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 EL RUIDO Y LAS NUECES

Escribiendo con prisa

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Viajo ahora a México y, hasta el último minuto, dejo la maleta abierta por esa sensación recurrente de que olvidas algo importante. Pero nunca olvido nada. Me ocurre lo contrario que con los hoteles, que siempre que los dejo busco una y otra vez por si olvido en la habitación cualquier objeto entrañable o de valor. Lo tienes delante de las narices, pero no lo ves, incluso cuando subes al avión te viene a la cabeza la duda persistente de si dejaste algo extraviado debajo de la almohada, en el armario, en el bar.

 

Leo una entrevista de Elena Poniatowska, la escritora y periodista mexicana. Me habían hablado muy bien de su obra, pero en España prácticamente es una escritora desconocida. Uno de sus libros más célebres, del que he oído hablar con pasión a algunos mexicanos es La noche de Tlatelolco, un clásico sobre la matanza en la plaza de las Tres Culturas en 1968. Viajo a la Universidad de Chihuahua para impartir un curso de Doctorado sobre Periodismo y Literatura, esas dos materias de estudio que comparten una historia llena de promiscuidades y desencuentros. Releo mis apuntes otra vez con la pretensión de aclararme posibles dudas, pero el tema siempre deja muchas brechas abiertas al respecto.

 

Francesc Relea pregunta a Elena Poniatowska cómo compagina el periodismo con la literatura. Ella responde que son dos ritmos que no tienen nada que ver: “El arte quiere una lentitud y manos blancas, manos descansadas”. Posiblemente sea así, pero algún tipo de periodismo también requiere tiempo y manos blancas. El artículo erudito, el ensayo brillante, el reportaje de investigación piden tiempo y reflexión, conocimiento y serenidad. Pero me pregunto si existe ese periodismo y si ese periodismo les interesa a las empresas multimedia. La escritora mexicana, sin embargo, ha resuelto sus dudas: “Mientras que el periodismo siempre se hace con la premura de la entrega, con el jefe de redacción detrás de uno diciendo eres la única que falta, apúrate, entrega”.

 

Es lo que hago yo con esta columna, la escribo con precipitación en el tiempo, como si me lanzara por un tobogán al vértigo de la página en blanco, retrepado en el sillón pensando una frase acertada o un guiño literario que me saque del atolladero, del vacío. Tiene la columna esa posibilidad certera de iluminarte cuando se cierra la noche, de señalizar el camino cuando las curvas se precipitan sobre nuestro horario limitado. No todo el periodismo se apoya sobre estos pilares, porque la columna viaja en otro vagón que no periodismo ni literatura, o que tiene algo de ambos. Es como el vagón del tren donde está ubicada la cafetería, por donde pasan todos los pasajeros aunque después cada uno vuelve a su asiento para terminar el viaje.

 

La columna tiene el pulso de la literatura pero no el tiempo ilimitado de ella porque, al final, la escribes como quien bebía un whisky en un pub londinense antes de que el toque de queda le avisara de que se acaba la fiesta, una costumbre extinguida desde que el 24 de noviembre del pasado una norma acabara con el rito de cerrar todos los pubs a las once de la noche en Inglaterra y Gales.

 

Poniatowska tampoco piensa que el periodismo sea un género menor. Y añade: “Yo no lo considero algo menor, sino algo de nuestra época. Es muy difícil abstenerse de lo que sucede. A mí el nouveau roman lo leo una vez y se me olvida. Me parece que hacen eso porque no tienen de qué escribir”. En efecto, muchos escritores no saben de qué escribir, porque, como al viajero cuando abandona el hotel, mira alrededor y no ve el objeto que olvidará. En ocasiones, tampoco vemos la realidad. Está delante de nosotros, como el objeto que olvidamos en el hotel, pero no lo vemos, porque para mirar hay que tener consciencia de la tierra que pisamos. Es un mal que no sólo practican algunos escritores, también lo hacen muchos periodistas.

 

Porque el periodismo es también un compromiso con la propia realidad que nos ha tocado vivir. Decía Neruda que el escritor debe ser cronista de su tiempo, pero en ocasiones el tiempo se queda estancado como si el reloj estuviera averiado, como si no le hubiésemos dado la suficiente cuerda. Tenemos los periodistas la posibilidad in igual de describir la vida con pelos y señales, sin que el lenguaje por ello nos impida ver el bosque. Debiera tener el periodismo la prisa de la parturienta, la imparcialidad del juez, el secreto inexpugnable del confesor, el pulso firme del cirujano, la vista del águila, el salto de la liebre y la duda siempre justificada del viajero que mira la habitación del hotel cuando se marcha, que siente la sensación del retorno cuando el tren parte o el avión despega, mientras lee una novela o un ensayo de Elena Poniatowska cuando se dirige hacia México después de haber escrito la columna semanal de sus insolventes desvaríos.


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