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El
periodista olvida en ocasiones aquel aforismo que nunca debiera olvidar: las
opiniones son libres, pero los hechos son sagrados. Entre la información y la
opinión, entre la literatura y el periodismo existe una línea apenas visible que
divide la vida en dos campos complementarios pero diferentes. El periodista
puede opinar, pero cuando informa está sometido a contrastar las fuentes
informativas, a investigar entre lo aparentemente sutil y la realidad enterrada,
entre la mentira aparente y la verdad camuflada. Nos dejamos llevar en ocasiones
por las prisas de la primicia innecesaria, por la documentación fácil y falsa e
incontrastable que hallamos en la Red, por la necesidad innecesaria de ofrecer
al lector acontecimientos sin los que la vida es posible.
El periodista no está acostumbrado a corregir sus
propios errores, a desmentir los datos errados que ha publicado, a rectificar
las informaciones escritas con la tinta indeleble del sensacionalismo. Pero a
veces la realidad construida con argumentos y cifras y hechos incorrectos o
falsos se nos desmorona como una montaña de nata remontada en un día de
bochorno. Algo así le ha ocurrido a Lydia Lozano, colaboradora de Tele 5, y
ahora el Comité Deontológico de la Federación de Asociaciones de la Prensa de
España (FAPE) le ha abierto expediente por que considera que existen indicios
suficientes de haber conculcado las normas éticas del periodismo.
Antes que nada habrá que decir que el Comité
Deontológico de la FAPE es el órgano más inútil de cuantos ha creado el ser
humano. Sus representantes han sido incapaces de enfrentarse por una sola vez a
una realidad que demanda su actuación como agua en mayo. Pero está claro que la
profesión hace aguas no sólo en las empresas que alimentan a los profesionales
con contratos de una precariedad escabrosa, sino en los mismos órganos
profesionales que debieran ser la salvaguarda de una profesión que necesita ya
un lavado de su ropa sucia ya sea en la propia casa o en la del vecino. En este
caso, y para colmo, la FAPE ha abierto expediente después de haber recibido una
queja de la Asociación de Usuarios de la Comunicación en relación con el
tratamiento informativo que la susodicha periodista nos ofreció sobre la
desaparición de una de las hijas del cantante italiano Albano.
Lydia Lozano, acostumbrada a fabricar noticias del
corazón, pensaba que el buen periodismo se construye con los mismos mimbres.
Pero no sabía que los macutazos que te cantan las fuentes confidenciales hay que
contrastarlos, que no vale con el soplo o la filtración, sino que a éstos hay
que agregar la verificación. De manera que su personal garganta profunda le
gastó una mala pasada cuando le mintió al afirmar que el dramático caso de
Ylenia, hija de Albano Carrisi y Romina Power, desaparecida en Estados Unidos en
1994 y dada por muerta tras una larga búsqueda que acabó para siempre con el
matrimonio de los cantantes, vivía bajo otra identidad en Santo Domingo. Lydia
Lozano lo aseguraba sin aportar pruebas y ocultando la identidad de la fuente
informativa que le había mentido. Durante tres meses Antena 3 y Tele 5 hicieron
de esta falsa noticia su espectáculo diario hasta que el 31 de mayo Albano
presentó una querella contra la periodista española.
El caso de Lydia Lozano no es el único. Hay tantos
que podíamos llenar las arcas de la Red con noticias no contrastadas o falsas.
Es lo que duele de este oficio. Que haya profesionales que no se tomen en serio
su trabajo, que no sepan cuánto aceite o cuánta sal hay que echar en la sartén
de cada acontecimiento, y si el fuego está alto o la carne es fresca. Después,
claro, vienen las malas digestiones. De grandes cenas están las sepulturas
llenas. Pero los periódicos, en ocasiones, están llenos de grandes mentiras o de
verdades a medias. Lozano sólo es un triste caso de una profesión que se desvía
del carril por el que debe de conducir el vagón de sus aciertos. Me entristecen
estos periodistas, pero mucho más las instituciones que los representan. El niño
cruza la calle justo cuando un camión se le echa en lo alto, y la madre inútil,
bañada en lágrimas, sólo le reprocha a la criatura que debió mirar antes de
correr, mientras ella se entretenía en tertulias de poca monta.
El Comité Deontológico de la FAPE es esa madre
llorona que de vez en vez nos tira de las orejas cuando cruzamos esa línea
apenas perceptible de la ética. Pero lo hace ahora, cuando alguien le advierte.
Porque la iniciativa propia viene a ser como un souvenir de precio inasequible.
Los periodistas nos cansamos de estos periodistas, pero también de quienes nos
representan. La actuación de la FAPE en el caso reseñado es de nota. Ha pedido a
Lozano que antes de final de diciembre aporte elementos que sostengan las
informaciones que difundió con anterioridad. La FAPE hace esto por que no vio en
televisión el diálogo que mantuvieron Lozano y Albano, si no le sobrarían
argumentos para ser más eficaces.
Por cierto, al parecer, ésta es la primera vez que
este comité abre un expediente por infringir las normas éticas del periodismo.
Claro, con tanto trabajo interno, se olvida de mirar la vida y de oír los discos
de Albano y Romina Power. Y así nos va. Claro que hoy es Nochebuena y mañana es
Navidad. Etcétera.
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