26/04/2009. Ramón Reig (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) ramonreig@us.es
Para la dictadura, mis majadas más orondas
Los putrefactos actuales han colocado una serie de normas que, en el fondo, funcionan de acuerdo con sus intereses, que no tienen que ser los de todos. En esas normas está su particular concepción de la democracia como algo pre-establecido y vigilado que no admite cambios esenciales. Y está la política como asunto de medianías totales y de clientelismo absoluto.
Si yo, Peter Mancorrow, el pitufo gruñón, trato de llevar a la práctica unos principios éticos y económicos contrarios a las reglas del juego establecidas por los putrefactos y, para ello, elaboro un programa electoral y me presento a unas elecciones y las gano, no debo hacerme ilusiones: no podré aplicar nunca mi programa, no me dejarán por muy democrático que haya sido el resultado. Y si me obstino, me harán la vida imposible o me eliminarán. Tardarán más o menos pero me ejecutarán, psíquica o físicamente. Por eso la política está llena de blandengues que se limitan a hacer lo fácil y a obedecer órdenes de los cimientos del edificio de cartón piedra, órdenes misteriosas que el público ni oye ni ve.
Si deseas intentar vencer a los putrefactos debes ser mucho más listo que ellos, mucho más despierto, mucho más cruel y eso no es fácil porque llevan siglos metidos en la mierda, haciendo cábalas y creando estructuras para conservar su mierda. Llevan siglos derramando y chupando sangre, encendiendo y apagando fuegos; son a la vez verdugos y vampiros; pirómanos y bomberos.
A todo un estercolero pintado de rosa y salpicado con los perfumes más excelsos lo llaman democracia. Pero yo lo llamo dictadura. Me bajo los pantalones y deposito en ella mis majadas más orondas para intentar quitarle la máscara de cordialidad, esa expresión de vendedor de humo que le han implantado. Como decía un genial actor, Fernando Fernán Gómez, en una película titulada Stico: “A mí ya no me la dan”.
¿Por qué me dejan entonces decir lo que digo?
Porque forma parte del juego. Siempre tiene que existir una oveja negra, un patito feo, una bruja, para que el cuento tenga sentido. Las brujas en los cuentos son terribles y se vengan de las afrentas que les hacen con una maldición que todo lo ennegrece. Luego llega el príncipe azul o la niña buena que devuelve al cuento el esplendor que la bruja ha eclipsado. Y, colorín colorado, no se acaba el cuento porque sigue con otro cuento igual que todos los cuentos. Dijo el poeta, el gran León Felipe: “Yo no sé muchas cosas, es verdad, pero sé que la cuna del hombre la mecen con cuentos. No me contéis más cuentos porque me sé todos los cuentos”.
Pues eso, yo soy un personaje del cuento, el maligno (tengo que ser el maligno, me da identidad). Siempre pierdo porque los malos siempre pierden en la Historia de los putrefactos que, en verdad, es un cuento. Perdió Lucifer, el primero que quiso ser él mismo. Ahora es el ángel caído. Perdió Eva que quiso actuar por sí misma. Aún está pagando su osadía. Perdió el apóstol Tomás porque también deseó ser él mismo y no creerse las habladurías sobre un Jesús de Nazaret resucitado. Ahora es un hombre que dudó y no tuvo fe. Perdió Judas, que quería tener los pies en la tierra y no en el cielo. Murió tal vez sin enterarse de que Jesús era más listo que él porque predicaba un cuento y los cuentos son más rentables que las acciones humanas verdaderas. En la actualidad, Judas es un traidor y Jesús es Dios o su hijo, bueno, un lío fantástico. Perdieron Copérnico, Galileo, Servet, Newton, Freud, Marx, Darwin. Aún dudan de algunos de ellos y los rechazan salvo cuando son útiles para vender algo (tangible o intangible).
¡Todos los que quieren revisar el cuento pierden! Hasta yo, que no soy más que un pitufo, pierdo. Pero soy necesario para que el cuento se haga realidad y termine. Soy preciso para que el bondadoso del cuento me destierre y restablezca la luz y la alegría y la paz que yo me he llevado con mi egoísmo y mi maldad. Soy imprescindible. Sin embargo, no controlo nada, no domino el argumento, lo domina el bondadoso, los bondadosos que, en realidad, son los putrefactos que vigilan siempre para que nadie tuerza el guión del cuento.
¿Soy un terrorista? ¿Es que no odio a los terroristas?
Los que se empeñen en torcer el guión pueden llegar a ser terroristas. Es el nuevo veredicto que lo mismo sirve para un roto que para un descosido. Es el nuevo concepto, el nuevo calificativo que han impulsado los putrefactos a comienzos del siglo XXI para quitarse de encima a los molestos. Terroristas, anacrónicos, antiamericanos, antisemitas, etc.
No hay que desviar el curso del cuento. Hay que ser como el bobo de San Pedro, siempre tan adulador, o como el manipulador de San Pablo, digno tergiversador y antecesor de Maquiavelo; o como el simplón de Abraham, dócil y borrego, ejemplo fiel de entreguismo; o como Teresa de Jesús, esa esquizoide paranoica, masoquista que, tal vez por ello, ahora es santa; o como Buda, otro que vivía en la estratosfera, a diferencia de sus sumos sacerdotes que captan a cuatro pijos millonarios, estresados y con mala conciencia para sacarles toda la pasta que puedan; o como Ghandi, cuya obra fue donar al orbe la que llaman mayor democracia del mundo, una sociedad invadida por los piojos y la sarna donde aún hay gente miserable por voluntad de Dios y por eso no puede dejar de serlo, donde todavía unos, los inferiores, no pueden mirar a los ojos a otras castas: las superiores, donde los bebés son abandonados o asesinados si son niñas, donde algunas viudas han de morir si mueren sus maridos… Y a eso, los putrefactos pretenden que le llamemos democracia.
En cualquier país lleno de moscas, enfermedades y absoluta ignorancia, los putrefactos te montan una democracia. Un par de “partidos políticos” extraídos de los grupos más espabilados o guerreros, unas urnas hechas con unas cajas de cartón y una fila de famélicos llenándolas de enormes papeletas, eso es suficiente. Estos terroristas no se detienen ante nada. Los terroristas de las bombas me dan miedo y los aborrezco porque no me gusta la sangre y menos la de los inocentes. Pero a quienes tengo pavor, de verdad, a quienes odio, es a los terroristas de cuello blanco, a los que las matan callando, a los que parece que nunca han roto un plato y logran convencer a la chusma de que los únicos y genuinos terroristas son los otros terroristas.
El mundo está lleno de terrorismo porque está lleno de hambrientos y enfermos. Es un avispero con avispas especialmente calientes y encabronadas. Los terroristas putrefactos hace tiempo que le están dando con una antorcha a ese enorme nido de avispas. Y las avispas han salido del nido para defenderse, se han convertido en lo que potencialmente eran: seres agresivos de picaduras mortales. Ahora ya no sabes por dónde te puede venir la picadura; antes, con el equilibrio del terror USA-URSS, al menos el avispero o los avisperos estaban bien localizados. Ahora es el caos, preludio de un nuevo orden artificial o del desorden endémico.
Historiadores del futuro, no vayan ustedes a equivocarse. Lo que observan en los documentos oficiales de esta época definido como terrorismo no es exactamente la bestia negra. Los terroristas más peligrosos son en realidad los putrefactos y su terrorismo nace de su codicia. No crean que tengo una especie de neurosis obsesiva, profundicen en los hechos y me darán la razón. Tampoco hagan caso si en esos documentos aparezco como un terrorista o carga con esa acusación gente similar a mí (es imposible que exista alguien como yo porque soy el que más odia).
Tengo muchos defectos y saben ustedes que soy el primero en odiarme pero no me tengo por un hipócrita ni por un mentiroso, lo dije más arriba y lo sostengo. El único acto terrorista que he cometido ha sido convertirme en mosca cojonera de los putrefactos y ser el escupidor oficial contra los putrefactos. No he de parar hasta que se me termine el esputo, la saliva y la tinta. Sin embargo, esto no es nada comparado con la maldad de esos contrahechos. Cuando lo deseen pueden aplastarme como a un pitufo que es, como ya saben ustedes, mi auténtica condición. DIARIO Bahía de Cádiz
· ÚLTIMOS artículos de RAMÓN REIG, AQUÍ
· Artículos ANTERIORES (a abril de 2009) de RAMÓN REIG, AQUÍ