12/04/2009. Antonio López Hidalgo (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) lopezhidalgo@us.es
Siempre aparca su boca al otro lado de la acera en ese momento justo en que quiero recostarme sobre sus labios y medir su sonrisa ancha y cabalgar sobre su nariz como quien monta un potro salvaje mientras me vigilan sus ojos grandes y nostálgicos de noches apagadas y consumidas con cualquier hombre que no la amaba. Siempre acaba abrazando historias ingratas que nunca logra olvidar del todo, y después abre sus brazos y mide con las yemas de sus dedos el vértice de mis ojos desde donde la encuentro siempre que vuelve cansada de vivir una vida que no es la suya. Siempre me mira escudriñando mi corazón, pero sólo encuentra un hombre fugitivo que huye de cualquier ciudad, que se somete a la prisión de estos brazos sin destino que me aprietan contra su pecho como si quisieran apretarme todavía más hasta meterme dentro de su corazón por cualquier razón que ignora. Yo no le digo nada porque estoy cansado de esperarla cuando vuelve siempre tarde, con el aliento agrio de haber bebido sin medida y con el sexo mojado de haber amado precipitadamente y sin pasión, sólo por el simple juego de contrastar su existencia con la que vida que aparentemente sospecha que no le pertenece.
Es una mujer de nadie que nos ama a todos a su manera, ignorante de que el tiempo sacude su piel como el viento sopla contra la mar y encrespa sus olas contra los barcos que cruzan sus venas extraviados en la tormenta. Ella vive su vida sin sospechar que los límites sólo son rayas en el agua, sin comprender que las fronteras dividen dos países y dos ciudades, sin querer contar las horas vividas y sin querer restar ánimo a las horas por vivir. Yo la espero cada noche a que vuelva sin saber la hora en que buscará sin encontrar la cerradura de la puerta, y la oigo entrar con pasos sigilosos, no por miedo a romper mi sueño roto, sino dubitativa de las baldosas que pisa y que el whisky no le permite visualizar con nitidez hasta que se cae en el colchón que reconoce y busca mi cuello para despeinarme mientras pronuncia frases incongruentes a las que asiento sin entender nada pero comprendiendo que ella es así.
Un día cualquiera no estaré y ella cruzará el pasillo hasta el dormitorio y buscará mi sueño usurpado como si fuera suyo, y no estaré, y me habré ido a otra ciudad, no por huir de su calor y su sueño pesaroso y su despertar desprovisto de alegría y de nuevo buscando en su interior la brújula de su extravío. Pero yo ya estaré cerrando otro bar, no por huir de ella, sino buscando mi propio destino deshabitado, y ella pensará que me fui para abandonarla al arbitrio de su desconsuelo, pero no será verdad, como no es cierto que haya dejado de amarla ni un solo segundo desde que la conocí hace ahora tantos años. Los días, sin embargo, se tiñen ahora de otro color que no quiero, y mientras cruzo ciudades azules, torres con veleta, ríos sin barcos, sé que más allá hay un camino desierto fabricado al ancho de mis botas y al largo de mis expectativas. No sé si ella estará sentado al borde del mismo camino o si se habrá vestido de polizón para subir a cualquier barco y buscar mi sombra allá donde no está, como tampoco ella estaba durante todos estos años en que la esperaba cuando llegaba ya de noche cerrada recitando versos apócrifos, cifras eternas, días sin luz. No le puedo decir ahora que no la amo, como tampoco se lo pude decir entonces, por eso me pongo los zapatos y me meto la libreta en el bolsillo para anotar las distancias alcanzadas cuando dejo otro sendero agotado en mitad de la vida, como ella deja también su vida resquebrajada en mitad de la noche, sin dueño y sin futuro, con la duda eterna del vacío que la ahoga. DIARIO Bahía de Cádiz Antonio López Hidalgo
Ahora he encontrado el mar sin buscarlo y a lo lejos una mujer que no conozco me dibuja su perfil que ya casi no recuerdo, y cuando se sienta a mi lado sin palabras entiendo que el olvido es eficaz en sus propósitos y, como si la hubiera buscado durante toda la vida, le hablo de ella, pero esta mujer que está sentada a mi lado me pone las manos en los labios y me hace callar. Y es desde entonces que no recuerdo cómo llegué hasta aquí y por qué me quise quedar para siempre.
· ÚLTIMOS artículos de ANTONIO LÓPEZ HIDALGO, AQUÍ
· Artículos ANTERIORES (a abril de 2009) de ANTONIO LÓPEZ HIDALGO, AQUÍ