
Hasta ahora vivía tranquilo. Por momentos, un
poco extraviado en sensaciones ilusorias. Pero tranquilo. Me quedaba mirando
el paisaje inexistente de mis propias alucinaciones. Y así pasaban los
minutos. Ocurre a veces cuando miras el mar desde la playa, sentado
placenteramente en la hamaca o en la incómoda silla del chiringuito desde
donde se adivina el horizonte infinito que no nos pertenece. Miras un espacio
concreto, pero otras no miras. Sencillamente estás perdido dentro de ti. Hasta
que alguien te rompe el sueño: “Despierta, que estás en el limbo”. Y siempre
se agradecía que alguien te devolviera entero a la tierra.
Antes uno vivía tranquilo porque sabía con la
certeza que nos ofrece la fe que el limbo no sólo era un invento teológico,
sino también un espacio literario en el que muchos escritores recrearon sus
miedos desatados y sus impías crueldades. El limbo era el lugar donde los
niños que no tenían culpa, los niños sin bautizar, vagaban eternamente sin
saber por qué y en base a qué pecados debían sufrir por siempre esa condena.
Ahora el Vaticano ha entendido que no se puede condenar a cualquiera a
vagabundear eternamente por ninguna parte si haber cometido otro pecado que
nacer para morir inmediatamente sin bautizar o nacer sin culpa y por ello
estar condenado a vivir en un mundo indefinido donde no sabíamos exactamente
qué hacer durante tanto tiempo sin una función concreta a desempeñar.
Ahora el Vaticano ha venido a decir que el limbo
no existe, posiblemente porque el limbo está en cada uno de nosotros, en esos
momentos vacíos en que la vida se nos atasca en la mirada y el pensamiento se
nos congela como una croqueta de Carrefour, mientras los demás nos observan
inmóviles como si permaneciéramos hieráticos en bolsas de comida congelada.
A veces me quedo mirando el horizonte desvaído
de mis pesadillas recurrentes, cuando alguien me interrumpe
malintencionadamente: “Despierta. Que estás en Babia”. Y uno se tranquiliza
porque sabe que Babia existe y que es ese lugar paradisíaco a donde los reyes
leoneses se retiraban para relajar los músculos después de la batalla o
después del pesaroso invierno. Uno, en ocasiones, también se pierde por los
cerros de Úbeda. Pero ése ya es otro cantar.
El Vaticano debería descansar unos meses y dejar
de pensar en el cielo, en el limbo, en el infierno y en la Santísima Trinidad.
Así ocurre lo que ocurre y así está el tráfico por los aires. Y si no que se
lo digan a Mariano Rajoy. No hay nada más que verlo cuando lo sacaban del
helicóptero siniestrado, sin gafas y con una mirada extraviada, no de miedo,
sino de haber conocido el limbo en su propia piel. El desafortunado chiste de
la jornada lo puso José Borrell: “Eso les pasa por ir a los toros en
helicóptero”. Él, claro, sólo pretendía desdramatizar, dijo, pero después tuvo
que pedir disculpas en público y en privado. Y es que el tráfico, ya sea aéreo
o por carretera, no está para chistes.
Se lo pueden preguntar a Carlos Fandón que hace
unos meses tuvo un incidente con un policía municipal de Oviedo cuando
circulaba por una calle céntrica de la ciudad en su patín con motor. Este buen
hombre iba por la calle Quintana con su patinete cuando el agente le increpó
diciéndole que no podía circular con semejante vehículo. A Carlos le pidieron
el seguro del trasto, el permiso de circulación, el carné de conducir y, como
el patinete no tenía matrícula, apuntaron la marca El agente, cuando fue a
rellenar la multa, como no sabía qué poner, optó por llamar a la grúa. Desde
entonces Carlos vive sin el patinete, porque la policía le pide 1.010 euros
por ir sin seguro, 300 por conducir sin carné y pagar el tiempo que el
patinete esté en el depósito.
Los depósitos donde las grúas almacenan los
vehículos deben ser como el limbo para los seres humanos cuando éste existía.
Uno entraba allí y no sabía cuándo salía y tampoco por qué lo habían encerrado
en semejante lugar donde todos parecíamos lunáticos. Los trastos a motor
también tienen su alma y se resienten cuando los agentes los alejan de sus
dueños. También se resienten del uso abusivo, como le ocurrió al helicóptero
donde viajaban Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre, porque este aparato ya se
había dado con los dientes en tierra con anterioridad. Ya nada es como antes:
ni el cielo es seguro, ni el limbo existe, y las plazas de toros se usan para
aparcar helicópteros y no para que Jesulín de Ubrique convoque una
manifestación femenina como en otros tiempos.
Yo ando en Babia con estas reformas de las cosas
del cielo. De hecho, las consecuencias ya se dejan sentir. Por ejemplo, leo
que el coche volador de la saga Harry Potter he desaparecido de unos estudios
de cine de Cornualles, al oeste de Inglaterra, y la policía, después de
pensar, sospecha que se trata de un robo. El famoso Ford Anglia de 1962, color
turquesa, quedó destrozado cuando los pequeños magos se la dieron de frente
con un árbol a la puerta del colegio de Hogwarts. Como el coche no funciona,
la policía piensa que los ladrones lo sacaron de los estudios de St. Agnes con
una grúa. Yo, que me dedico a entrelazar las casualidades sin sentido, creo
entender que esta grúa puede ser la misma que dejó a Carlos Fandón sin
patinete. De hecho, como acostumbro a dejar el coche aparcado en segunda fila,
siempre miro a diestra y siniestra para ver si descubro a la grúa que nos
causa tantos males y que persigue mi Peugeot por el limbo inexistente de mis
desenfrenadas paranoias.
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