08/03/2010. Estefanía Benítez Reyes (Concejala no adscrita del Ayuntamiento de Chiclana)
Es lamentable que, a punto de finalizar la primera década del siglo XXI, tengamos que celebrar un Día de la Mujer pero, por desgracia, dicha dedicación aún tiene razón de ser.
Desde mi punto de vista, más que un día en el que se llevan a cabo actos de exaltación del género femenino y de reivindicación de nuestros derechos, debería instarse a la población masculina a una profunda reflexión y a un sincero propósito de enmienda. Y es que los únicos malos tratos de que somos víctimas no son aquellos que se castigan con pena de cárcel. Existe otro tipo de violencia que no deja señales físicas pero que van minándonos por dentro y que nos impide realizarnos plenamente. Hay una serie de coacciones, más difíciles de demostrar, que nos arrastran a un callejón sin salida, que nos acorralan y nos mutilan. Lógicamente, sus consecuencias inmediatas no son tan graves como las que producen las vejaciones físicas pero nos desgastan y nos debilitan que, sin duda alguna, es el objetivo que persiguen los que con su detestable orgullo machista intenta enmascarar sus traumas y carencias.
A colación de esta afirmación debo añadir que hay quienes desde un escaño quieren copar la atención de los medios apoyando manifiestos a favor de la igualdad y contra la discriminación de la mujer sin otro propósito que el de sumarse a lo que la generalidad considerará correcto porque hacer públicas sus verdaderas ideas le excluiría, inmediatamente y por aclamación popular, de la vida pública y política.
No tengo que aportar más datos al respecto para que deduzcan que estoy hablando de las estrategias usadas por algún concejal con el que he tenido la desdicha de trabajar bajo las mismas siglas y que intenta disfrazar su ineptitud con una prepotencia, una soberbia, una inmodestia y un machismo –entre otras muchas virtudes- exacerbados, una persona que critica el autoritarismo cuando es la personificación del ordeno y mando y que se niega a aceptar las decisiones de otros, sobre todo cuando estas son tomadas por una o varias mujeres.
Y hago esta mención porque es evidente que las mujeres podemos luchar, protestar, reivindicar pero es total y absolutamente necesaria la implicación masculina para que la igualdad sea un hecho sobre todo porque, en un elevadísimo porcentaje de casos, las más importantes decisiones corresponden a los hombres, ya que siguen ocupando los puestos de mando y responsabilidad.
En otro orden de cosas, cuando se habla del papel de la mujer como cuidadora, como motor del funcionamiento de la casa, parece que estamos mirando atrás, a los años 40, a los 50, a los 60… a generaciones anteriores. Pero no es así. Es presente, estamos hablando de aquí y de ahora.
Casi siempre recaen en la mujer la mayor parte de los quehaceres domésticos y el cuidado de los hijos y el de las personas dependientes.
Siempre hay un motivo: tenemos más tiempo –aunque numéricamente no nos salgan las cuentas-, nos damos más maña, estamos más acostumbradas –normal, lo hemos hecho siempre…-.
Y me parece una burla que, actualmente, porque a las mujeres se nos permite trabajar fuera del hogar, se diga que nos hemos liberado, que existe igualdad. Eso es totalmente incierto. En primer lugar, porque en las empresas, para muchos jefes y compañeros NO somos iguales. Nuestras opiniones se tienen menos en cuenta, la mujer, muchas veces, cobra menos, las decisiones finales las toman los hombres, los puestos más principales son para ellos.
Y, por otro lado, por que lo que hemos hecho ha sido convertirnos en esclavas del tiempo y renunciar a dedicarnos un poco de este a nosotras mismas. Se echa la jornada fuera y cuando se vuelve a casa hay que continuar. Y esa, la jornada doméstica, no tiene fin, comienza al amanecer, continúa por la noche y sigue de madrugada cuando llora un niño o hay un enfermo o mayor a nuestro cuidado, por poner algunos ejemplos.
Y así podríamos continuar y redactar un largo ensayo sobre la discriminación que, expresa o subliminalmente, sufrimos aún hoy día en esta sociedad occidental que se supone civilizada y democrática, en la que la conciliación de la vida laboral y familiar es una quimera, un panfleto político.
Para concluir, quisiera reiterar la necesidad de cumplimiento de esos compromisos que se adquieren en el plano político porque, mientras no haya igualdad total y efectiva, la sociedad en general, este país en concreto, estará –como estamos- incumpliendo la ley alejándose de mandatos constitucionales como la igualdad de todos los ciudadanos y la no discriminación en razón de factores como el que nos ocupa, el sexo. DIARIO Bahía de Cádiz