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 EL RUIDO Y LAS NUECES

Nadie encuentra el tesoro del olvido

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

A finales de noviembre del pasado año, el judío Adam Frydmann, superviviente del holocausto, visitó el campo de exterminio de Majdanek junto a Lublin, en el este de Polonia. Frydmann, de 82 años, estuvo preso en este campo de concentración  y, al pisar aquella tierra de recuerdos infaustos, rememoró el sitio en el que los presos enterraron pertenencias valiosas que lograron ocultar a las vista de los guardias. Acompañado de un equipo de rodaje con motivo de una película documental, las cámaras grabaron el contenido de aquel tesoro enterrado a 35 centímetros de la superficie que sobrevivió a todas las calamidades de una guerra tan cruel: anillos de boda de mujeres, un brazalete de oro, dos relojes, gafas, pendientes, una medalla de oro con una miniatura católica, un billete de diez dólares de 1894 y 15 monedas de oro estadounidenses.

 

Frydmann tenía 20 años en 1943 cuando lo deportaron junto a su padre y a su hermano del gueto de Varsovia a Majdanek. Después de 62 años de pesadillas recurrentes, volvió a pisar el lugar, el segundo campo de después de Auschwits en cuanto a cifras de exterminio. Entre 1941 y 1944 murieron 320.000 personas de un total de 500.000. Antes de encontrar el tesoro, recorrió aquel espacio como quien vuelve a su vida pasada por unos instantes, y le quedó en el paladar esa saliva amarga que nada puede contra el olvido. Para el director del centro conmemorativo de Majdanek, este descubrimiento es un auténtico tesoro, no sólo, dijo, por su valor financiero, sino también y sobre todo como testimonio de la tragedia que tuvo lugar en este campo de la muerte.

 

En efecto, cuando conoces uno de estos campos de exterminio, ésa es la sensación que se asoma de inmediato al paladar: la proximidad de muerte. Cuando visité Mauthausen en el año 2002 con mis amigos Samuel González y Edgardo Buscaglia, sólo entonces supe que el ser humano es capaz de construir arquitecturas cuyo único fin es matar. Vas y tocas los crematorios y todavía te parece oler a carne humana chamuscada y entras en las duchas colectivas y se te enfrían los huesos cuando miras las duchas que inhalaban gas letal, aquellas duchas cutres y pequeñas y masificadas de seres humanos que entraban desnudos posiblemente sin saber que se iban a morir. O no. El testimonio de Félix Quesada da fe de ello: “Al llegar a Mauthausen, Frank Ziereis, el director del campo, nos dijo a todos los que estábamos allí que no saldríamos por la puerta, que saldríamos por la chimenea del crematorio”.

 

Entre 1940 y 1945, más 7.000 españoles estuvieron en Mauthausen, y casi 5.000 nunca salieron de allí. Venían huidos de la guerra civil española, y exiliados en Francia hubieron de sucumbir en este infierno del horror. Cuenta David Wingeate Pike que este grupo de anarquistas y comunistas españoles se convirtió en el mejor organizado del campo para ayudar a sus miembros. El primer grupo que llegó al campo constaba de 392 prisioneros que habían combatido con el Ejército francés. Manuel Chaves Nogales narra con precisión en su libro La agonía de Francia el maltrato que los republicanos españoles recibieron del Gobierno francés. Este primer grupo de prisioneros, antes de llegar a Mauthausen, permaneció varios días en Tréveris, tierra natal de Kart Marx, y allí tuvieron el primer indicio del horror: los guardias les obligaron a bajarse los pantalones, defecar en sus propias manos y luego caminar dos horas por el patio sosteniendo las heces. Uno de aquellos prisioneros ha recordado aquella escena como la mayor humillación de su vida.

 

Uno cruza los espacios dedicados al horror de Mautahsuen y no se imagina sino que ve a los presos trabajando en condiciones infrahumanas, les ve comiendo raciones mínimas al borde de la inanición, les ve sufriendo castigos corporales, los ve asesinados por sus guardianes. Veo la foto de la liberación del campo el 5 de mayo de 1945, y oigo la alegría incontrolada de los presos, los carros de combate a la entrada de este edificio de la muerte, veo abajo las tiendas de campaña donde los médicos nazis experimentaban con los enfermos. Abajo, en la cantera, cuento uno a uno los 186 peldaños de granito y veo a los prisioneros subir cargados con piedras y calzados con pantuflas como único calzado. Siento el frío del lugar, y cuando salgo y cruzo las calles de Mauthausen, una localidad austriaca situada a orillas del Danubio, muy cerca de Linz, pienso si sus moradores escucharán todavía los gritos del dolor, si sabrán cuál es el rostro de la agonía de tantos seres humanos. Pero la ciudad está tranquila, como posiblemente lo estuviese entonces, y muy escondido, buscando con detalle por esos paisajes admirables, cuesta encontrar las señalizaciones que conducen a ese templo de la muerte que es Mauthausen.

 

Cuando Frydmann llegó a Majdanek buscó el tesoro del olvido, pero la memoria, que es pertinaz, sólo halló el tesoro de brazaletes y joyas y relojes y monedas, que, a fin de cuentas, no era otra cosa que un trozo más de su propia vida. Algo no existe, escribió Borges, y es el olvido. El escritor chileno Roberto Bolaño lo sabía y en su bellísima novela Nocturno de Chile María Canales aspira a escribir una maravillosa novela porque para ella la literatura es antes que la vida, por eso monta fiestas y tertulias en su casona a las afueras de Santiago con los escritores más granados del país mientras impera el toque de queda y una normalidad aparente durante la dictadura de Pinochet y en cuyos sótanos su marido, Jimmy Thomson, un torturador de la Cía, busca la verdad de la vida asesinando a seres humanos, y una planta más arriba, su esposa, María Canales, busca la verdad de la literatura ajena a la vida y a quienes pierden la vida en su propia casa, en el mismo lugar donde florecía cada noche la mejor literatura de Chile.


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