18/05/2009. Ramón Reig (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) ramonreig@us.es
Cuando era pequeño odiaba mi cuerpo esmirriado. Pero era fuerte y líder. Y sensible. Supongo que por eso empecé a escribir esas absurdas psicoterapias a las que llaman poemas y por eso me creí las patrañas de los curas y de las monjas sobre Dios y su hijo y toda esa solidaridad y amor que desprendían. Después vi que los primeros en pasarse por la entrepierna el asunto eran los mismos predicadores. Jamás supieron distinguir a Dios del César. Siguen igual. Aunque no quieran reconocerlo, son como ese actor que hace de padre de Woody Allen en una de sus películas. Ante la insistencia de Woody que le preguntaba por la vida en el más allá, el padre, que se estaba peleando con una lata de conservas, le espetó: “¡Cómo voy a saber qué hay después de la muerte si ni siquiera sé abrir esta lata de sardinas!”.
Más adelante comprendí que Dios era el asidero de los débiles. Y tiré a Dios a la basura. Que no piensen los meapilas que lean esto que despedí a Dios de mi vida porque no me gustaban sus predicadores. Lo despedí porque no me gustaba Él, con mayúsculas, no me gustaba esa Idea, que era en realidad lo que era: una idea. O se cree o no se cree. Pues yo no creo, creo en la materia: yo soy materia. La materia es espíritu también. La materia creó a Dios. “El alma está en el cerebro”, tituló Punset uno de sus libros. Anda que no hace años que pienso yo eso…
La materia necesita un dios y yo me dejé seducir, tal vez subyugar, por el dios Materia. Los seres humanos serían salvados por los seres humanos porque son buenos por naturaleza, hechos a imagen y semejanza de Dios, lo que pasa es que unos pocos seres humanos se han corrompido, están enfermos, y explotan y dominan a los demás seres humanos. Unos poquitos malos contra los probrecitos buenos, explotados y humillados, alienados. He aquí el cuento, la nueva religión en la que necesitaba creer por pura maniobra de auto-conservación.
Pero llegó 1986 y un idiota con la frente manchada –Gorbachov- quiso cambiarlo todo o algo para que todo siguiera igual. Alguien le dijo: “Camarada, no se puede estar un poquito embarazado. O se está o no se está”. Y el idiota siguió adelante y todo empezó a saltar por los aires; debajo de tanta bonanza aparente sólo había detritus. En 1989 se cayó el muro de la esperanza y en 1991 se fue a tomar por el culo la única fuerza que ponía en guardia a los putrefactos y que les metía miedo en sus asquerosos cuerpos.
El cuento se fue a hacer puñetas. Otra vez sin Dios. Y venga pensar, y venga pensar. Y concluyo así: lo que ha pasado tenía que pasar porque se estaba interpretando el mundo al revés. El ser humano no ha sido envenenado por nadie, estaba ya envenenado desde que nació. Lo que ha pasado tenía que pasar y si ha ocurrido es por algo: hay una ley evolutiva –o varias- que nos conducen, contra las que podemos y debemos pugnar, ya veremos lo que sale, porque pugnar contra las leyes de la evolución es evolución también. El azar supongo que existe, lo dicen los más preclaros cerebros pero yo no le doy la importancia que ellos le dan, debe ser porque soy aún más genial, a menudo odio mi genio. No le demos vueltas, desde los presocráticos y los tres grandes –Sócrates, Platón, Aristóteles- el científico no hace más que demostrar lo que ellos intuyeron cuando no había casi nada y todo debía salir de la nada.
Y aquí estoy bajo el dominio de los putrefactos. Me odio, odio la vida, te odio, pitufo gruñón, leproso, eres un leproso, ¿te das cuenta? Se te han ido cayendo a pedazos las ilusiones, hasta la poesía, la creación, porque después de todo lo que ha pasado no tiene uno cuerpo para nada. Con razón mis padres jamás se interesaron por lo que escribía y cuando mi padre empezó a hacerlo le entró cáncer y se murió. Si seré gafe, con todo lo que me quedó pendiente de hablar con él...
Lo odio todo, es una maniobra de supervivencia: odiar, odiar. Estoy bajo el dominio del odio y me veo obligado a escribir por supervivencia también, para que mi odio no se proyecte sobre nadie porque aún me funciona la razón, aún me funciona la razón para saber que mi odio es instinto de conservación, para saber que odio. El ser humano sabe que sabe, decía Boulding. Yo sé que sé que odio y aún así ya han visto los rayos y centellas que he lanzado a diversos colectivos. ¡Con razón! ¡No! ¡Sin razón! No me pongo de acuerdo ni conmigo mismo.
Escribo para hacer algo, para creerme importante, para convertirme en Dios, para no matarme porque -repito- como buen ateo la muerte me gusta aún menos que la vida: la odio más todavía. Alguien dijo: no me mato por el qué dirán del muerto, pero a mí eso me la trae floja. No me mato por el egoísmo y la prepotencia más intensa y porque si me asesinara no podría odiar. Tampoco me mato porque si descubren tarde mi cuerpo odio oler mal y que me huelan aunque eso sería evitable, basta con matarme debidamente. ¡Coño, que no me mato, por ahora! No se hable más del tema.
En definitiva, en lo que a mi entorno “histórico” se refiere, soy un fracaso total. Y me he dicho: si no es para mí la razón, no es para nadie. Si lo mío ha fracasado todo lo demás debe estar equivocado porque lo mío era la verdad. Lo odio todo y mi odio es la venganza contra el fracaso de todo aquello en lo que creí. Pensaba, por ejemplo, que la gente estaba alienada y que mis principios sociales revolucionarios podían ayudarla a salir de su estado. Con los años he observado que al gentío le va la marcha de la alienación y se pasa mis principios por el arco del triunfo.
Entonces, en represalia, la empecé a llamar chusma. No he aceptado la realidad, en lugar de hacerlo me encabrito, me enervo y llamo chusma a los desgraciados esos: soy un resentido. ¡Pero que conste que son chusma! Son imitadores que lo convierten todo en horterismo. He ido a algunas bodas donde la gente de la chusma trata de imitar a la del glamour. Se colocan pamelas y vestidos largos. ¡Qué horror! No saben que no se trata de gastar dinero en trapos de lujo, se trata de que hay que saber llevarlos y elegirlos y eso es cosa de siglos, a veces. ¡Chusma de mierda!
Me doy asco porque tanto odio me ha robado la esperanza de alcanzar algún día una mínima objetividad. Mi odio ahora soy yo, me es tan necesario como mi corazón, mi hígado y mis pulmones; cerebro no tengo, sólo emociones, odio o, mejor dicho, lo que tengo es un odio cerebral reactivo. Putrefactos, más que me odio yo no podéis odiarme y si me liquidáis me hacéis un favor porque así no os veré más, ni sentiré la descomposición de mi especie y de mi entorno, ni me veré a mí mismo. Y, de paso, tal vez me convirtáis en un héroe.
Ni mi especie ni mi entorno van a desaparecer pero yo necesito decir que van hacia el Apocalipsis para sentirme mejor. Vendrán otros, mejores, peores, iguales, pero eso a mí me temo que no me va a gustar. Necesito afirmar esto: mi generación es la última generación pensante -sobre bases sincrónicas- de la Historia de la Humanidad. ¡Lo es!
¿Saben una cosa? Cuando escribo “Apocalipsis” el ordenador, por su cuenta, lo convierte en mayúscula. Pero si escribo el quijote, la divina comedia, la evolución de las especies, la interpretación de los sueños o el capital, no hace lo mismo, Jodidos gringos y judíos, jodidos anglosajones puritanos con sus pamplinas y su dominio de la red y de las mentes. Y eso que Marx y Freud eran judíos pero de los malos, claro. También la palabra Internet la convierte en mayúscula el ordenador. El gran dios que sólo es un cacharro alucinante de propiedad privada: un diamante en bruto.
Ahora bien, para que queden otros aspectos claros constataré esto: los judíos, Israel, son mi cultura, no los palestinos ni los saharauis (bueno, estos están más cerca) ni los chiíes ni los sunníes, etc. Los “moritos” me dan a veces pena, a veces me producen indignación y a veces risa porque no han aprendido a dominar ni saben marketing, les faltan siglos de educación moderna y postmoderna. Lo progre es hablar bien de las víctimas de Israel. A mí me importan las víctimas de Israel y no me caen bien esos individuos que se dan cabezazos contra el Muro de las Lamentaciones y que tienen tanto poder que incluso le imponen al mundo que nadie cuestione el Holocausto. Es cierto el Holocausto, ¿están ustedes contentos así?, pero no me impongan que no pueda dudarlo porque la duda fue el principio de todo, el caos y la duda. Pero…
Pero eso no quiere decir que haya perdido los papeles: sé dónde estoy, conozco a mis garbanzos negros, ya en otro momento dije que asumo a Hitler y a Stalin. Ahora asumo a estos como asumo a EEUU, que tiene dentro el germen de la Ilustración pero lo ha olvidado; asumo a la Iglesia, a sus torturas de ayer y sus purgas de hoy. Pero yo no soy como ellos, soy otro “ellos”, lo que pasa es que aún tengo menos herencia -o nada- de los de más allá, los más lejanos otros, esos ya pasaron por mi vida hace siglos y los superé, los olvidé aunque los tenga en cuenta. Superarlos me costó –nos costó- sangre, mucha sangre, horribles sufrimientos y reflexiones. Ellos buscan ahora su camino… para llegar al final adonde estoy yo, ahí llegarán; desde Asia, desde América Latina, desde África, desde todo el Islam, llegarán a mí y hay que dejarlos caminar. Nadie escarmienta en cabeza ajena. Dejarlos no significa olvidarlos.
Otro detalle: odio enormemente que Dios haya muerto, se estaba tan calentito con él… Debió ser un tipo odioso porque, vuelvo a repetir, se dice que hizo al hombre a su imagen y semejanza. No me extraña que se muriera. Del disgusto. Lo malo es que está enterrado en la mente de los mismos hombres y, desde ahí, su espíritu sigue jodiendo. Está enterrado en el mismo lugar que lo mató. Ya no existe Dios, ¡qué fastidio! ¡Hay que joderse! ¡Lo odio! DIARIO Bahía de Cádiz Ramón Reig
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