
El mayor error que puede
cometer un delincuente es dejarse fotografiar para la prensa. Y ése fue el
enorme fallo por el que sucumbió Rossana. Se ha escrito en multitud de
ocasiones que el estómago vacío acrecienta la astucia y que la panza llena, al
contrario, adormece el espíritu. Durante un buen tiempo, esta italiana navegó
entre ambas orillas, hasta que al final naufragó enganchada al pecado de la
gula. La necesidad la hizo famosa, pero el exceso –y la publicidad como
consecuencia- le cerró las puertas del placer. Como sólo contaba con una
pensión de 150 euros para sobrevivir a las mareas de la vida, desde hacía un
año había decidido comer “de gorra” en los restaurantes más caros y exquisitos
de Roma. Aquel pensamiento sutil no se lo llevó un mal viento, sino que
comenzó a revolotear alrededor de su cabeza hasta hacerse realidad.
Los dueños y responsables
del ramo comenzaron a desesperar cuando comprobaron que de nada servía
telefonear a la policía para denunciar el abuso. Aquel hecho, que parecía iba
reducirse a una colorista anécdota, se transformó en un hábito recurrente que
Rossana ejecutaba con una maestría colosal. Cuando el diario
La Stampa la entrevistó
para que explicara su vocación de glotona descarada, reconoció que para nada
le gustaba el calificativo de “gorrona profesional” con el que el sector
amenazado comenzó a denominarla, pues no lo consideraba apropiado a su
persona, si bien reconocía que comía “a dos carrillos sólo por el gusto de no
pagar la cuenta”. Es más, componiendo el gesto, y para que la periodista no
guardara duda y no se marchara con la intención de manipular sus palabras o
encubrir sus intenciones, decía: “Es más, se trata, sobre todo, de timar a la
riqueza”.
Los dueños de los
restaurantes más sofisticados y caros de la capital italiana comenzaron a
preguntarse cuál era la patente de corso que eximía a esta mujer de cualquier
responsabilidad ante esta actitud reiterada. La realidad de su inhabilitación
era muy simple. Rossana estaba considerada legalmente como persona no
responsable de sus actos. De manera que, aunque fuera detenida por la policía
por no pagar, los maderos se veían en la obligación, poco después, de ponerla
en libertad.
Ante estos hechos,
cualquiera pudiera pensar que la susodicha se escondía de la pasma y alentaba
sus intenciones de comer gratis a sus espaldas. Nada más lejos de la realidad.
Los agentes conocían a Rossana como si fuese una funcionaria más del cuerpo.
Ése es el fruto del conocimiento y del contacto entre los seres humanos. Que
el hábito relaja las costumbres y los procedimientos a la hora de actuar
contra alguien que no se hace responsable de los hechos que protagoniza.
Para Rossana, aquello que
en principio era una aventura imposible, se trasformó con los días en una
costumbre irrenunciable. Después de la copiosa comida, cuando miraba la
factura que nunca descendía de los doscientos euros, se limitaba a decir que
había olvidado el monedero. Pero, como bien dejó claro el diario
La Stampa, cuando la
policía se hacía presente en el lugar, ahí acababa su responsabilidad de
comensal. Cuando este diario la entrevistó, Rossana, con lágrimas en los ojos,
explicó que su actitud no era arbitraria, sino consecuencia de la convicción y
la marginación. Su padre, como bien explicó a la periodista, había trabajado
toda su vida como un esclavo, robando horas al día y a la noche, para llevar a
su casa un mísero jornal, y después de toda una vida de sacrificios ella ahora
tenía que valerse de una pensión de 150 euros con la que no podía hacer frente
a sus vicios más sanos y a sus necesidades más perentorias. Así que un día
tomó una decisión irreversible en su vida. Y así se lo dijo a la periodista:
“Desde entonces opté por nunca más pagar a nadie nada”.
Rossana, que de naturaleza
era de buen paladar aunque de mejor gusto a la hora de vestir y presentarse en
sociedad, desde un primer momento fue consciente de que no podía entrar en un
restaurante de lujo ataviada con cualquier prenda. Así supo la policía que sus
primeras víctimas no fueron los restaurantes citados sino los centros de
masaje y de belleza, las boutiques y los grandes almacenes, incluso lo intentó
con las joyerías, pero aquí los resultados fueron infructuosos. Perfectamente
arreglada, peinada y maquillada, se presentaba a la hora de almorzar en el
lugar elegido con anterioridad. Así fue durante muchos meses, pues el camarero
correspondiente no podía obviar la belleza y elegancia que tenía delante de
sus narices personificadas en un maniquí como Rossana.
Así fue, en efecto, hasta
que la popularidad pudo más que la gula y toda la ciudad de Roma conoció por
las fotografías de La Stampa
a la mujer que había saboteado tantos restaurante de lujo con su encanto de
mujer seductora, y hasta que los mismos camareros, antes seducidos y ahora
fotos en mano, lograron identificar repetidamente y para siempre en aquel
rostro impreso a la mujer de sus sueños como a esa delincuente que vagaba de
restaurante en restaurante convencida de que con la amnesia y el monedero
vacío instauraba el devaluado espíritu de la igualdad social en el mundo. O al
menos, por lo que a ella correspondía, en el sector de la restauración.
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