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 EL RUIDO Y LAS NUECES

Morir en la carretera

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Las estadísticas cumplen hoy la función que en otros tiempos se les otorgaba a los brujos o los prestidigitadores. Dicen que las estadísticas son exactas, que no mienten, y así es. El director general de Tráfico, Pere Navarro, ya nos había advertido que durante el puente del 15 de agosto se habrían de producir 50 muertos en las carreteras españolas y nos pidió a los conductores, como el meteorólogo que vaticina el porvenir, que extremáramos la precaución para evitar que cada uno de nosotros fuésemos un número más a sumar a esa cifra intachable, a esa cifra inalterable de la desgracia, a esa condena exhaustiva del azar. No hay hoy destino más preciso que un accidente mortal en carretera.

 

El Ministerio pone la cifra total, como quien reparte un presupuesto del mal entre los que se sientan al volante, y nos deja a nosotros que pongamos nombres y apellidos, como si en algún lugar de nuestra piel tuviésemos el sino escrito, la fecha, el lugar, el encontronazo inaplazable, el momento de no retorno.

 

La noticia fatídica nos golpea a veces como un discurso deductivo, con cifras reales, con números que se contabilizan, con probabilidades anunciadas, como si no hubiera posibilidad alguna de escribir la historia de otra manera. Pero las estadísticas son frías, no alteran para nada nuestra vida diaria. Son titulares de periódico que leemos y olvidamos, como quien pasa página a otro titular más o menos espectacular. Pero en otras ocasiones la noticia es un discurso inductivo. No nos llama la atención por las cifras, sino por los nombres concretos, por el rostro que reconocemos entre las víctimas de un puente que se nos mostraba fresco y relajado, porque su identidad es parte de nuestras propias vidas, porque nuestra vida se nos ha alterado para siempre en esta Operación 15 de Agosto.

 

Tienen las carreteras hoy el sino maldito de la precisión. A las 20 horas del día 15 de agosto, cuando todavía faltaban cuatro horas para finalizar el puente, ya habían fallecido 45 personas. Era, además, el primer fin de semana tras la entrada en vigor de la nueva Ley de Seguridad Vial, que triplica el importe de algunas multas. Además de estos 45 fallecidos, 19 personas resultaron heridas graves y 17 leves en 37 accidentes de tráfico registrados en este mismo periodo de tiempo.

 

Hay, no obstante, datos que propician este balance negro. Por ejemplo, los conductores españoles exceden los límites de velocidad por encima de lo establecido en el 54,16% de los tramos de carreteras con nivel de riesgo de accidente medio-alto o alto, según recoge un estudio realizado por el Real Automóvil Club de España (RACE). Según este estudio, las autopistas son las carreteras con el porcentaje más alto de tramos con riesgo elevado y velocidades excesivas, con medias de hasta 152,3 kilómetros por hora. Hay, sin embargo, otros datos descorazonadores. La tercera parte de las carreteras españolas presenta un elevado riesgo de accidente de tráfico, ya que en ellas se han registrado más de cuatro accidentes mortales o graves por kilómetro, según un estudio presentado por el Real Automóvil Club de Cataluña (RACC) y realizado por el TRL,  laboratorio oficial de análisis del Ministerio británico de Transportes.

 

Pese a que vivimos inmersos en este océano estadístico que ignoramos por pura vocación de supervivientes, cada fin de semana nos alimentamos las páginas de nuestros diarios con más números que corroboran sólo lo que ya sabíamos. Por alguna razón que el ser humano ignora, luchamos sin sosiego contra las enfermedades terminales, como un mal endémico que creemos no merecer, condenamos la violencia doméstica como un mal impropio de nuestra sociedad en desarrollo, lloramos la muerte arbitraria de los soldados que mueren por accidente en Afganistán, no alcanzamos a comprender la razón que mueve a nadie a provocar un acto terrorista con resultado de muerte.

 

Sin embargo, vivimos a diario la penosa losa del desagravio en nosotros mismos. Aunque las estadísticas no mienten, desafiamos nuestro propio destino en la carretera cada fin de semana, porque nos creemos en el derecho de poner fin a este periodo vacacional no doblegando los presagios de las matemáticas y, en ocasiones, en ese arrebato furtivo de una copa a destiempo o de un descuido en aquella curva insospechada, rompemos nuestro propio ciclo vital porque las estadísticas, como el algodón, no engañan. Pero a veces la estadística no es una cifra, sino un rostro, un nombre, parte de nuestra memoria y de nuestra vida. Y ahí ya nos fallan los números y se nos hacen añicos los pronósticos. Porque las estadísticas, quién lo diría, no perdonan a nadie, aunque vengan sin anunciar el número del DNI.


 

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