06/04/2009. Ana Isabel Espinosa (Abogada, escritora y columnista) opinionanaespinosa@hotmail.com
Cuando se supo de la desaparición de Marta, a todos se nos encogió el corazón, poniendo nuestro granito de arena, para publicitarlo en la red, para que, si alguien la veía o sabía algo de ella, avisase rápidamente a la policía o a los padres. Pero Marta no apareció, porque estaba muerta. Mal día fue aquel en que supimos que Miguel Carcaño había confesado un asesinato, tan cruel como absurdo, basado -según dijeron los expertos- en el odio, la envidia y la intolerancia, de no poder ser como era Marta, de no poder tener una familia que te apoye y proteja, como la que tenía Marta y de no poder tener el alma y el cuerpo que tenía Marta, a tu antojo, para hacer lo que quieras, con ellos. Han pasado semanas y aún no se ha resuelto el asesinato, ni se sabe quién realmente estuvo implicado, ni en qué grado. El cuerpo de Marta podría esclarecer muchas dudas, muchos interrogantes, pero sobre todo podría dar algo de paz, a unos padres, que deben estar ya al límite de sus fuerzas.
Debe ser horrible perder a uno de tus hijos, pero mucho peor aún estar peleando con cielo y tierra, para que la verdad de esa muerte se esclarezca.
Sé que las abuelas de la plaza de Mayo de Argentina no se rindieron jamás, en la búsqueda de los hijos que le arrebató la dictadura, a pesar del peligro, del miedo y del abandono que sufrieron, pero este caso es más sangrante, aún, si cabe, porque en un Estado de Derecho como el nuestro la indefensión que sufren los padres por las argucias, no de grandes y famosos abogados que se estuviesen exprimiendo el cerebro para sacar a sus clientes del lío, sino de chiquillos que son poco mas que adolescentes y que debieron alimentarse de los pechos de teleseries americanas, para esconder pruebas y limpiar restos de inculpación, es demencial.
La policía investiga sin descanso, las pruebas parece que los inculpan y se cree que el Cuco, el menor de quince años, y Miguel Carcaño han estado implicados directamente, en el asesinato de Marta, pero aún hay muchas interrogantes que solo se saldarán si se encuentra el cuerpo de la niña. Pero, ¿saben una cosa?, lo peor de todo, son las declaraciones de Carcaño, que últimamente decidió confesar que entre él y el Cuco, violaron, amenazaron y mataron, finalmente, a Marta, en un derroche de pastillas, drogas y alcohol, mientras veían la televisión, para abandonar su cuerpo, después de perpetrar la fechoría, tras transportarlo en la sillita de ruedas de la difunta madre de Miguel, hasta un contenedor de basuras.
Si ya era doloroso para las madres argentinas no saber dónde podrían hallarse los cuerpos de sus hijos desaparecidos, imagínense lo que pude ser para los padres de Marta pensar siquiera lo que debió pasar esa niña antes de morir, imaginársela sentada allí, como dice ese mal nacido, viendo la televisión con aquellos dos, mientras se metían de todo en el cuerpo y tirarse de los pelos, de impotencia, por las muchas veces que le advirtieron, sin que los escuchara, que se apartara de ellos, porque eran mala compañía. Ahora recordarán con amargura, lo mucho que se alegaron cuando Carcaño se echó novia fuera de Sevilla y se fue a vivir con ella, pensando que la mala suerte de su niña se había alejado de sus vidas, para darse cuenta ahora de golpe, de que no, de que como en las películas de terror, el malo estaba suelto y al lado de la victima, dispuesto a terminar con su vida, en un maldito ritual de serie b...
Pero esta vez es cierto, desgraciadamente, y cuando termine la película, cuando cesen los flases de los fotógrafos, los periódicos dejen la noticias y los comentaristas pasemos a otro tema, aún los angustiados padres de Marta se despertaran a media noche, yendo a buscar a su niña a su cama, para no encontrarla y darse cuenta de repente que la pesadilla se hizo real, porque un hijo de mala madre se cruzó en su camino y acabó con sus sueños, con sus esperanzas, y todo por nada.
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