
Las
estadísticas cumplen hoy la función que en otros tiempos se les otorgaba a los
brujos o los prestidigitadores. Dicen que las estadísticas son exactas, que no
mienten, y así es. El director general de Tráfico, Pere Navarro, ya nos había
advertido que durante el puente del 15 de agosto se habrían de producir 50
muertos en las carreteras españolas y nos pidió a los conductores, como el
meteorólogo que vaticina el porvenir, que extremáramos la precaución para
evitar que cada uno de nosotros fuésemos un número más a sumar a esa cifra
intachable, a esa cifra inalterable de la desgracia, a esa condena exhaustiva
del azar. No hay hoy destino más preciso que un accidente mortal en carretera.
El
Ministerio pone la cifra total, como quien reparte un presupuesto del mal
entre los que se sientan al volante, y nos deja a nosotros que pongamos
nombres y apellidos, como si en algún lugar de nuestra piel tuviésemos el sino
escrito, la fecha, el lugar, el encontronazo inaplazable, el momento de no
retorno.
La
noticia fatídica nos golpea a veces como un discurso deductivo, con cifras
reales, con números que se contabilizan, con probabilidades anunciadas, como
si no hubiera posibilidad alguna de escribir la historia de otra manera. Pero
las estadísticas son frías, no alteran para nada nuestra vida diaria. Son
titulares de periódico que leemos y olvidamos, como quien pasa página a otro
titular más o menos espectacular. Pero en otras ocasiones la noticia es un
discurso inductivo. No nos llama la atención por las cifras, sino por los
nombres concretos, por el rostro que reconocemos entre las víctimas de un
puente que se nos mostraba fresco y relajado, porque su identidad es parte de
nuestras propias vidas, porque nuestra vida se nos ha alterado para siempre en
esta Operación 15 de Agosto.
Tienen
las carreteras hoy el sino maldito de la precisión. A las 20 horas del día 15
de agosto, cuando todavía faltaban cuatro horas para finalizar el puente, ya
habían fallecido 45 personas. Era, además, el primer fin de semana tras la
entrada en vigor de la nueva Ley de Seguridad Vial, que triplica el importe de
algunas multas. Además de estos 45 fallecidos, 19 personas resultaron heridas
graves y 17 leves en 37 accidentes de tráfico registrados en este mismo
periodo de tiempo.
Hay, no
obstante, datos que propician este balance negro. Por ejemplo, los conductores
españoles exceden los límites de velocidad por encima de lo establecido en el
54,16% de los tramos de carreteras con nivel de riesgo de accidente medio-alto
o alto, según recoge un estudio realizado por el Real Automóvil Club de España
(RACE). Según este estudio, las autopistas son las carreteras con el
porcentaje más alto de tramos con riesgo elevado y velocidades excesivas, con
medias de hasta 152,3 kilómetros por hora. Hay, sin embargo, otros datos
descorazonadores. La tercera parte de las carreteras españolas presenta un
elevado riesgo de accidente de tráfico, ya que en ellas se han registrado más
de cuatro accidentes mortales o graves por kilómetro, según un estudio
presentado por el Real Automóvil Club de Cataluña (RACC) y realizado por el
TRL, laboratorio oficial de análisis del Ministerio británico de Transportes.
Pese a
que vivimos inmersos en este océano estadístico que ignoramos por pura
vocación de supervivientes, cada fin de semana nos alimentamos las páginas de
nuestros diarios con más números que corroboran sólo lo que ya sabíamos. Por
alguna razón que el ser humano ignora, luchamos sin sosiego contra las
enfermedades terminales, como un mal endémico que creemos no merecer,
condenamos la violencia doméstica como un mal impropio de nuestra sociedad en
desarrollo, lloramos la muerte arbitraria de los soldados que mueren por
accidente en Afganistán, no alcanzamos a comprender la razón que mueve a nadie
a provocar un acto terrorista con resultado de muerte.
Sin
embargo, vivimos a diario la penosa losa del desagravio en nosotros mismos.
Aunque las estadísticas no mienten, desafiamos nuestro propio destino en la
carretera cada fin de semana, porque nos creemos en el derecho de poner fin a
este periodo vacacional no doblegando los presagios de las matemáticas y, en
ocasiones, en ese arrebato furtivo de una copa a destiempo o de un descuido en
aquella curva insospechada, rompemos nuestro propio ciclo vital porque las
estadísticas, como el algodón, no engañan. Pero a veces la estadística no es
una cifra, sino un rostro, un nombre, parte de nuestra memoria y de nuestra
vida. Y ahí ya nos fallan los números y se nos hacen añicos los pronósticos.
Porque las estadísticas, quién lo diría, no perdonan a nadie, aunque vengan
sin anunciar el número del DNI.
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