajo a El Paso, ciudad legendaria de otros tiempos
olvidados, de conquistas a grupa de caballo por el desértico Oeste americano.
Juárez es ciudad apacible, poblada de gentes acogedoras, de noches alegres, de
edificios dispersos, de anchas avenidas. Es una ciudad emprendedora, aunque
buena parte de su economía está condicionada a las maquiladoras, y sus
ciudadanos temen que cualquier día estas empresas busquen en otros países manos
de obra más barata. De hecho, los atentados del 11 de septiembre de 2001
cerraron la frontera a los tiempos venideros, y muchos restaurantes de Juárez y
El Paso se vinieron a pique. Entre ellos, uno muy conocido en Juárez y
denominado La Sevillana.
A los vecinos de Juárez les
preocupa su imagen, ese perfil de ciudad en la que una cadena incontenible de
crímenes atroces altera la vida del municipio. En los vertederos ubicados a las
afueras del término municipal no han cesado de aparecer cadáveres de mujeres.
Veo cinco o seis cruces de color rosa donde aparecieron algunos de ellos. En los
últimos años Juárez ha ampliado su perímetro y aquellos lugares recónditos y
alejados donde aparecían estas mujeres asesinadas han quedado integrados en la
ciudad. A los vecinos de Juárez les preocupa que esta imagen no se diluya con el
tiempo. Es cierto, a mí también me hablaban antes de llegar de la ciudad como de
aquel lugar donde asesinaban a tantas mujeres, sin que se conociera el asesino o
el móvil, una historia sin final que para nada altera la paz de una ciudad que
quiere construir su futuro dejando atrás la sombra siniestra de estos crímenes.
Las cárceles albergan a algunos detenidos inculpados de determinados asesinatos.
Pero de momento nada se ha resuelto. Mientras estoy en la ciudad leo la novela
póstuma de Roberto Bolaño 2666 en la que narra los crímenes de estas
mujeres salvajemente asesinadas.
En Ciudad Juárez bebo
tequila, pero también sotol reposado. Sotol Mesteño, que es del lugar. El
sotol, como el tequila, es un tipo de mezcal extraído de una agavácea que sólo
crece en el desierto chihuhuense. Al igual que el mesteño, caballo salvaje que
nace y muere libre en las grandes llanuras del norte, el sotol Mesteño,
reza la etiqueta del dorso de la botella, captura la fuerza y la grandeza de su
espíritu para deleitar el paladar más exigente. Y es cierto. Pero en Juárez se
bebe también whiskey elaborado en la ciudad desde 1909 por D. M. Distillery Co.,
S. A. Durante los años de la ley seca, esta destilería vendió muchas botellas de
Juárez American Whiskey al país vecino. Dicen que por allí apareció
alguna vez Al Capone. Se supone que para comprobar la calidad de la mercancía.
La verdad es que la calidad es buena.
Me habían contado que las
mujeres más bellas de México las podía encontrar en Ciudad Juárez. Y es cierto.
Las mujeres son altas y hermosas, algunas de ojos claros con rasgos árabes.
Roberto Camp me dice que Juárez fue poblada por andaluces. Y puede ser cierto.
En enero la temperatura asciende hasta los veinte grados, pero puede descender
de golpe por debajo de los cero grados. La frontera dota a la ciudad de ese aire
perceptible de ciudad de paso, donde la vida entra y sale sin saber con certeza
por qué agujeros se derrama el pulso de la vida. Las avenidas son amplias y
apenas sin pasos de cebra. Una anciana me pide que la ayude a cruzar, pero yo no
sé a quién pedir que me ayude a cruzar de nuevo a cruzar a mi acera de
procedencia. Decido esperar. Compro cerámicas de barro negro que trabajan los
indios taraumaras, compro figuras talladas en palo fierro, una madera pesada y
lustrosa a la que le han crecido los ojos y las orejas de un búho con la vida
petrificada.
He venido a Juárez para dar
un curso de Doctorado sobre Periodismo y Literatura a alumnos de Juárez y
Chihuahua. Un día por la noche cenamos en un restaurante de El Paso: cerveza
tostada y un plato inabordable con cinco tipos de carne, frijoles y ensalada de
col. El pan es exquisito. De postre me inclino por el whiskey. En Juárez pruebo
los burritos y las quesadillas, que están de lujo, dicen, sentado junto a la
avenida, una comida rápida y barata pero sabrosa.
Ya en el avión,
de vuelta a México DF, abro el libro de Roberto Bolaño. Leo el listado
interminable de las mujeres asesinadas en la ficticia ciudad de Santa Teresa.
Aunque me dicen que Santa Teresa es un pueblo pequeño cercano a Ciudad Juárez. Y
pienso que esta ciudad debe desembarazarse de esa imagen de dolor que se cierne
sobre ella como una sombra alargada que perturba su futuro, su presente más
inmediato. Mientras, la ciudad vive tranquila, ajetreada por la mañana con el
trabajo y alegre por la noche con sus locales fabricados para el divertimento
sin sosiego. Dejo allí a algunos amigos que han hecho de mi estancia una semana
inolvidable, y a quienes no cito por miedo a olvidarme de alguno, y porque
espero en unos meses hacer de su estancia en Sevilla otra semana de bullicio
cálido y desenfrenado.
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