25/01/2010. Ana Isabel Espinosa (Abogada, escritora y columnista) opinionanaespinosa@hotmail.com
Para los que hemos cumplido más de cuarenta, la vida se nos complica en lo que a educación se refiere, criados con normas y castigos, con estrictos protocolos de lo que debías hacer y lo que no, muchos nos hicimos amantes de una libertad sin límites, que ahora nos explota en las manos, cuando nos encontramos con hijos adolescentes, que se desbordan como río sin orillas.
No tengo que decirles que la falta de respeto, no ya a los mayores, sino a cualquier y en cualquier ocasión, no es patrimonio de los más jóvenes, sino de una sociedad que no sabe ponerse limites de conducta y que malintenciona lo que es la normal convivencia, con parámetros antiguos y caducos, de respeto trasnochado y falsos valores.
Conozco muchos hogares desde dentro, donde a los hijos se les da una libertad falseada y absurda, un tratar como niños a jóvenes de veinte años, para cubrir sus ineptitudes, no ya sólo estudiantiles, sino de parejas, salidas y todo lo que ello conlleva.
Me decía el otro día, un amigo de mi edad, que ya es abuelo, que su hija de poco más de veinte, ha tenido un crio con su novio, ”que es un excelente persona”, aseguraba mi amigo, muy creyente y cumplidor, excelente trabajador y un cofrade de página de honor.
No nos vamos a escandalizar porque una jovencita tenga un niño, de igual forma que no nos podemos escandalizar si decide no llevar a cabo el embarazo, a mí lo que me escandaliza y mucho es la falta de previsión, la ignorancia suprema que engendra el hecho, porque si vamos a salir a pasear, ¿es que no nos ponemos los zapatos?, si vamos a nadar… ¿no usamos el bañador?, pues si vamos a profundizar en una relación de pareja y no queremos consecuencias claras, deberíamos hacer lo posible y lo imposible, para no tener que decirle a tus padres, “papá… que me he quedado embarazada” o “mamá… que mi novia va a tener un crío”.
Ya ven, en mi simpleza, yo creía que esas cosas sólo nos pasaban a las de mi generación, después de salir del colegio de las monjas, atontorradas que estábamos y con la mente más plana que el encefalograma de un finado, soltándonos la sociedad por entero, a la muerte del dictador, con libertad a tope y sin control, cayendo muchas en el campo de batalla, preñadas, casadas a la carrera y prontamente divorciadas, o saliendo a Francia, como las locas, de extranjis, a sufrir traumáticos y peligrosísimos legrados, o también, viendo como el novio -tan amado- se iba de patitas y rápido, en cuanto obtenía lo que tanto le gustaba.
El mejor amigo de uno de mis hijos es gótico, como lo fui yo en la universidad, hace veinte años, pero él se mutila las carnes con cuchillas de afeitar y dice que soy “rara”, porque le exijo a mi hijo que estudie y se prepare para la vida y que llegue a sus horas a casa y que coma bien, que sea respetuoso con los profesores y paro de contar, porque verán que sí, que efectivamente soy rara, porque no entiendo qué hace una niña/o de 12 años teniendo relaciones sexuales o un niño/a de 14 bebiendo en fiestas a pie de calle , los fines de semana, hasta caer -como una piedra- en mitad de la calzada.
Quizás sólo sea que los que fuimos jóvenes y ahora teñimos canas, nos hemos hecho viejos a nuestro pesar y rezongones y nos crecen arrugas, como antes lo hacían los impulsos de cambiar el mundo y convertirlo en algo mejor para todos, lo mismo hemos perdido la esencia y nos vemos reflejados en el espejo, mayores y limitadores, como nuestros padres lo eran de nosotros, cuando teníamos la edad, que ahora tienen nuestros hijos. O quizás solo consista todo en administrar un poco de respeto y conocer la importancia que tienen los demás. DIARIO Bahía de Cádiz Ana Isabel Espinosa
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