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Cada año cierra sus días tras una puerta hermética
con la intención inútil de dividir nuestra vida en una serie de vasos
comunicantes, para que no nos perdamos sin fechas en los desvaríos inútiles que
nos llevan a protagonizar las aventuras más insospechadas. Tiene cada año cuando
muere la sensación pegajosa de la melancolía, el sabor de un postre de última
cena, el aroma extraviado de un perfume de mujer que se repite cuando paseas
solo por la ciudad o cuando piensas en ella. El último día del año leemos o
escuchamos el resumen de aquellas noticias que en su día pasaron a formar parte
de nuestro pasado compartido, pero por momentos, sin que pretendamos rebobinar
los últimos días de nuestra existencia, volcamos sobre la memoria aquellos días
distintos que sobreviven al fatal desenlace del olvido.
Cada día lo organizamos con la voluntad siniestra
de que se parezca en lo posible al día anterior para no naufragar en escenas
improvisadas o en reencuentros innecesarios. Pero al final, todos esos días se
diluyen como un azucarillo en el café y sólo perviven los momentos diferentes y
diáfanos que nos llevaron a encontrar la serenidad siniestra de la felicidad. Es
un perfume, y una calle, y un libro, y un vaso empañado por el frescor del
hielo, y la noche fría, y un abrazo o una despedida. A veces también hay algo en
la memoria que no tiene fecha ni olor, ni forma ni lugar, pero que te deja en
la mirada la sospecha perpetua de un momento conquistado al olvido. Y esa
sensación se remueve adentro estos días en que el año se apaga como una vela
mordida por el viento cuando escuchamos las noticias de estos días que se fueron
con la velocidad incontrolada de la memoria.
Afuera quedó un planeta frágil vapuleado por el
cambio climático con olas frío en invierno, con huracanes en verano, con sequías
atroces, con el Amazonas bañado por miles de peces muertos. Quedó Londres
abatido por el terror el 7-J; el huracán Katrina contra Bush rompiendo un
imperio en la ciudad de Nueva Orleáns; la tierra rugiendo como un león herido en
Pakistán; más de mil víctimas en accidentes aéreos, como si el cielo se rascara
la cáscara del espanto; cientos y cientos de subsaharianos saltando las
alambradas de la miseria en Melilla para conocer in situ el paraíso que las
televisiones les muestran virtualmente en cualquier rincón del mundo.
Pero adentro nos quedan otras noticias y otras
sensaciones, la duda extrema de no saber si en cada una estas noticias nosotros
pudimos ser protagonistas, si nuestra presencia tenía algún peso en esta
historia que escribimos en cada telediario, en cada página de periódico, si
merecemos estar presentes en uno u otro acontecimiento para cambiar la vida,
aunque sólo sea para conocer la vida más de cerca antes de que se nos vaya como
se van las rebajas, los cumpleaños, las pagas extraordinarias, los libros que
dejan huellas imborrables.
Cada fin de año trae el cuerpo decapitado de un
pavo de comimos en Nochebuena, sentados a la mesa con la familia, mientras
alguien cruza el cielo de una a otra punta del mundo para llegar o para
regresar, solo o sola en un avión acompañados del piloto y la azafata, rodeados
de asientos vacíos en una noche en que nadie viaja para despedir el año con uvas
o lentejas. Pero encima de nosotros alguien viaja en un avión sin destino,
contando los abrazos, los vasos de vino, las semanas felices en Francia o Suiza
y desde arriba mira el mundo iluminado como si fuera una bola con sarpullidos
iluminados. Desde arriba el mundo es pequeño como este año que se cierra, pero
mirándolo desde dentro, desde los recovecos de la memoria, el mundo es un
laberinto maravilloso de pasadizos secretos y encuentros comunes y de pesadillas
recurrentes.
Tiene cada fin de año el regusto de la última
página del libro que no quieres terminar nunca, pero hay años, como éste, que es
mejor que se cierren para siempre, que se pierdan en la memoria de los tiempos,
porque sus severos pronósticos nos estrangulan la vida como al pavo que comimos
en Nochebuena. Ojalá sólo queden las plumas esparcidas por los paisajes de dunas
en un desierto inmenso de amnesia para que sólo podamos degustar aquellos
instantes volubles del placer, aquellos rincones añorados del calor, aquel
abrazo firme y suave de una mujer que cruza el mundo de punta a punta mientras
el mundo entero se emborracha con las campanadas y las uvas para celebrar la
entrada de otro año que todos esperamos más dichoso y mejor.
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