08/03/2010. Antonio López Hidalgo (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) lopezhidalgo@us.es
Cuando entró al local, ella ya estaba sentada a una mesa bebiendo como hacía cada tarde. Se sentaba en cualquier lugar y hablaba por el móvil ininterrumpidamente. Eran conversaciones largas. Ella hablaba con una voz discreta que apenas permitía escuchar su voz a aquellos largos monólogos que acaparaban su atención. De vez en cuando sonreía y sostenía la sonrisa como si su impacto le dejara paralizado el gesto. A veces perdía la mirada entre los árboles del parque que se ven desde el ventanal, y entonces él percibía en sus ojos un brillo diferente que embellecía su cara. Ella sólo miraba hacia afuera o hacia ninguna parte, mientras hablaba con un tesón que comenzaba a inquietarle. Desde entonces se acostumbró a frecuentar el lugar sólo por verla sentada a la mesa. Ella no deparaba en él porque toda su atención estaba embebida en esas largas conversaciones que la distraían de otros pormenores insignificantes que acontecían a su alrededor.
Un buen día se tropezó con su mirada cuando apagaba el móvil. Él aprovechó para pedirle fuego. Le ofreció el encendedor con un gesto fingido de afirmación, y él se lo devolvió con unas palabras de agradecimiento que no tuvieron respuesta. Pasaron tantas tardes bebiendo cada cual por su lado sin compartir un simple saludo que él comenzó a perder toda esperanza de un encuentro fructífero. Tampoco le molestó el rechazo de todos aquellos días porque había aprendido después de muchos años que la vida se muestra por momentos terca y en otras ocasiones ofrece a las claras el milagro materializado del sueño más persistente y fugaz.
Estaba debatiendo en sus entrañas todos estos pormenores cuando ella se le acercó para pedirle fuego. Lo siento, le dijo. No tenía. Pero enseguida lo busco. Volvió con un encendedor prestado y al prender mecha vio en sus ojos unas lágrimas incipientes que no eran las primeras. Hizo ademán de preguntar, pero ella le detuvo de golpe. No preguntes, le dijo. No tengo un buen día. Él quiso añadir algo, pero no supo qué decir. Sólo acertó a gritar: “Camarero, que sean dos de lo mismo”. Tónica y ginebra. No me gusta el gintonic, dijo ella con una sonrisa saltarina. Nunca lo probaste, le dijo. Sí lo probé y no me gusta. Seguro que si lo pruebas ahora te gusta. Ella no sonrió. Agarró el vaso con la mano entera, como si tuviera miedo a que se le escurriera entre los dedos, y sorbió un trago largo. Tienes razón. Ahora sí me gusta, dijo. Creo incluso que tú también me gustas, añadió. Él no dijo nada. No sabía qué decir. ¿Te han cortado la lengua? Te creía más hablador. Ya sé que te gusta escuchar. Lo dices por el móvil, porque siempre escucho y sólo hago asentir. Sí, será por eso. Llevas razón. Me gustaba asentir. Ahora me gusta el gintonic. Ya ves. A mí también me gusta el gintonic y también me gusta escucharte. Y mirarme, siempre mirándome. ¿Te gusto? Claro que me gustas. ¿Tanto como para proponerme algo diferente que no sea otro gintronic? Te invito a lo que quieras. Pero en otro lugar, propone ella.
Cuando salen a la calle está lloviznando. Ha sido un invierno frío y con lluvias y ahora que comienza la primavera las secuelas de un tiempo devastador no abre paso aún a los días mansos de la nueva estación. Ella lo agarra de la cintura y él atrae su cuerpo estrechando su hombro con el brazo izquierdo. Inclina la cabeza sobre su pecho y le pide que la abrace más fuerte. Él detiene sus pasos y la besa como un día soñó que debía hacerlo. La lluvia aprieta y deja en sus rostros una sensación pura de que la vida está comenzando a cambiar para ambos.
Ella pide un taxi. Nos vamos a mojar. Sube, le dice. Ella ha dado al taxista la dirección de un hotel. Le pide que no haga preguntas. Arriba hacen el amor un par de veces. Afuera la lluvia le da un tono gris a la tarde que se disuelve poco a poco. Cuando ella sale de la ducha, le dice que mañana se verán en el bar, que ella estará sentada bebiendo en alguna mesa y hablando por el móvil. Le pide que no la salude y que la observe como a quien no conoce. No te puedo explicar más, le dice. Le pregunta el nombre y no recibe respuesta. Ella se va sin que él sepa el número del móvil, la dirección de su casa o del trabajo.
Al día siguiente vuelve al local donde la conoció, pero ella no aparece. Tampoco lo hará al día siguiente. Ella nunca volverá. Un día encuentra en una mesa el móvil. Es el de la muchacha. Ahora sabe cómo localizarla. Igual ella lo ha olvidado intencionadamente. Lo vuelve a dejar sobre la mesa, paga su copa y abandona el lugar. Mientras pasea sin dirección a ninguna parte, los viandantes ven que esboza una breve sonrisa. Hija de la gran puta, se dice. Todavía no ha logrado descomponer esa sonrisa extraviada. DIARIO Bahía de Cádiz Antonio López Hidalgo
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