
Sin lugar a
dudas, éste es un país de buenos escritores y de poetas gloriosos, pero
también lo es más de numerosos premios poéticos y literarios. ¿Quién no conoce
a un poeta que no haya sido galardonado con algún premio en alguna ciudad
remota? Casi todo ayuntamiento o diputación, asociación y organización que se
precie tiene desde hace años un premio de más o menos reconocido prestigio. El
problema de este país es que cuenta con más premios que poetas, de manera que
es extraño el poeta que no ha logrado atesorar varios reconocimientos en pocos
años. El resultado es un Parnaso poético de dudoso prestigio pero dotado del
aplauso público e institucional para poder mostrar sus títulos en la primera
butaca del palco.
Yo tengo
algunos amigos que dan muestras de cuanto he expuesto. El primero, que es
poeta, envía el mismo libro a varios premios. Sin duda, no hay que decir que
en esta tómbola del azar algún premio le cae y le ha caído. Claro, después
cualquiera le dice que no es buen poeta cuando te muestra el diploma, el
dinero contante y sonante y la obra publicada. El segundo amigo, que se hizo
famoso porque publicó un catálogo de solteras del pueblo, se muestra contrario
a este tipo de reconocimientos, y siempre que puede arremete contra estos
poetas improvisados, de tal modo que ha acuñado una frase para la posteridad:
“A algunos les rima camión con salchichón y ya se creen poetas”. El tercer
amigo extiende sus críticas también a los autores en prosa, y también ha
acuñado una frase digna de no olvidarse: “Algunos escriben la dirección en un
sobre y ya se creen Cervantes”.
He recordado
estos pormenores estos días en que Juan Marsé ha dimitido del jurado del
Planeta y ha dinamitado con su decisión uno de los premios más celebrados por
los escritores en este país de premios. Marsé, que sin duda lleva a sus
espaldas una indiscutible trayectoria de calidad literaria, ya había planteado
el año pasado, después de la concesión del 53º Premio Planeta, una serie de
cambios en el sistema de elección y evaluación de las novelas finalistas. Dos
días después de la 54º edición ha presentado su dimisión.
Sobre la
falsedad de este premio ya se ha escrito lo suficiente, pero siempre es bueno
recordarlo. La anécdota, que todos recordamos, tuvo lugar hace unos años,
cuando un periodista le preguntó a José Manuel Lara si era cierto que el
Premio Planeta estaba amañado, pues todos los años el nombre del ganador se
conocía con bastantes horas de antelación. Lara, con buen sentido del humor,
no esquivó la pregunta: “¿Pero, buen hombre, usted todavía cree que las
cigüeñas vienen de París?”. El año que obtuvo el premio un profesor de
instituto que se llamaba Juan Eslava Galán, yo anduve Sevilla entera buscando
su domicilio. Localicé a su hermana, que estaba leyendo en una habitación
abarrotada de libros, y me confirmó que, en efecto, su hermano se había
presentado al premio, pero que no pensaba, ni mucho menos, que pudiera
obtenerlo. Le dije, no obstante, que consiguiera una foto suya porque todas
las quinielas apuntaban a que ella erraba en su pronóstico. En efecto, Eslava
Galán se alzó con el Premio Planeta, y los periodistas lo sabíamos 24 horas
antes.
Juan Marsé se
considera con el derecho a decir la verdad, como es obvio, sobre todo si le
preguntan en una rueda de prensa, que a fin de cuentas fue lo que pasó. Un
periodista requirió su opinión sobre el nivel de calidad de las novelas
presentadas. El escritor fue preciso: “Mi opinión personal es que el nivel es
bajo y en algunos tramos subterráneo. Alguna novela promete, apunta alto en
sus planteamientos, pero se acaba frustrando. El premio no puede quedar
desierto, así que nos vemos obligados a votar la menos mala”. Ganó el Planeta
la escritora mallorquina María de la Pau Janer, con Pasiones romanas,
que para nada compartía las opiniones de Marsé, y quedó finalista el peruano
Jaime Bayly, con Y de repente un ángel, que tampoco compartía las
opiniones del autor de Un día volveré.
Marsé
se niega a dar gato por liebre, como miembro de un jurado y como ciudadano al
que piden una opinión, no comparte estos cotarros culturales y mediáticos, en
los que los intereses y los bolsillos tan poco tienen que ver con la
literatura. Al escritor catalán le avala una obra de incuestionable calidad
literaria que ha sabido construir al margen de la galería, consciente del
esfuerzo y del placer que conlleva el compromiso con la literatura. Por esta
razón, en el comunicado que hizo público con motivo de su dimisión del jurado
del Premio Planeta, escribió contundente: “Me gustaría añadir lo que ya dije
una vez en relación con la literatura de ficción, tal como hoy se nos vende,
en tanto premios: que es una literatura que se asemeja cada vez más al mundo
del prêt-à-porter, y que el verdadero reto para un escritor actual no
es entrar en ese mundo, sino ser capaz de rechazarlo”.
Conocí a Juan
Marsé cuando estudiaba en Madrid. Firmaba sus obras en la Feria del Libro. Por
aquel entonces había publicado Si te dicen que caí. Franco llevaba unos
meses muerto y el país se disponía a cruzar la transición democrática a toda
costa. Treinta años después, el escritor catalán supo ser ético con su obra y
con su vida, supo comprometerse con un país que se abría al futuro después de
un paréntesis de cuarenta años que todos estábamos dispuestos cerrar pero no a
olvidarlo. Ahora, Juan Marsé quiere que se sepa que tanto esfuerzo no fue en
vano, y que un premio literario da dinero y relumbrón, pero no necesariamente
ofrece la belleza de una obra como la suya, que sobrevivirá a estos inútiles
percances de la vida diaria.
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