
Uno empieza a preocuparse cuando ve a los
obispos de manifestación por las calles de Madrid y lee en la prensa que la
Iglesia anda empeñada en poner las cosas en su sitio. O mejor dicho, en buscar
un hueco para cada trasto. Sobre todo, si son trastos espirituales. Lo que no
entiendo es por qué la han tomado con la LOE y no con la LOU. A fin de
cuentas, sólo se trata de una vocal. Pero la Iglesia erre que erre. Lo de las
consonantes está claro que le da igual. Lo que no le da lo mismo es lo que la
vicepresidenta del Gobierno ha soltado por esa boquita cuando les ha advertido
que deben abrocharse el cinturón –perdón, la sotana- y aprender a
autogestionarse en materia económica. Yo entiendo que la Iglesia no ande
preocupada por cuestiones económicas, porque lo que realmente les trae con el
alma en vilo son las cuestiones espirituales.
Es por esa razón por la que el cardenal Javier
Lozano Barragán, presidente del Consejo Pontificio para la Salud, ha asegurado
con tranquilidad pasmosa lo que sigue: “En el ADN podemos encontrar la
Santísima Trinidad”. Claro, tantos años buscando la respuesta a tan
inquietante pregunta, cuando la respuesta estaba en nosotros mismos. La razón
está más que clara: como los cristianos cuando van a misa beben la sangre de
Cristo se meten en mitad del cuerpo trozos de la Santísima Trinidad. Pienso
leyendo esta noticia si este buen cardenal no habrá relacionado sin querer el
cuerpo plumífero del Espíritu Santo con la moda de las aves migratorias y las
consecuencias de la gripe aviar.
Tan clarividente conclusión hizo pública en la
apertura de una conferencia sobre el genoma humano organizada por el Vaticano,
que ha reunido esta semana a 700 participantes de 81 países. El mencionado
purpurado mexicano fue aún más explícito en su descubrimiento. En este
sentido, explicó que la doble hélice del ADN “supone una oposición no
excluyente de dos términos” que, para colmo, se complementan. Como al parecer
el público no se enteraba mucho, añadió este representante de la Iglesia: “Si
la oposición significa por una parte carencia y por otra posesión, la mejor
oposición sería aquella en la que estos términos fuesen sólo relativos, y
precisamente ésta es la vida trinitaria”.
Hasta el momento y que se sepa, el Papa no lo ha
llamado a capítulo para exigirle explicaciones. Todo hace pensar con seguridad
que este Papa siga la línea del anterior en aquello de que la Iglesia debe
poner las cosas en su sitio. Ya se nos ha olvidado a todos pero el Papa polaco
llegó a otra conclusión que en nada desmerece a la antes reseñada de la
Santísima Trinidad. El ya fallecido cabeza de la Iglesia llegó a decir que el
cielo existe. Hasta ahí todo hubiese ido bien si no hubiese remendado el
descosido afirmando que desde luego lo que está claro es que el cielo no es un
lugar físico y que desconoce dónde está. Desde luego, para tal viaje nos
sobran alforjas. Así que aquello de que el cielo es una esfera aparentemente
azul y diáfana que rodea la Tierra y en la que también aparentemente se mueven
los astros, nada de nada.
Los jesuitas, que para nada querían dejar sólo
al Papa en sus cuitas, y para así completar su teoría de cada cosa en su
sitio, llegaron a afirmar también en su revista Civiltà Católica que el
infierno también existe, que es una verdad de fe, pero que, al igual que el
cielo, tampoco es un lugar. Ahora se entiende que, habiendo resuelto tiempo
atrás estos grandes enigmas, se atrevieran ya con la Santísima Trinidad. El
cardenal Barragán, consciente de que quienes le escuchaban habían contenido la
respiración y corrían el peligro de no saber dónde se encontraban, se dirigió
a ellos de nuevo a fin de atajar su teoría de cada cosa en su sitio. La vida,
les dijo, es un movimiento orgánico de complementariedad mutua, en la que el
ADN significa “capacidad primordial para ser y actuar, un movimiento que sirve
para complementar, una necesidad, no una supremacía del más fuerte”. Y se
quedó tan tranquilo.
Algunas fuentes dignas de toda solvencia
aseguran, y no sin razones, que detrás de los controles de alcoholemia con que
nos castiga la Guardia Civil todos los fines de semana, se esconde la
Conferencia Episcopal, convencida ésta de que con estos controles no sólo
encontrarán en nuestra sangre huellas espirituosas sino también espirituales.
No es de extrañar, desde luego, porque con tanta ginebra de garrafa como
venden ilegalmente en los chiringuitos nocturnos nos pueden volar las plumas
antes de que cante el gallo. En fin, lo dicho, España hecha un pollo y los
obispos por ahí de manifestación. Claro, después lograrán imponer la
asignatura de Religión en los colegios y ahí es donde nuestros hijos
aprenderán para siempre dónde se esconden el cielo, el infierno y la Santísima
Trinidad.
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