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 EL RUIDO Y LAS NUECES

El limbo, la grúa y el patinete

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Hasta ahora vivía tranquilo. Por momentos, un poco extraviado en sensaciones ilusorias. Pero tranquilo. Me quedaba mirando el paisaje inexistente de mis propias alucinaciones. Y así pasaban los minutos. Ocurre a veces cuando miras el mar desde la playa, sentado placenteramente en la hamaca o en la incómoda silla del chiringuito desde donde se adivina el horizonte infinito que no nos pertenece. Miras un espacio concreto, pero otras no miras. Sencillamente estás perdido dentro de ti. Hasta que alguien te rompe el sueño: “Despierta, que estás en el limbo”. Y siempre se agradecía que alguien te devolviera entero a la tierra.

 

Antes uno vivía tranquilo porque sabía con la certeza que nos ofrece la fe que el limbo no sólo era un invento teológico, sino también un espacio literario en el que muchos escritores recrearon sus miedos desatados y sus impías crueldades. El limbo era el lugar donde los niños que no tenían culpa, los niños sin bautizar, vagaban eternamente sin saber por qué y en base a qué pecados debían sufrir por siempre esa condena. Ahora el Vaticano ha entendido que no se puede condenar a cualquiera a vagabundear eternamente por ninguna parte si haber cometido otro pecado que nacer para morir inmediatamente sin bautizar o nacer sin culpa y por ello estar condenado a vivir en un mundo indefinido donde no sabíamos exactamente qué hacer durante tanto tiempo sin una función concreta a desempeñar.

 

Ahora el Vaticano ha venido a decir que el limbo no existe, posiblemente porque el limbo está en cada uno de nosotros, en esos momentos vacíos en que la vida se nos atasca en la mirada y el pensamiento se nos congela como una croqueta de Carrefour, mientras los demás nos observan inmóviles como si permaneciéramos hieráticos en bolsas de comida congelada.

 

A veces me quedo mirando el horizonte desvaído de mis pesadillas recurrentes, cuando alguien me interrumpe malintencionadamente: “Despierta. Que estás en Babia”. Y uno se tranquiliza porque sabe que Babia existe y que es ese lugar paradisíaco a donde los reyes leoneses se retiraban para relajar los músculos después de la batalla o después del pesaroso invierno. Uno, en ocasiones, también se pierde por los cerros de Úbeda. Pero ése ya es otro cantar.

 

El Vaticano debería descansar unos meses y dejar de pensar en el cielo, en el limbo, en el infierno y en la Santísima Trinidad. Así ocurre lo que ocurre y así está el tráfico por los aires. Y si no que se lo digan a Mariano Rajoy. No hay nada más que verlo cuando lo sacaban del helicóptero siniestrado, sin gafas y con una mirada extraviada, no de miedo, sino de haber conocido el limbo en su propia piel. El desafortunado chiste de la jornada lo puso José Borrell: “Eso les pasa por ir a los toros en helicóptero”. Él, claro, sólo pretendía desdramatizar, dijo, pero después tuvo que pedir disculpas en público y en privado. Y es que el tráfico, ya sea aéreo o por carretera, no está para chistes.

 

Se lo pueden preguntar a Carlos Fandón que hace unos meses tuvo un incidente con un policía municipal de Oviedo cuando circulaba por una calle céntrica de la ciudad en su patín con motor. Este buen hombre iba por la calle Quintana con su patinete cuando el agente le increpó diciéndole que no podía circular con semejante vehículo. A Carlos le pidieron el seguro del trasto, el permiso de circulación, el carné de conducir y, como el patinete no tenía matrícula, apuntaron la marca El agente, cuando fue a rellenar la multa, como no sabía qué poner, optó por llamar a la grúa. Desde entonces Carlos vive sin el patinete, porque la policía le pide 1.010 euros por ir sin seguro, 300 por conducir sin carné y pagar el tiempo que el patinete esté en el depósito.

 

Los depósitos donde las grúas almacenan los vehículos deben ser como el limbo para los seres humanos cuando éste existía. Uno entraba allí y no sabía cuándo salía y tampoco por qué lo habían encerrado en semejante lugar donde todos parecíamos lunáticos. Los trastos a motor también tienen su alma y se resienten cuando los agentes los alejan de sus dueños. También se resienten del uso abusivo, como le ocurrió al helicóptero donde viajaban Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre, porque este aparato ya se había dado con los dientes en tierra con anterioridad. Ya nada es como antes: ni el cielo es seguro, ni el limbo existe, y las plazas de toros se usan para aparcar helicópteros y no para que Jesulín de Ubrique convoque una manifestación femenina como en otros tiempos.

 

Yo ando en Babia con estas reformas de las cosas del cielo. De hecho, las consecuencias ya se dejan sentir. Por ejemplo, leo que el coche volador de la saga Harry Potter he desaparecido de unos estudios de cine de Cornualles, al oeste de Inglaterra, y la policía, después de pensar, sospecha que se trata de un robo. El famoso Ford Anglia de 1962, color turquesa, quedó destrozado cuando los pequeños magos se la dieron de frente con un árbol a la puerta del colegio de Hogwarts. Como el coche no funciona, la policía piensa que los ladrones lo sacaron de los estudios de St. Agnes con una grúa. Yo, que me dedico a entrelazar las casualidades sin sentido, creo entender que esta grúa puede ser la misma que dejó a Carlos Fandón sin patinete. De hecho, como acostumbro a dejar el coche aparcado en segunda fila, siempre miro a diestra y siniestra para ver si descubro a la grúa que nos causa tantos males y que persigue mi Peugeot por el limbo inexistente de mis desenfrenadas paranoias.


 

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