
Tiene la vida esa pretendida voluntad de
asemejarse a la ficción, a los supuestos farragosos, a los casos imposibles e
inusuales. Alguna vez un etarra asesinó a un ciudadano español con la firme
sospecha de que con este acto facilitaba el camino a la independencia de su
país. Se supo después que el asesino vivía puerta con puerta con su víctima. Y
ese hecho tremendo pero a la vez corriente nos lleva a la conclusión de que en
alguna ocasión los vecinos se tropezarían en el ascensor con un saludo
afectuoso, o tomarían café en el bar de la esquina con esa indeferencia de dos
seres humanos que no se conocen pero cuyos destinos se cruzan por avatares
inciertos no del destino sino de la impiedad de unos desalmados.
En Sevilla hace unos años atraparon a dos etarras que habían alquilado un piso
a las espaldas de la Facultad de Comunicación; entonces ubicada en la calle
Gonzalo Bilbao. Alguna que otra mañana acudíamos a un café cercano a desayunar
y posiblemente nos tropezamos con ellos mientras nosotros criticábamos el plan
de estudios en vigencia y ellos planificaban un golpe de muerte efectivo y
cruel. Supimos después por los medios de comunicación que dos camareras del
establecimiento habían identificado sus rostros como los de aquellos
ciudadanos tan amables que cada mañana se acercaban a comprar el pan. Aunque
la policía sello el piso, un cámara de televisión pudo grabar a través de la
ranura de la cerradura un ángulo del interior de la vivienda en el que sólo se
podían ver colgados un par de jamones y un montón de chorizos. Se podría
deducir, a la luz de tamaño paisaje, que el asesino necesita tener la mente
clara para poder ejercitar el injusto e indigesto deporte del crimen.
Viajando a París para consumir en el país vecino el puente de la Inmaculada y
de la Constitución leo en El País un reportaje de mi amigo Pablo Ordaz en el
que cuenta que el terrorista de ETA que mato en 1980 a Ramón Baglietto ha
comprado una cristalería en los bajos de la casa de Azkoitia donde vive su
viuda, que actualmente es concejal del Partido Popular. Una vez más, la
victima y el verdugo están condenados a vivir puerta con puerta. Esta
historia, sin embargo, contiene otras casualidades que sólo pueden ser
producto del infortunio.
En 1962, Ramón Baglietto alcanzó a coger al niño que una mujer llevaba en los
brazos cuando esta se avalanzó contra un camión para coger a su otro hijo que
se le había escapado de la mano. Sólo se salvo la criatura que Ramón arrebato
a la madre. Unos años más tarde, concretamente el 13 de mayo de 1980, Ramón se
dirigía a su casa cuando un terrorista se le cruzó en el camino y lo acribilló
a tiros. Unos días después la policía detuvo a Kandido Azpiazu como autor de
los disparos. Lo que no supo Ramón el día de su asesinato es que el niño que
salvo en sus brazos ahora tenía 18 anos y era uno de los miembros del comando
que acabó con su vida. El presunto autor del tiro de gracia en su sien,
escribe Pablo Ordaz.
Tiene la vida esa intermitencia cruel que no le es dada a la ficción ni a la
imaginación más solvente. Tiene la vida a veces un argumento entrelazado de
momentos fatídicos sin desenlace posible. Kandido Azpiau fue juzgado y
condenado a 49 años, pero redimió su pena y salio en libertad en 1995. El 16
de marzo de este año Azpiau compró la cristalería del número 14 de la calle
Ibai-Ondo, el mismo edificio en el que vive Pilar Elías, la viuda de Ramón.
Compro el local por 120.202 euros, pero la viuda aún no ha cobrado la
indemnización por la muerte de su marido.
Tiene la vida ese sarcasmo atroz de las coincidencias recurrentes, repetidas
hasta la saciedad por alguna maldición siniestra del azar. Leo este reportaje
mientras el avión toma tierra en el aeropuerto de Orly, y se me queda la
imagen de la cristalería grabada en la mirada todos estos días en que recorro
admirado observando los rincones majestuosos de París, mojado por fuera con la
lluvia intermitente de Lyon y por dentro del vino tinto de la tierra que Yoko
bebe con ese elegancia del momento tan esperado mientras mi amigo Samuel
González asume su papel de chófer insobornable que no se deja seducir por el
aroma de estos caldos embriagadores.
Viajo a Suiza con el frío pegado a los pies y con la sensación permanente que
deja en el cuerpo la imagen clara de una cristalería que no podía estar
ubicada en otro rincón de la ciudad sino en el bajo del mismo edificio en el
que la viuda de Ramón quema sus días y su mirada cuando se cruza por la misma
acera con ese hombre ya maduro que cuando era niño su marido arrebato de los
brazos a su madre para que ejecutara, como Judas, la misión que el destino le
tenía encomendada y que nadie como Pilar Elías conoce hasta en sus detalles
más insignificantes.
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