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A finales de noviembre del
pasado año, el judío Adam Frydmann, superviviente del holocausto, visitó el
campo de exterminio de Majdanek junto a Lublin, en el este de Polonia. Frydmann,
de 82 años, estuvo preso en este campo de concentración y, al pisar aquella
tierra de recuerdos infaustos, rememoró el sitio en el que los presos enterraron
pertenencias valiosas que lograron ocultar a las vista de los guardias.
Acompañado de un equipo de rodaje con motivo de una película documental, las
cámaras grabaron el contenido de aquel tesoro enterrado a 35 centímetros de la
superficie que sobrevivió a todas las calamidades de una guerra tan cruel:
anillos de boda de mujeres, un brazalete de oro, dos relojes, gafas, pendientes,
una medalla de oro con una miniatura católica, un billete de diez dólares de
1894 y 15 monedas de oro estadounidenses.
Frydmann tenía 20 años en
1943 cuando lo deportaron junto a su padre y a su hermano del gueto de Varsovia
a Majdanek. Después de 62 años de pesadillas recurrentes, volvió a pisar el
lugar, el segundo campo de después de Auschwits en cuanto a cifras de
exterminio. Entre 1941 y 1944 murieron 320.000 personas de un total de 500.000.
Antes de encontrar el tesoro, recorrió aquel espacio como quien vuelve a su vida
pasada por unos instantes, y le quedó en el paladar esa saliva amarga que nada
puede contra el olvido. Para el director del centro conmemorativo de Majdanek,
este descubrimiento es un auténtico tesoro, no sólo, dijo, por su valor
financiero, sino también y sobre todo como testimonio de la tragedia que tuvo
lugar en este campo de la muerte.
En efecto, cuando conoces uno
de estos campos de exterminio, ésa es la sensación que se asoma de inmediato al
paladar: la proximidad de muerte. Cuando visité Mauthausen en el año 2002 con
mis amigos Samuel González y Edgardo Buscaglia, sólo entonces supe que el ser
humano es capaz de construir arquitecturas cuyo único fin es matar. Vas y tocas
los crematorios y todavía te parece oler a carne humana chamuscada y entras en
las duchas colectivas y se te enfrían los huesos cuando miras las duchas que
inhalaban gas letal, aquellas duchas cutres y pequeñas y masificadas de seres
humanos que entraban desnudos posiblemente sin saber que se iban a morir. O no.
El testimonio de Félix Quesada da fe de ello: “Al llegar a Mauthausen, Frank
Ziereis, el director del campo, nos dijo a todos los que estábamos allí que no
saldríamos por la puerta, que saldríamos por la chimenea del crematorio”.
Entre 1940 y 1945, más 7.000
españoles estuvieron en Mauthausen, y casi 5.000 nunca salieron de allí. Venían
huidos de la guerra civil española, y exiliados en Francia hubieron de sucumbir
en este infierno del horror. Cuenta David Wingeate Pike que este grupo de
anarquistas y comunistas españoles se convirtió en el mejor organizado del campo
para ayudar a sus miembros. El primer grupo que llegó al campo constaba de 392
prisioneros que habían combatido con el Ejército francés. Manuel Chaves Nogales
narra con precisión en su libro La agonía de Francia el maltrato que los
republicanos españoles recibieron del Gobierno francés. Este primer grupo de
prisioneros, antes de llegar a Mauthausen, permaneció varios días en Tréveris,
tierra natal de Kart Marx, y allí tuvieron el primer indicio del horror: los
guardias les obligaron a bajarse los pantalones, defecar en sus propias manos y
luego caminar dos horas por el patio sosteniendo las heces. Uno de aquellos
prisioneros ha recordado aquella escena como la mayor humillación de su vida.
Uno cruza los espacios
dedicados al horror de Mautahsuen y no se imagina sino que ve a los presos
trabajando en condiciones infrahumanas, les ve comiendo raciones mínimas al
borde de la inanición, les ve sufriendo castigos corporales, los ve asesinados
por sus guardianes. Veo la foto de la liberación del campo el 5 de mayo de 1945,
y oigo la alegría incontrolada de los presos, los carros de combate a la entrada
de este edificio de la muerte, veo abajo las tiendas de campaña donde los
médicos nazis experimentaban con los enfermos. Abajo, en la cantera, cuento uno
a uno los 186 peldaños de granito y veo a los prisioneros subir cargados con
piedras y calzados con pantuflas como único calzado. Siento el frío del lugar, y
cuando salgo y cruzo las calles de Mauthausen, una localidad austriaca situada a
orillas del Danubio, muy cerca de Linz, pienso si sus moradores escucharán
todavía los gritos del dolor, si sabrán cuál es el rostro de la agonía de tantos
seres humanos. Pero la ciudad está tranquila, como posiblemente lo estuviese
entonces, y muy escondido, buscando con detalle por esos paisajes admirables,
cuesta encontrar las señalizaciones que conducen a ese templo de la muerte que
es Mauthausen.
Cuando Frydmann llegó a
Majdanek buscó el tesoro del olvido, pero la memoria, que es pertinaz, sólo
halló el tesoro de brazaletes y joyas y relojes y monedas, que, a fin de
cuentas, no era otra cosa que un trozo más de su propia vida. Algo no existe,
escribió Borges, y es el olvido. El escritor chileno Roberto Bolaño lo sabía y
en su bellísima novela Nocturno de Chile María Canales aspira a escribir
una maravillosa novela porque para ella la literatura es antes que la vida, por
eso monta fiestas y tertulias en su casona a las afueras de Santiago con los
escritores más granados del país mientras impera el toque de queda y una
normalidad aparente durante la dictadura de Pinochet y en cuyos sótanos su
marido, Jimmy Thomson, un torturador de la Cía, busca la verdad de la vida
asesinando a seres humanos, y una planta más arriba, su esposa, María Canales,
busca la verdad de la literatura ajena a la vida y a quienes pierden la vida en
su propia casa, en el mismo lugar donde florecía cada noche la mejor literatura
de Chile.
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