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 EL RUIDO Y LAS NUECES

Rossana o la fotografía del error

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

El mayor error que puede cometer un delincuente es dejarse fotografiar para la prensa. Y ése fue el enorme fallo por el que sucumbió Rossana. Se ha escrito en multitud de ocasiones que el estómago vacío acrecienta la astucia y que la panza llena, al contrario, adormece el espíritu. Durante un buen tiempo, esta italiana navegó entre ambas orillas, hasta que al final naufragó enganchada al pecado de la gula. La necesidad la hizo famosa, pero el exceso –y la publicidad como consecuencia- le cerró las puertas del placer. Como sólo contaba con una pensión de 150 euros para sobrevivir a las mareas de la vida, desde hacía un año había decidido comer “de gorra” en los restaurantes más caros y exquisitos de Roma. Aquel pensamiento sutil no se lo llevó un mal viento, sino que comenzó a revolotear alrededor de su cabeza hasta hacerse realidad.

 

Los dueños y responsables del ramo comenzaron a desesperar cuando comprobaron que de nada servía telefonear a la policía para denunciar el abuso. Aquel hecho, que parecía iba reducirse a una colorista anécdota, se transformó en un hábito recurrente que Rossana ejecutaba con una maestría colosal. Cuando el diario La Stampa la entrevistó para que explicara su vocación de glotona descarada, reconoció que para nada le gustaba el calificativo de “gorrona profesional” con el que el sector amenazado comenzó a denominarla, pues no lo consideraba apropiado a su persona, si bien reconocía que comía “a dos carrillos sólo por el gusto de no pagar la cuenta”. Es más, componiendo el gesto, y para que la periodista no guardara duda y no se marchara con la intención de manipular sus palabras o encubrir sus intenciones, decía: “Es más, se trata, sobre todo, de timar a la riqueza”.

 

Los dueños de los restaurantes más sofisticados y caros de la capital italiana comenzaron a preguntarse cuál era la patente de corso que eximía a esta mujer de cualquier responsabilidad ante esta actitud reiterada. La realidad de su inhabilitación era muy simple. Rossana estaba considerada legalmente como persona no responsable de sus actos. De manera que, aunque fuera detenida por la policía por no pagar, los maderos se veían en la obligación, poco después, de ponerla en libertad.

 

Ante estos hechos, cualquiera pudiera pensar que la susodicha se escondía de la pasma y alentaba sus intenciones de comer gratis a sus espaldas. Nada más lejos de la realidad. Los agentes conocían a Rossana como si fuese una funcionaria más del cuerpo. Ése es el fruto del conocimiento y del contacto entre los seres humanos. Que el hábito relaja las costumbres y los procedimientos a la hora de actuar contra alguien que no se hace responsable de los hechos que protagoniza.

 

Para Rossana, aquello que en principio era una aventura imposible, se trasformó con los días en una costumbre irrenunciable. Después de la copiosa comida, cuando miraba la factura que nunca descendía de los doscientos euros, se limitaba a decir que había olvidado el monedero. Pero, como bien dejó claro el diario La Stampa, cuando la policía se hacía presente en el lugar, ahí acababa su responsabilidad de comensal. Cuando este diario la entrevistó, Rossana, con lágrimas en los ojos, explicó que su actitud no era arbitraria, sino consecuencia de la convicción y la marginación. Su padre, como bien explicó a la periodista, había trabajado toda su vida como un esclavo, robando horas al día y a la noche, para llevar a su casa un mísero jornal, y después de toda una vida de sacrificios ella ahora tenía que valerse de una pensión de 150 euros con la que no podía hacer frente a sus vicios más sanos y a sus necesidades más perentorias. Así que un día tomó una decisión irreversible en su vida. Y así se lo dijo a la periodista: “Desde entonces opté por nunca más pagar a nadie nada”.

 

Rossana, que de naturaleza era de buen paladar aunque de mejor gusto a la hora de vestir y presentarse en sociedad, desde un primer momento fue consciente de que no podía entrar en un restaurante de lujo ataviada con cualquier prenda. Así supo la policía que sus primeras víctimas no fueron los restaurantes citados sino los centros de masaje y de belleza, las boutiques y los grandes almacenes, incluso lo intentó con las joyerías, pero aquí los resultados fueron infructuosos. Perfectamente arreglada, peinada y maquillada, se presentaba a la hora de almorzar en el lugar elegido con anterioridad. Así fue durante muchos meses, pues el camarero correspondiente no podía obviar la belleza y elegancia que tenía delante de sus narices personificadas en un maniquí como Rossana.

 

Así fue, en efecto, hasta que la popularidad pudo más que la gula y toda la ciudad de Roma conoció por las fotografías de La Stampa a la mujer que había saboteado tantos restaurante de lujo con su encanto de mujer seductora, y hasta que los mismos camareros, antes seducidos y ahora fotos en mano, lograron identificar repetidamente y para siempre en aquel rostro impreso a la mujer de sus sueños como a esa  delincuente que vagaba de restaurante en restaurante convencida de que con la amnesia y el monedero vacío instauraba el devaluado espíritu de la igualdad social en el mundo. O al menos, por lo que a ella correspondía, en el sector de la restauración.


 

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