Número 1994 - Año VIII - Lunes 21 de Mayo de 2012
   
 
 
Opinión
 
Elogio de una dictadura y de la riqueza

04/05/2009. Ramón Reig (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) ramonreig@us.es

RAMÓN REIGAh, no, pero la cosa no es tan simple, yo no soy un tontopito progre de esa izquierda que no sabe dónde está. Con los putrefactos, al menos con ciertos putrefactos, mantengo una relación de odio y de amor. Yo, el muy célebre Peter Mancorrow, pitufo gruñón donde los haya, también amo aunque, cuidado, mi amor no es más que una derivación de mi odio y de mi fracaso, al que odio también, como contaré más adelante.

Cuando hace varios decenios escuché por primera vez la expresión: “Prefiero una dictadura de corbata a una de alpargatas”, no sé por qué pero me inquietó en el sentido de que revolvió mi interés por su significado. Entonces no me entraba en la cabeza porque yo era alpargatófilo. Pero como el dicho salía de gargantas más cercanas a las alpargatas que a las corbatas se me quedó dentro y nunca lo olvidé. Puesto que eso de la juventud y la rebeldía ya se sabe que es algo propio de cosas energéticas y de otros fenómenos internos perfectamente estudiados (todo está escrito), un servidor (de nadie, sólo de mí mismo) cayó en la cuenta, una vez que el tiempo curara mi mal, del verdadero significado. Y estoy de acuerdo con él o, para decirlo con exactitud, ya que he de vivir en una dictadura prefiero la que me ha tocado: ésta de los putrefactos con sus corbatitas de mierda. Es el mal menor. Ya sé que nos lleva a la negritud absoluta y a la ceguera pero al menos moriré contemplando un escenario virtual de colores y figuras varias, falso, como todo escenario virtual, pero seductor y placebo.

Estos putrefactos son hijos putativos de aquellos otros de la Edad Media y Moderna, es decir, son lo mejor que ha dado la Humanidad, lo digo bien alto: lo mejor. ¿Quién ha superado a esta gente en conocimientos y en hijoputeces? Nadie. Por tanto, me encuentro en sus casas, soy el hijo de unos hijos de puta a su vez hijos putativos de unos hijos de la gran prostituta de la Historia (espero que me perdonen las respetables meretrices pero ellas son a su vez hijas de meretrices; no deseo ofenderlas, es una forma de hablar).

Así que el pitufo gruñón es hijo de los putrefactos, un hijo que odia a sus padres. Los odia porque los ama, los ama porque los odia, esto ya se está pareciendo a la máxima de un fascista español de camisa azul: “Amamos a España porque no nos gusta”. ¿Soy un fascista? No, con llegar o aproximarme a ser yo, me basta. Y no me encuentro nunca... El fascista es un simplón, el matón al servicio del Mercado. Sé una cosa: los putrefactos fascistas -quiero decir algunos que eran algo inteligentes- al menos tenían principios por los que vivir y morir. Sin embargo, estos putrefactos de ahora no tienen más principios que vender bagatelas en el gran zoco del mundo. Mercaderes de tres al cuarto, ignorantes de tomo y lomo, la otra cara de la moneda del Mercado: una, ésta; la otra, la fascista.

Pero al menos en ésta te permiten ejercer de maligno, para conservarse ellos en el poder, de acuerdo, pero te dejan y a veces hasta vives económicamente bien en el papel de maligno y te exhiben como a un enano de tres cabezas en sus actos sociales. Con suerte, odias con la vanidad bien colmada. Odio a esta gente tan astuta, claro que otro mundo es posible, como dicen los ingenuos antisistema, a quienes odio por ser tan badulaques. El otro mundo posible lo han concretado los putrefactos, tiene razón en esto Vicente Verdú, y los antisistema son tornillos de ese mundo.

Odio a los mercaderes, esos papagayos que son felices con un ordenador portátil, un teléfono móvil, una mansión y un billete de avión. Pobre gente advenediza y pobres de nosotros, sus subordinados. Pero, ¿y los otros? Esos pseudo-obreros que todavía hablan en Occidente de los “trabajadores y trabajadoras” (serán pamplinosos estos ilusos, qué forma tan populista de forzar el lenguaje), los cotorros que dicen que son de izquierdas y no han leído nada de nada del significado de izquierda, los mayordomos de los mercaderes que quieren ser mercaderes pero viven de defender a la chusma o de decir que la defienden. ¿Cómo puede defenderse lo indefendible? La chusma no quiere ser defendida, la chusma quiere ser ascendida a la riqueza, que no es lo mismo, estoy harto de decirlo, me duele mi odio de decirlo. La chusma quiere ser capitalista y cuando llega a serlo devora a quienes se lo han facilitado. Eso pasará en la América Latina “progresista” de hoy si los indígenas suben bastante o mucho sus niveles de vida. Una cosa son los revolucionarios y otra sus aparentes seguidores de masas. La revolución no es para las masas sino para las minorías porque la revolución encierra un gran esfuerzo de transmutación de valores y comportamientos y eso por ahora no es para la masa.

Bien pensado, los mayordomos a los que me refiero es eso lo que ejercen: hacerle creer a la chusma que se aproxima cada vez más a la riqueza, darle juegos, provocar que confundan una urbanización con un bosque y un ladrillo con un árbol. Meterle en la cabeza que progreso son cuatro quilos de cemento y tres de agua. O un ordenador –al menos- en cada casa.

Aquí todo quisqui es mercader. Unos venden cacharros y otros obrerismo, unos corbatas y otros alpargatas pero, qué quieren, coño, para tener que vivir en una dictadura de todas maneras (porque los de las alpargatas no tienen testículos para ser ellos mismos, aspiran a vender corbatas) prefiero que mis dictadores sean los señores en lugar de los mayordomos, prefiero una dictadura de rancio abolengo, con pedigrí. La experiencia es un grado.

Sé que hay quien habla de caminos intermedios, quien dice que dentro de los putrefactos los hay menos apestosos. Sí, eso está ahí para quien lo quiera, como mal menor, pero yo hablo de sustancia, de esencia, de inversión ética a largo plazo, de evolución cultural-biológica de la especie, de tramos en la Historia, como hablaba Marx de una etapa que era sustituida por otra.

¿Y los otros? Es que hay más “otros”. Esos que afirman que son seguidores de uno que dijo que se le apareció un arcángel, escribió un libro y, por supuesto, se declaró representante de Dios en la Tierra. Antes de que se muriera el iluminado ya se estaban peleando entre ellos sus partidarios. Aún no distinguen, eso parece, una moneda de una plegaria, una mujer de una mula o una idea de un minarete. Esa gente de turbante y chilaba sólo tiene desarrollados dos miligramos de materia gris y ha ido para atrás en su propia y particular historia.

Al menos mis odiosos putrefactos hace tiempo que se enfrentaron a tanta pamplina y desarrollaron cuatro miligramos de materia gris y cayeron en crisis. Superan con creces en cabronadas históricas a los del turbante pero, en el fondo, tanta actividad destructiva es señal de salud hijoputera. Mis putrefactos no tienen que imitar en casi nada a los putrefactos del turbante, son los del turbante los que deben alcanzar a mis papás y, por cierto, mis papás lo que tienen que hacer es dejar tranquilos a los señores del turbante con sus problemas. Allá ellos, que se maten, como nos matamos nosotros; que sobreviva el que pueda. Pero los putrefactos se meten en sus casas, son codiciosos, aves de rapiña, carroñeros. Lo quieren todo, ésta es la causa de su grandeza putrefacta y de que a los otros les haya dado por el terrorismo.

No obstante, si se mira desde otra perspectiva, la intromisión en la casa de otros forma parte de la evolución de la especie: abrir culturas, matar culturas, matarse unas a otras, influirse, fundirse, subsumirse, eso ha sido la Historia: sangre, sudor, lágrimas, como dijo el gordito Churchill. Y creación, arte, goce. El ser humano, capaz de compaginar la cima con la sima, luchando consigo mismo, matando a Dios poco a poco, pequeño y grande a un tiempo; miserable y extraordinario, creador de cacharritos, cacharros y  cacharrazos, como grandes telescopios, aceleradores de partículas, regeneradores de células, mapas genéticos, fotos de la actividad cerebral…

¡Qué grande e insignificante es a un tiempo mi especie! ¡Cuánto ha tenido que ver en esto la cultura de mis putrefactos quienes, al menos, han arriesgado en la vida y han levantado, a un tiempo, una fortaleza de valor y de miedo, de inmundicia, de depresión, de decadencia y de estimulante futuro!

¿Quieren mis putrefactos acabar con los que consideran terroristas del fundamentalismo islámico? Que les lancen siete bombas atómicas, diez si es preciso, en operaciones quirúrgicas, que se llaman ahora a los desmanes más terribles; que mueran todos: inocentes y culpables, ya Alá distinguirá entre unos y otros cuando lleguen al Paraíso. Dicen que un Papa de Roma, claro, le dio una orden a uno de sus subordinados: ante la imposibilidad de distinguir en una ciudad a los herejes cátaros de los que no lo eran, debía arrasarla entera y pasar a cuchillo a sus habitantes, que ya Dios, en su infinita sabiduría, separaría a unos de otros cuando sus almas llegaran al Cielo. Y los militares de los países democráticos afirman que deben morir inocentes para lograr el buen fin. Seguimos esencialmente igual, ¿no?

Pues nada, bombas atómicas contra los territorios y países de los terroristas. Luego, como en la película El planeta de los simios, se declara todo como zona prohibida, nadie debe ir allá. Pero, ya se sabe, lo que digo es una barbaridad, no queda estético y, además, nos privaría de hacernos con las riquezas energéticas de esos lugares y con los lugares mismos, para hacer pasar por ellos nuestros gasoductos, por ejemplo, quieran o no quieran sus habitantes. Y no olvidemos que las operaciones quirúrgicas pueden fallar, podemos convertirnos en los cazadores cazados, o sea, en los máximos terroristas, en suicidas por error y avaricia. ¡Qué muerte tan estúpida!

Aún así, hay otra cosa que tampoco se debe pasar por alto: puede que sean ellos quienes un día nos lancen sus bombas atómicas. ¿Qué hacer? Sentarse a hablar, dejarlos tranquilos en su casa, buscarnos nuestro jodido progreso de otra manera, actuar en y desde la sombra: y que se maten o que piensen, la sangre cansa y estimula el pensamiento cuando se derrama en demasía.

Conclusión, si tengo que odiar, que es mi destino y mi mismidad, prefiero odiar a mis putrefactos y dejarme dominar por ellos; prefiero ser un putrefacto crítico que representa la posibilidad remota de abandonar su condición un siglo de éstos. Los demás altos putrefactos culturales ni siquiera merecen el honor de ser odiados sino el deshonor de la risa y la compasión.

Al menos mis putrefactos colocan a mi alcance el caos, el derecho a dudar, el derecho a leer de todo, el derecho a odiarlo todo. Y mucho colorido. Eso sí, me tienen encerrado en mi celda. Pero no me matan con descaro ni de forma brutal; no me cortan las manos ni otros apéndices, como los “otros” de los camellos, si bien hay que constatar que eso también lo hacían (¿y lo hacen?) los parientes pobres, meapilas y horteras de mis putrefactos en otros lugares del mundo, unos parientes que eran más putrefactos que los putrefactos, como buenos conversos. Ejemplo, Pinochet en América Latina, cuyos esbirros le aplastaron las manos al cantautor Víctor Jara para que no tocara más la guitarra y luego, tras otras torturas, lo mataron a tiros.
                               
A mí me matan poco a poco, a disgustos y a silencios, porque saben que mientras más disgustos y más silencios me den, más odio y el odio te sube la tensión y todo acaba en una alferecía. Si me paso demasiado lo mismo me quitan de en medio por las bravas pero lo harán con cuidado para que parezca legal o un accidente porque, como van de demócratas, han caído en su propia trampa y tienen que aguantar a sujetos como yo, empero, dentro de un orden. En realidad, estoy jugando con mi suerte. ¡Qué suerte tengo! ¡Cómo la odio! DIARIO Bahía de Cádiz Ramón Reig

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