|

Viajo ahora a México y, hasta
el último minuto, dejo la maleta abierta por esa sensación recurrente de que
olvidas algo importante. Pero nunca olvido nada. Me ocurre lo contrario que con
los hoteles, que siempre que los dejo busco una y otra vez por si olvido en la
habitación cualquier objeto entrañable o de valor. Lo tienes delante de las
narices, pero no lo ves, incluso cuando subes al avión te viene a la cabeza la
duda persistente de si dejaste algo extraviado debajo de la almohada, en el
armario, en el bar.
Leo una entrevista de Elena
Poniatowska, la escritora y periodista mexicana. Me
habían hablado muy bien de su obra, pero en España prácticamente es una
escritora desconocida. Uno de sus libros más célebres, del que he oído hablar
con pasión a algunos mexicanos es La noche de Tlatelolco, un clásico
sobre la matanza en la plaza de las Tres Culturas en 1968. Viajo a la
Universidad de Chihuahua para impartir un curso de Doctorado sobre Periodismo y
Literatura, esas dos materias de estudio que comparten una historia llena de
promiscuidades y desencuentros. Releo mis apuntes otra vez con la pretensión de
aclararme posibles dudas, pero el tema siempre deja muchas brechas abiertas al
respecto.
Francesc Relea pregunta a
Elena Poniatowska cómo compagina el periodismo con la literatura. Ella responde
que son dos ritmos que no tienen nada que ver: “El arte quiere una lentitud y
manos blancas, manos descansadas”. Posiblemente sea así, pero algún tipo de
periodismo también requiere tiempo y manos blancas. El artículo erudito, el
ensayo brillante, el reportaje de investigación piden tiempo y reflexión,
conocimiento y serenidad. Pero me pregunto si existe ese periodismo y si ese
periodismo les interesa a las empresas multimedia. La escritora mexicana, sin
embargo, ha resuelto sus dudas: “Mientras que el periodismo siempre se hace con
la premura de la entrega, con el jefe de redacción detrás de uno diciendo eres
la única que falta, apúrate, entrega”.
Es lo que hago yo con esta
columna, la escribo con precipitación en el tiempo, como si me lanzara por un
tobogán al vértigo de la página en blanco, retrepado en el sillón pensando una
frase acertada o un guiño literario que me saque del atolladero, del vacío.
Tiene la columna esa posibilidad certera de iluminarte cuando se cierra la
noche, de señalizar el camino cuando las curvas se precipitan sobre nuestro
horario limitado. No todo el periodismo se apoya sobre estos pilares, porque la
columna viaja en otro vagón que no periodismo ni literatura, o que tiene algo de
ambos. Es como el vagón del tren donde está ubicada la cafetería, por donde
pasan todos los pasajeros aunque después cada uno vuelve a su asiento para
terminar el viaje.
La columna tiene el pulso de
la literatura pero no el tiempo ilimitado de ella porque, al final, la escribes
como quien bebía un whisky en un pub londinense antes de que el toque de
queda le avisara de que se acaba la fiesta, una costumbre extinguida desde que
el 24 de noviembre del pasado una norma acabara con el rito de cerrar todos los
pubs a las once de la noche en Inglaterra y Gales.
Poniatowska tampoco piensa
que el periodismo sea un género menor. Y añade: “Yo no lo considero algo menor,
sino algo de nuestra época. Es muy difícil abstenerse de lo que sucede. A mí el
nouveau roman lo leo una vez y se me olvida. Me parece que hacen eso
porque no tienen de qué escribir”. En efecto, muchos escritores no saben de qué
escribir, porque, como al viajero cuando abandona el hotel, mira alrededor y no
ve el objeto que olvidará. En ocasiones, tampoco vemos la realidad. Está delante
de nosotros, como el objeto que olvidamos en el hotel, pero no lo vemos, porque
para mirar hay que tener consciencia de la tierra que pisamos. Es un mal que no
sólo practican algunos escritores, también lo hacen muchos periodistas.
Porque el
periodismo es también un compromiso con la propia realidad que nos ha tocado
vivir. Decía Neruda que el escritor debe ser cronista de su tiempo, pero en
ocasiones el tiempo se queda estancado como si el reloj estuviera averiado, como
si no le hubiésemos dado la suficiente cuerda. Tenemos los periodistas la
posibilidad in igual de describir la vida con pelos y señales, sin que el
lenguaje por ello nos impida ver el bosque. Debiera tener el periodismo la prisa
de la parturienta, la imparcialidad del juez, el secreto inexpugnable del
confesor, el pulso firme del cirujano, la vista del águila, el salto de la
liebre y la duda siempre justificada del viajero que mira la habitación del
hotel cuando se marcha, que siente la sensación del retorno cuando el tren parte
o el avión despega, mientras lee una novela o un ensayo de Elena Poniatowska
cuando se dirige hacia México después de haber escrito la columna semanal de sus
insolventes desvaríos.
ARTÍCULOS ANTERIORES
|