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 EL RUIDO Y LAS NUECES

El rostro en el espejo

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Posiblemente se miró en el espejo y no reconoció su propio rostro cuando se vio los ojos extraviados, el mentón metido y la dentadura superior abierta como un paraguas de nadie. Sobre todo, advirtió esa delgadez extrema que le desfiguraba la edad y percibió la vida como si fuera una gota de agua y una posibilidad extrema. Naqsha Bibi, esa mujer paquistaní de 45 años que sobrevivió más que nada a su soledad, no pensaba que la vida le ofrecería otra oportunidad. Cuando la encontraron en el campo de refugiados de Kamsar, a unos cinco kilómetros al norte de Muzaffarabad, ninguno de los trabajadores que escarbaban en las ruinas podía creer que aquella mujer hubiese sobrevivido 65 días atrapada bajo los escombros. La memoria, a veces, se nos escurre como la lluvia en los tejados y nos deja el aire limpio y los recuerdos perdidos y los bolsillos vacíos como si fuera un día de fiesta. Hace dos meses, un terremoto dejó 70.000 muertos en Pakistán y pulverizó en unos instantes 150.000 viviendas en el noroeste del país.

 

Sólo Naqsha Bibi pudo soportar tantos días perdida en el limbo del desconsuelo. Posiblemente no atravesó cada momento de su vida una y otra vez con esa sensación de perturbación que sólo nos concede la impotencia y posiblemente vio la muerte en las noches negras y los días helados. Cuando la encontraron, estaba tan débil que no conseguían alimentarla, debido a la deshidratación y la perdida de masa muscular. Dice la prensa que apenas pesaba 25 kilos cuando la ingresaron en el hospital.

 

Algún día recuperará su peso y su rostro, pero su memoria quedará quebrantada para siempre. Será una ranura imposible por donde se le descuelguen las lágrimas y la vida, incluso la posibilidad remota de empalmar esta vida con aquella otra que le arrebató un terremoto un día de otoño. Durante estos 65 días  bebió el agua de la lluvia que se filtraba por los escombros y comía alimentos descompuestos. Recuerdo aquella tragedia de los Andes en la que los supervivientes tuvieron que comer los cadáveres de sus compañeros de vuelo para no perecer enterrados en el hielo. Tiene la vida ese impulso natural que nos empuja más allá de donde estamos o de donde queremos llegar con esa fuerza invisible que sólo algunas personas encuentran cuando todo parece perdido.

 

Posiblemente se miró el rostro y no se reconoció. Tampoco lo hizo esa mujer francesa que recibió el primer trasplante de rostro. Posiblemente también se miró agradecida en el espejo del cuarto de baño y no vio los días pasados, las arrugas de sus tormentos y la mirada de siempre. Había quedado desfigurada por los mordiscos de un perro y quería recuperar su rostro de otra vida.

 

Después de mirarse en el espejo agradeció el milagro, pero sabía que su vida era ya otra, que iba dentro de un rostro amable que no era el suyo. Incluso cuando gesticulaba pensaba si sus labios le responderían, si la mueca prestada era la suya o era de otra persona. Ella sabía que la piel trasplantada era de una fallecida. De ella recibió nariz, labios, mentón y una mejilla. Los médicos estaban sorprendidos de su propio trabajo, pues la coloración de la piel era casi idéntica. Pero ella se miró la piel en el espejo y supo sin saberlo que no era la suya, que era como un trozo de vida pegado a su propia vida.

 

La mujer es de Lyón y yo leí la noticia antes de viajar a Lyón la semana pasada, y recorriendo los rincones medievales de la ciudad y los monumentales iluminados en la fiesta de las luces cuando la llovizna me quemaba los zapatos, incluso unos días después cuando cruzamos la frontera suiza y Polo y Claudia nos recibieron en Interlaken como amigos de siempre en el hotel El Azteca, que ellos regentan, me volvió el rostro de nuevo de esta mujer sin rostro. Desde un rincón de Iseltwald, miraba el lago Brienz, cuando el sol se ponía. Es uno de los lugares más bellos del mundo y es además ese paisaje perfecto en el que la vida  se te congela y la puedes observar segundo a segundo, con esa misma paciencia con que una mujer pakistaní y una mujer francesa observan en el espejo trozos de su vida recuperados, partes de su rostro inexistentes, igual que yo miraba esas cumbres escarpadas donde he dejado para siempre a un puñado de amigos y donde sólo un hombre es capaz de construir un arpa en los momentos vacíos que le deja el trabajo y las noches de parranda en un país frío y acogedor como Suiza. El autor del arpa es leonés y se llama Rodolfo Fernández, y no se mira el rostro en el espejo sino en un autorretrato que ha colgado en su recámara para no perderse por siempre en un país que ya también es suyo y que de algún modo también es ya nuestro.


 

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