08/02/2010. Ramón Reig (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) ramonreig@us.es
Quieren subir la edad de jubilación. Los sindicatos dicen que no, el Banco de España dice que sí y los “patrones” también. Tienen razón, hay que prolongar la vida laboral porque la ciencia nos ha prolongado la vida biológica y la calidad de vida en general. Los sindicatos son empresas que viven de defender al trabajador gracias a que el Estado les da dinero, como a la Iglesia antes. Pero la Iglesia es más coherente que los sindicatos. Conocí a unos sindicatos que pensaban en cambiar las condiciones laborales de los seres humanos cambiando el mundo de raíz. Ahora no, ahora darán su brazo a torcer en cuanto los aprieten un poco, por eso les tiraban piedras a sus dirigentes cuando iban a algunos lugares donde los obreros estaban sublevados. Entre la UGT de Nicolás Redondo y las CCOO de Marcelino Camacho y los actuales sindicatos “de clase”, hay una diferencia abismal en contra de los actuales.
En la universidad pública los profesores funcionarios nos podemos jubilar a los setenta años. Es lógico, un cerebro científico puede estar en su plenitud a los sesenta años o más. Por tanto, se puede uno retirar a los setenta e incluso después, si tus colegas de trabajo lo deciden, puedes seguir como catedrático emérito hasta los setenta y tres. Mi amigo el pintor Amalio García del Moral murió a los setenta y dos años con las botas puestas. Era catedrático emérito en la Complutense, vivía en Sevilla pero daba clases en Madrid, sobre todo de doctorado. Y pintaba y escribía sin cesar. Y tenía tiempo para estar con su familia y con sus amigos. Pero es que Amalio logró algo que deberían lograr todas las personas trabajadoras: hacer algo que lo realizaba, su trabajo y él, eran lo mismo.
A eso deberían dedicarse los sindicatos, a reivindicar una vida plena para el ser humano, junto a las reivindicaciones puntuales y coyunturales. Y la gente tiene que pedir y que buscar y que trabajar para lo mismo, en lugar de hablar tanto de que “hoy es San Viernes”, de que viene un puente y de “qué ganas tengo de que me toque la lotería para darle un corte de mangas al jefe y largarme”. Largarte, ¿adónde? ¿A tu casa, a ver la televisión y criar colesterol?
Dan pena esos sujetos que consideran que el trabajo es un castigo bíblico o que hablan una y otra vez de jubilarse. Son sujetos fracasados y alienados a causa de un sistema de dominio –el mercado- que coloca al individuo lejos de identificarse con su trabajo y cerca del desasosiego hasta el punto de llegar al suicidio, como en el caso de los cargos de France Telecom. Eso es terrorismo también pero como el monopolio del lenguaje lo tienen los que mandan, no lo van a decir nunca. Los medios de comunicación, voceros del sistema en el que viven, publicaron reportajes sobre el tema de los suicidios y, como para quitarle hierro a la muchísima importancia del tema y echarle algo de incienso a France Telecom, hablaban de la predisposición al suicidio de los que se habían suicidado. ¡Claro! Pero es que la obligación de una democracia es velar para que cada persona desarrolle sus potencialidades en aquello que más le llene. Lo otro es una dictadura salvaje donde el hombre es un lobo para el hombre y nadie lo evita porque el Leviatán es un diablo que debe ser enterrado a menos que los poderosos lo necesiten para que le limpien la mierda que va dejando por ahí y entierre a los muertos que va arrojando a la basura. Da la impresión a veces de que el hombre de Neanderthal tenía más sentimientos que estos salvajes del mercado que reúnen a sus vasallos y les lavan el cerebro para que produzcan y produzcan, aunque sea a costa de engañar a los clientes, como ocurre con los bancos o las empresas de telecomunicaciones sin que nadie les meta mano.
La vejez es bella, ahora se la ataca por todas partes porque las empresas creen que los viejos (y uno es viejo –para el mercado- a los cincuenta y pocos años) deben morirse y hay que captar a los futuros compradores. Repito algo que digo a menudo: los jóvenes, los homosexuales, las mujeres, ¿se creen que hablan tanto de ellos a su favor porque los quieran especialmente desde lo “espiritual”? No, porque los quieren como compradores y votantes, porque a los cincuenta y tantos y a los sesenta y tantos y a los setenta y muchos, el personal ya no se deja engañar, va llegando y llega la sabiduría de la vejez y los raposos y carroñeros se centran más en buscar otros compradores, sobre todo a base de trabajar sobre las partes bajas o instintos básicos. Es necesario darle a la gente la dignidad que ha perdido y eso pasa por prolongar la jubilación pero actuando con el conocimiento de que el trabajo es útil para sentirse persona. DIARIO Bahía de Cádiz Ramón Reig
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