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 EL RUIDO Y LAS NUECES

De literatura y de premios literarios

 ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

lopezhidalgo@us.es

 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

Sin lugar a dudas, éste es un país de buenos escritores y de poetas gloriosos, pero también lo es más de numerosos premios poéticos y literarios. ¿Quién no conoce a un poeta que no haya sido galardonado con algún premio en alguna ciudad remota? Casi todo ayuntamiento o diputación, asociación y organización que se precie tiene desde hace años un premio de más o menos reconocido prestigio. El problema de este país es que cuenta con más premios que poetas, de manera que es extraño el poeta que no ha logrado atesorar varios reconocimientos en pocos años. El resultado es un Parnaso poético de dudoso prestigio pero dotado del aplauso público e institucional para poder mostrar sus títulos en la primera butaca del palco.

 

Yo tengo algunos amigos que dan muestras de cuanto he expuesto. El primero, que es poeta, envía el mismo libro a varios premios. Sin duda, no hay que decir que en esta tómbola del azar algún premio le cae y le ha caído. Claro, después cualquiera le dice que no es buen poeta cuando te muestra el diploma, el dinero contante y sonante y la obra publicada. El segundo amigo, que se hizo famoso porque publicó un catálogo de solteras del pueblo, se muestra contrario a este tipo de reconocimientos, y siempre que puede arremete contra estos poetas improvisados, de tal modo que ha acuñado una frase para la posteridad: “A algunos les rima camión con salchichón y ya se creen poetas”. El tercer amigo extiende sus críticas también a los autores en prosa, y también ha acuñado una frase digna de no olvidarse: “Algunos escriben la dirección en un sobre y ya se creen Cervantes”.

 

He recordado estos pormenores estos días en que Juan Marsé ha dimitido del jurado del Planeta y ha dinamitado con su decisión uno de los premios más celebrados por los escritores en este país de premios. Marsé, que sin duda lleva a sus espaldas una indiscutible trayectoria de calidad literaria, ya había planteado el año pasado, después de la concesión del 53º Premio Planeta, una serie de cambios en el sistema de elección y evaluación de las novelas finalistas. Dos días después de la 54º edición ha presentado su dimisión.

 

Sobre la falsedad de este premio ya se ha escrito lo suficiente, pero siempre es bueno recordarlo. La anécdota, que todos recordamos, tuvo lugar hace unos años, cuando un periodista le preguntó a José Manuel Lara si era cierto que el Premio Planeta estaba amañado, pues todos los años el nombre del ganador se conocía con bastantes horas de antelación. Lara, con buen sentido del humor, no esquivó la pregunta: “¿Pero, buen hombre, usted todavía cree que las cigüeñas vienen de París?”. El año que obtuvo el premio un profesor de instituto que se llamaba Juan Eslava Galán, yo anduve Sevilla entera buscando su domicilio. Localicé a su hermana, que estaba leyendo en una habitación abarrotada de libros, y me confirmó que, en efecto, su hermano se había presentado al premio, pero que no pensaba, ni mucho menos, que pudiera obtenerlo. Le dije, no obstante, que consiguiera una foto suya porque todas las quinielas apuntaban a que ella erraba en su pronóstico. En efecto, Eslava Galán se alzó con el Premio Planeta, y los periodistas lo sabíamos 24 horas antes.

 

Juan Marsé se considera con el derecho a decir la verdad, como es obvio, sobre todo si le preguntan en una rueda de prensa, que a fin de cuentas fue lo que pasó. Un periodista requirió su opinión sobre el nivel de calidad de las novelas presentadas. El escritor fue preciso: “Mi opinión personal es que el nivel es bajo y en algunos tramos subterráneo. Alguna novela promete, apunta alto en sus planteamientos, pero se acaba frustrando. El premio no puede quedar desierto, así que nos vemos obligados a votar la menos mala”. Ganó el Planeta la escritora mallorquina María de la Pau Janer, con Pasiones romanas, que para nada compartía las opiniones de Marsé, y quedó finalista el peruano Jaime Bayly, con Y de repente un ángel, que tampoco compartía las opiniones del autor de Un día volveré.

 

Marsé se niega a dar gato por liebre, como miembro de un jurado y como ciudadano al que piden una opinión, no comparte estos cotarros culturales y mediáticos, en los que los intereses y los bolsillos tan poco tienen que ver con la literatura. Al escritor catalán le avala una obra de incuestionable calidad literaria que ha sabido construir al margen de la galería, consciente del esfuerzo y del placer que conlleva el compromiso con la literatura. Por esta razón, en el comunicado que hizo público con motivo de su dimisión del jurado del Premio Planeta, escribió contundente: “Me gustaría añadir lo que ya dije una vez en relación con la literatura de ficción, tal como hoy se nos vende, en tanto premios: que es una literatura que se asemeja cada vez más al mundo del prêt-à-porter, y que el verdadero reto para un escritor actual no es entrar en ese mundo, sino ser capaz de rechazarlo”.

 

Conocí a Juan Marsé cuando estudiaba en Madrid. Firmaba sus obras en la Feria del Libro. Por aquel entonces había publicado Si te dicen que caí. Franco llevaba unos meses muerto y el país se disponía a cruzar la transición democrática a toda costa. Treinta años después, el escritor catalán supo ser ético con su obra y con su vida, supo comprometerse con un país que se abría al futuro después de un paréntesis de cuarenta años que todos estábamos dispuestos cerrar pero no a olvidarlo. Ahora, Juan Marsé quiere que se sepa que tanto esfuerzo no fue en vano, y que un premio literario da dinero y relumbrón, pero no necesariamente ofrece la belleza de una obra como la suya, que sobrevivirá a estos inútiles percances de la vida diaria.


 

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