Número 1994 - Año VIII - Lunes 21 de Mayo de 2012
   
 
 
Opinión
 
Sus muertos, mis muertos

10/05/2009. Ramón Reig (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) ramonreig@us.es

RAMÓN REIGQue todo quede claro. Puesto que los putrefactos tienen unos aliados nuevos ricos, unos conversos que viven comerciando con las ideas de la tradición de la que procedo, no me quedo más que a mí mismo. Estoy huérfano. Sólo puedo conversar con un individuo que llevo pegado a la cabeza -del que luego hablaré- con el que siempre acabo discutiendo porque es un iluso. Estoy solo con mi odio, él es mi auténtica catarsis, mi razón de ser. Ahora bien, que igualmente quede claro otro extremo: estos putrefactos no son mi persona, los aguanto porque no tengo otra alternativa al haberse abobado el mundo.

Mi cultura es otra, procede de ese querer ser eterno, de esa dinámica del palo y la zanahoria, de la búsqueda constante de lo imposible, de la entelequia. Los putrefactos tienen sus muertos y sus suicidas y yo los míos. Por ejemplo, cuando aconteció el famoso 11 de septiembre, mis muertos no son tanto los yanquis de las Torres Gemelas de Nueva York que la cascaron ese día del año 2001 sino, sobre todo, los chilenos a los que se cargó Pinochet desde ese mismo día pero allá por 1973, empezando por Allende y Neruda que murió de cáncer y del disgusto por el golpe de Estado de Pinochet contra su amigo Allende y hubo que enterrarlo aprisa y corriendo.

Pinochet vino en 1998 a la democrática Europa, a Inglaterra. El juez Garzón, de España, pidió su extradición para juzgarlo en España por genocidio, pero Inglaterra se negó y Margaret Thatcher influyó personalmente para que lo subieran en un avión y regresara impune a Chile, a su gran mansión, hasta que murió en un lujoso hospital bastantes años después. Era, en efecto, un hijo de puta, pero era “nuestro hijo de puta”, nos había ayudado en nuestra guerra de las Malvinas (la de Inglaterra) a expulsar a los argentinos de aquellas islas y eso se agradece. Era nuestro sátrapa. Milosevic, como no tenía tal condición, corrió otra suerte.

Mis muertos no son exactamente los soldados del bando nacional fascista en la guerra de España de 1936 sino los soldados republicanos. Mis muertos no son exactamente los soldados de los países capitalistas en la segunda guerra mundial de 1939 sino los soldados soviéticos que murieron en la batalla de Stalingrado y los comunistas a los que se cargó Hitler o la cascaron en la resistencia. Mis muertos son Antonio Machado, Federico García Lorca, Miguel Hernández, León Felipe, Luis Buñuel... Y Cromwell, Marx, Robespierre, Marat, Lenin... Mis suicidas son Larra, Maiakowski, Alfonsina Storni, Violeta Parra, Cesare Pavese, Passolini...

He comprendido muy bien que cada cual tiene sus muertos, que en la vida hay dos caminos que jamás se encuentran: el de la fe y el de la razón, el de la esclavitud y el de la libertad. En realidad, no quiero que se muera nadie, lamento todas las muertes porque ya he dicho lo que pienso de la muerte (¡esa gran putada de la vida!). Pero sobre todo me duelen mis muertos mucho más que los otros, pienso en mis muertos y los cuido aprendiendo de ellos. Sé que los putrefactos no se andan con chiquitas, tienen las ideas claras en lo que se refiere a sus muertos y sus horizontes. Yo también, por eso no les gusto aunque deban disimularlo. Ellos apretarían el gatillo antes que yo porque tienen más práctica pero que no se confíen, no hay enemigo pequeño, ahí está el caso de los vietnamitas en los años sesenta y setenta del difunto siglo XX.

Vivo junto a los putrefactos, los aguanto y me aguantan y creo que es más putrefacto quien traiciona u olvida su cultura que quien viene de la otra cultura, la de la fe y la esclavitud. Habito con los putrefactos pero no revuelto con ellos; hay que guardar las distancias porque entre ellos y yo no hay nada de qué hablar, al menos en estos momentos, en los que se han declarado vencedores de todo y a mí me tienen por un perdedor pestilente y anacrónico. Ambos necesitamos nuestra cultura como soporte vital. No me gusta nada esto, lo odio, lo odio, pero es así. No puedo cambiarlo, esto es una guerra aunque en el fondo imaginaria, una guerra que mantengo, solo, contra los molinos de viento. Al final perderé, por supuesto, siempre pierdo y encima lucho como un francotirador. Me odio pero me quiero, me quiero pero me odio.

Y ahora viene lo peor, lo más contradictorio en apariencia, ahora viene la esquizofrenia. Mi cultura es el despotismo ilustrado, es decir, nada, algo personal e intransferible, algo para andar por casa. Procede de Platón, de Aristóteles y, en el fondo, de todos los otros a los que he citado. Y he descubierto que, en aspectos esenciales, coincide con orientaciones concretas de una cultura renovada perteneciente a los putrefactos de rancio abolengo, de sangre vieja pero rehabilitada, que los hay, por supuesto.

Esto es para morir del todo, para asesinarse de una vez por todas. ¡Cómo odio este caos, Dios inexistente, cómo lo odio! ¡Cómo odio mi impotencia intelectual! ¡Cómo odio mi descubrimiento fatal! ¡Con lo bien que estaba odiando la simpleza! ¡Con lo cómodo que era ser progre e izquierdoso! ¡Soy un putrefacto, pero no soy un putrefacto! ¡No lo soy! Una sombra, un imaginario, eso es lo que soy. Me odio. No entiendo nada pero lo entiendo todo. DIARIO Bahía de Cádiz Ramón Reig

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