
Posiblemente se miró en el espejo y no reconoció
su propio rostro cuando se vio los ojos extraviados, el mentón metido y la
dentadura superior abierta como un paraguas de nadie. Sobre todo, advirtió esa
delgadez extrema que le desfiguraba la edad y percibió la vida como si fuera
una gota de agua y una posibilidad extrema. Naqsha Bibi, esa mujer paquistaní
de 45 años que sobrevivió más que nada a su soledad, no pensaba que la vida le
ofrecería otra oportunidad. Cuando la encontraron en el campo de refugiados de
Kamsar, a unos cinco kilómetros al norte de Muzaffarabad, ninguno de los
trabajadores que escarbaban en las ruinas podía creer que aquella mujer
hubiese sobrevivido 65 días atrapada bajo los escombros. La memoria, a veces,
se nos escurre como la lluvia en los tejados y nos deja el aire limpio y los
recuerdos perdidos y los bolsillos vacíos como si fuera un día de fiesta. Hace
dos meses, un terremoto dejó 70.000 muertos en Pakistán y pulverizó en unos
instantes 150.000 viviendas en el noroeste del país.
Sólo Naqsha Bibi pudo soportar tantos días
perdida en el limbo del desconsuelo. Posiblemente no atravesó cada momento de
su vida una y otra vez con esa sensación de perturbación que sólo nos concede
la impotencia y posiblemente vio la muerte en las noches negras y los días
helados. Cuando la encontraron, estaba tan débil que no conseguían
alimentarla, debido a la deshidratación y la perdida de masa muscular. Dice la
prensa que apenas pesaba 25 kilos cuando la ingresaron en el hospital.
Algún día recuperará su peso y su rostro, pero
su memoria quedará quebrantada para siempre. Será una ranura imposible por
donde se le descuelguen las lágrimas y la vida, incluso la posibilidad remota
de empalmar esta vida con aquella otra que le arrebató un terremoto un día de
otoño. Durante estos 65 días bebió el agua de la lluvia que se filtraba por
los escombros y comía alimentos descompuestos. Recuerdo aquella tragedia de
los Andes en la que los supervivientes tuvieron que comer los cadáveres de sus
compañeros de vuelo para no perecer enterrados en el hielo. Tiene la vida ese
impulso natural que nos empuja más allá de donde estamos o de donde queremos
llegar con esa fuerza invisible que sólo algunas personas encuentran cuando
todo parece perdido.
Posiblemente se miró el rostro y no se
reconoció. Tampoco lo hizo esa mujer francesa que recibió el primer trasplante
de rostro. Posiblemente también se miró agradecida en el espejo del cuarto de
baño y no vio los días pasados, las arrugas de sus tormentos y la mirada de
siempre. Había quedado desfigurada por los mordiscos de un perro y quería
recuperar su rostro de otra vida.
Después de mirarse en el espejo agradeció el
milagro, pero sabía que su vida era ya otra, que iba dentro de un rostro
amable que no era el suyo. Incluso cuando gesticulaba pensaba si sus labios le
responderían, si la mueca prestada era la suya o era de otra persona. Ella
sabía que la piel trasplantada era de una fallecida. De ella recibió nariz,
labios, mentón y una mejilla. Los médicos estaban sorprendidos de su propio
trabajo, pues la coloración de la piel era casi idéntica. Pero ella se miró la
piel en el espejo y supo sin saberlo que no era la suya, que era como un trozo
de vida pegado a su propia vida.
La mujer es de Lyón y yo leí la noticia antes de
viajar a Lyón la semana pasada, y recorriendo los rincones medievales de la
ciudad y los monumentales iluminados en la fiesta de las luces cuando la
llovizna me quemaba los zapatos, incluso unos días después cuando cruzamos la
frontera suiza y Polo y Claudia nos recibieron en Interlaken como amigos de
siempre en el hotel El Azteca, que ellos regentan, me volvió el rostro de
nuevo de esta mujer sin rostro. Desde un rincón de Iseltwald, miraba el lago
Brienz, cuando el sol se ponía. Es uno de los lugares más bellos del mundo y
es además ese paisaje perfecto en el que la vida se te congela y la puedes
observar segundo a segundo, con esa misma paciencia con que una mujer
pakistaní y una mujer francesa observan en el espejo trozos de su vida
recuperados, partes de su rostro inexistentes, igual que yo miraba esas
cumbres escarpadas donde he dejado para siempre a un puñado de amigos y donde
sólo un hombre es capaz de construir un arpa en los momentos vacíos que le
deja el trabajo y las noches de parranda en un país frío y acogedor como
Suiza. El autor del arpa es leonés y se llama Rodolfo Fernández, y no se mira
el rostro en el espejo sino en un autorretrato que ha colgado en su recámara
para no perderse por siempre en un país que ya también es suyo y que de algún
modo también es ya nuestro.
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