Número 1923 - Año VIII - Sábado 04 de Febrero de 2012
   
 
 
Opinión
 
Por qué vivo en una dictadura

12/04/2009. Ramón Reig (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) ramonreig@us.es

RAMÓN REIGLa democracia es el arte del engaño a través de la ilusión de libertad. Hay incluso un país que, siendo esencialmente nazi, ha logrado que lo tengan por el más democrático cuando en realidad es el capo mayor de los putrefactos. En la democracia no hay espacio más que para un juego superficial. Hay un lenguaje correcto y oficial. El que se salga de ahí sufrirá no sólo el acoso de los putrefactos, a veces en forma de silencio, sino de sus propios conciudadanos, chusma con el cerebro lavado que siempre será chusma porque no tiene capacidad para ser otra cosa.

La democracia es el mito y el ritual que sirve para que los putrefactos no se autodestruyan. Y esto es válido para la chusma también, con la diferencia de que la chusma ni siquiera se entiende entre ella democráticamente y le gusta que la lleven; eso se ve hasta en una comunidad de propietarios de inmuebles que elige a una empresa para asuntos que puede resolver la propia comunidad con diálogo y comunicación. Y eso se vio con Hitler porque la chusma es medrosa, se resiste a participar, a ser demócrata de verdad, huye de responsabilidades: delega, es, esencialmente, carne de fascismo pero la izquierda no quiere ver esto con claridad y de forma explícita porque necesita vivir engañándose y vendiendo la burra de que defiende al “pueblo” pero pueblo es una cosa y chusma, otra.

Hay que crear pueblo para que domine a la chusma, desde la izquierda. La chusma es de derechas, si por ello entendemos dejarse dominar en exceso por las emociones y las pasiones, ser altamente egoísta, carecer de capacidad de empatía, ver natural lo que es adquirido, no cuestionar lo que es evidentemente falso a pesar de que se le haga ver, y huir de la ilustración y de los grandes interrogantes humanos.

Además, hay una puntualización: los altos putrefactos no utilizan exactamente la democracia para entenderse entre ellos, sino el consenso y el equilibro del terror. El mito y el rito es para la democracia de los partidos, ahí es donde entra la chusma que es fácilmente manipulable y sirve de colchón y muralla para evitar que la minoría consciente, el pueblo ilustrado, pueda acceder al poder con el riesgo de que tal logro afecte a los altos putrefactos.

La democracia es un charco de barro donde los cerdos se revuelcan y gozan o parece que gozan. La democracia es un gran edificio de cartón piedra levantado sobre unos cimientos de cemento armado que, como todos los cimientos, no están visibles al público y, menos, a la chusma. El edificio se ha construido para el público y para la chusma; en su interior hay decorados de todo tipo, también de cartón piedra. Decorados de colores vivos y atractivos, sensuales, hermosos, persuasivos, adictivos, destructivos. Son los comederos para el público y la chusma, los juguetes para que se diviertan toda su vida. Pero la verdad está debajo, oculta: en los cimientos.

La democracia es la otra cara del fascismo y el nazismo y al revés: nazismo y fascismo son la otra manifestación del mercado-democracia. Ambos los idearon los putrefactos para preservarse de los revolucionarios. Dentro de la democracia está el fascismo y el nazismo, lo que sucede es que, por ahora, no es necesario que aparezcan en escena con el mismo rostro que conocemos, a la mundialización económica eso ya no le es rentable. Ahora, el nazismo y el fascismo son sutiles, no reprimen sino que se muestran cordiales y entregan obsequios, no te disparan en la nuca ni te llevan a campos de concentración sino que prefieren matarte el cerebro y que seas tú quien se fabrique tu propio campo de concentración cayendo en las redes del Mercado, de su seducción y de su capitalismo popular.

Los putrefactos son los fabricantes de juguetes y los Reyes Magos y Santa Claus y Papá Noel. Pero, eso sí, tienes que ser bueno para que te den tu regalo, tienes que ser un caballo sumiso para que te obsequien con tu terrón de azúcar, un obediente delfín en el zoo para que te tiren en la boca unos peces muertos; tienes que ser dócil y borrego, tienes que pasarte la vida siendo buen chico para intentar alcanzar la felicidad.

Esto es la democracia. Alberga leyes en papeles mojados que se te pegan a las manos y se deshacen ante tus ojos; como obra de los putrefactos, es fuerte con el débil y débil con el fuerte; los teóricos representantes del pueblo, por lo general, no son más que frágiles marionetas y, ya lo he dicho y lo repito, payasos de las bofetadas que se han metido a políticos porque no sirven para otra cosa y porque no les han dado cariño de pequeños o les han entregado demasiado y desean seguir siendo el ombligo del mundo. Pobre gente, qué poca dignidad y qué cara tan dura hay que tener para ser hoy político. Porque como encuentres a uno con dignidad tendrá problemas: los putrefactos querrán quitarlo de la circulación para que no dé buen ejemplo: está prohibido ser uno mismo.

La democracia, esta democracia, es la demostración palpable del fracaso del ser humano ante el diálogo, la demostración de cómo se aplasta al individuo y se ensalza al mediocre porque todos los votos son iguales y eso es imposible desde la racionalidad. Y es la demostración del cultivo y del mimo a la ignorancia. Porque eso son las campañas electorales, por ejemplo.

Una campaña electoral es el signo visible de la manipulación de un ciudadano que se ha convertido, él solito, en chusma, dejándose influir por los putrefactos, que son más listos que él y que no funcionan bajo sus mismas primitivas premisas emocionales. Una campaña electoral no sería necesaria si en lugar de masa existieran ciudadanos, pueblo culto y formado.

El ciudadano tiene la obligación, en una sociedad avanzada, de informarse y formarse de lo que pasa a su alrededor. Tiene las herramientas pero no trabaja con ellas, a pesar de que las hay para todos los públicos. Prefiere hacer lo que le han dicho los putrefactos: ser “feliz”, consumir, que otros piensen y actúen por él, desentenderse de sus obligaciones, incluida la educación de sus hijos. Prefiere no enfrentarse a la vida ni complicársela, sino seguir la corriente: la de su “educación”,  la de su psiquis, incluso la de su ADN porque la chusma tiene una base genética también pero puede actuar sobre ella. Y es entonces, al entregarse a “lo otro”, cuando de ciudadano pasa a ser masa, chusma, burri burri.

Como no está enterado de casi nada ni formado, tienen que decirle en una campaña electoral –que es una estrategia de venta de mentiras o verdades a medias- qué se ha hecho en equis años, a quién votar y por qué votar. Si estuviera enterado y concienciado, no haría falta el espectáculo, la “fiesta democrática”, como definen a las campañas electorales. Bastaría con decir la fecha de las elecciones, unas intervenciones por los medios de comunicación, unos debates y ya está. Sin embargo, esto no es tan simple.

Las campañas electorales existen porque otros mediocres, los políticos, desean que existan y porque a los putrefactos, que son los dueños del cotarro, les interesa para seguir dominando mediante la ilusión de libertad. A los políticos les interesa por ambición de poder (coyuntural) y porque conservar ese poder les permite salvaguardar sus puestos de trabajo y su vanidad. A los putrefactos porque de esta forma dejan a los “niños” –políticos y masa- salir un rato al recreo para que se desahoguen y se sientan libres. Entonces aparece una sorpresa: la abstención.

La chusma “pasa” de las urnas por el instinto de estar mal, no por la conciencia de por qué lo está. La chusma se conforma con poder consumir y tener las chorradas que el Mercado le otorga para seguir jugando. La chusma guarda en su interior eso que se llama inconsciente colectivo, que la hace actuar por instinto. O sea, la chusma es idiota pero no absolutamente idiota, no es idiota de remate.

Los políticos y los putrefactos saben que el juguete que ofrecen –la democracia- es una farsa, “el menos malo de los sistemas, si excluimos a todos los demás”. Es un juguete gastado, viejo, que ya no ilusiona porque da vueltas sobre sí mismo como un insecto al que le faltan dos o tres patas, como una mosca con una sola ala. No se extrañan de la abstención, la dan por legítima, no la cuestionan ni se la cuestionan en público. La farsa sigue. En privado hablan de ella porque no pueden permitir que el juego y el negocio se les vengan abajo. La gente común sobrelleva su vida normal; mientras no le toquen el bolsillo demasiado o su seguridad personal, sigue adelante, cómplice de la farsa. Los ciudadanos más conscientes se lamentan, se preocupan y a la vez se divierten. DIARIO Bahía de Cádiz

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