27/07/2009. Ramón Reig (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) ramonreig@us.es
Los jueces integrados y posmodernos pueden tener razones legales para condenar este libro –depende de cómo tengan las neuronas ese día- pero eso no quiere decir que si lo hicieran aplicaran justicia. Leí en un periódico que el artículo 510 del Código Penal español contempla penas de prisión y multas en determinados casos. En concreto, el texto castiga a "los que provocaren a la discriminación, al odio o a la violencia contra grupos o asociaciones, por motivos racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión o creencias, situación familiar, la pertenencia de sus miembros a una etnia o raza, su origen nacional, su sexo, orientación sexual, enfermedad o minusvalía".
Joder, entre esto, las leyes que protegen a la Realeza en España y las leyes antiterroristas, está claro que unos –los seguidores del sistema, los lameculos, los intelectuales a sueldo, los mansos, los pasotas y los conformistas- son más libres que otros. En un debate público hay quien no se tiene que morder la lengua para nada y otros que, aunque no sean ni terroristas, ni racistas, ni xenófobos ni machistas ni leches, deben callarse por si las moscas. Aquí nos la agarramos con papel de fumar, es la Inquisición del siglo XXI que persigue a los Servet y a los coopérnicos de turno, menos mal que existe un personal que no se calla ni debajo del hacha ni del garrote vil.
Yo, Peter Mancorrow, el pitufo gruñón, no pienso callarme, de ninguna manera. A mí hay asuntos y cuestiones que no me gustan y si he peleado contra la mordaza de otros tiempos ahora no pienso callarme. Miren, no es de recibo que existan países –de los llamados avanzados- donde sea delito cuestionar el holocausto. Yo no cuestiono el holocausto pero ya saben de sobra la frase de Voltaire: puedo no estar de acuerdo con tu opinión pero defenderé a toda costa tu derecho a sostenerla.
Ya he manifestado que los judíos forman parte de lo que soy –para bien y para mal- pero no me gusta ni lo que hicieron con ellos y menos aún lo que ellos hacen en el mundo, controlando finanzas, medios de comunicación, bancos, negocios varios y asesinando palestinos. ¿Es que no puedo decir esto? ¿Quién le ha dado impunidad a un pueblo? ¿Quién está libre de pecado?
No me gustan los pueblos que tienen un Dios inquisidor y maligno que está castigando, vigilando, vengándose a todas horas. En general, no me gustan las religiones o, mejor, las detesto, pero, mucho menos, me atraen las que reducen a los seres humanos a monstruos fundamentalistas y cobardes que son capaces de asesinar por un imaginario, como los judíos, los musulmanes o los católicos.
No me caen bien los partidarios del Islam que llegan a un lugar como inmigrantes y pretenden que todos bailemos a su ritmo cuando ellos, en sus países de origen, no dejan ni respirar a lo que huela a ilustración o laicismo. No me gustan esos sujetos que mercadean con las mujeres o que destruyen estatuas de Buda porque les sale de sus santos cojones.
No me caen bien los rumanos o quienes sean, que llegan de por ahí y se dedican a guarrear los lugares que les dan para vivir, no me gusta esa gente. Ni me gustan los gitanos que aplican la amenaza de muerte (he sido testigo directo), el ojo por ojo, el navajazo, el asesinato con premeditación y alevosía como venganza. A estas alturas de la Historia eso es una barbaridad y que me perdonen los bárbaros (germanos) que invadieron el imperio romano y que eran menos brutos y mucho más cultos. A mí me piden que comprenda la cultura gitana pero les pido yo a los gitanos que comprendan la mía, se integren o se vayan a otro lugar con sus salvajadas. La obligación de los gitanos que no comparten la violencia es obligar a sus congéneres a cambiar de actitud porque tal actitud, si todos la aplicáramos, conduciría a la autodestrucción.
Me caen rematadamente mal los homosexuales y las lesbianas que convierten la entrepierna en una seña de identidad y que sin la entrepierna no serían nada. Las partes bajas son para esta gente el motivo para esconder el complejo de inferioridad que encierran porque salen físicamente del armario pero la mente y la autoestima las dejan dentro. Me parece que son una vergüenza para sus colegas dignos e íntegros y para todos los homosexuales y lesbianas geniales que han existido en la Historia.
Rechazo frontalmente a esos sujetos que se avergüenzan de ser quienes son: a esos mexicanos o mexicanas que cuando emigran a los Estado Unidos se tiñen de rubio y fingen no saber hablar castellano, yo los he visto en El Paso, por ejemplo. Con muy buenas intenciones me lo puedo tomar como un comportamiento de autoconservación pero es falso porque, hagan lo que hagan, no engañan a nadie y menos a sus propios compatriotas.
Me inspiran repulsa los que rechazan el color de su piel, como ese cantante, Michael Jackson, que empezó negro y fue palideciendo a base de bisturí y química. El tío la cascó en el verano de 2009 y su hermano y la prensa lo bautizaron como “el rey del pop”. El rey de los quirófanos acomplejados, es su verdadero título. El muchacho empezó bien con sus hermanos, luego, ya en solitario, inauguró una nueva fase en la era de videoclip con Thriller pero a partir de ahí se fue descafeinando hasta terminar como un adefesio en harina. Su funeral se convirtió en una especie de demostración de “poder negro”, el rey del pop muerto y el presidente Obama -otro señor de raza negra- gobernando, ahí es nada. Pero Obama no manda, sólo gobierna, es listo porque hace cosas parecidas a Bush pero con marketing y servicios secretos; eso sí, apoya asuntos que son de cajón, como las células madre, pero no pasa de ser un socialdemócrata con fondo conservador. Y Jackson renegó de su raza, ése es el hecho, que se quiere amortiguar con que tuvo una niñez terrible. Entonces, ¿qué poder negro celebraban los cantantes negros?
No acepto que se entienda por terrorismo la bomba y la sangre y se deje fuera el terrorismo que a diario se ejerce sobre la gente común, desde los distintos centros de poder: miles de casos que la prensa no edita porque los responsables son los dueños de esa prensa y sus víctimas no tienen medios de comunicación donde alzar sus voces. Mis alumnos me cuentan de todo y un profesor, un colega, me narró cómo a su nuera le han dicho, tras su baja maternal legal, y una vez que se ha ido a incorporar al trabajo, que su sueldo se le va a rebajar en un quince por ciento. ¿Qué es esto? Terrorismo, porque el terrorismo obliga a callar por miedo y todas estas circunstancias, tomadas una a una, desembocan en una sociedad silenciosa que habla bajito, trabaja –si puede-, va de compras, ve la televisión, juega con cacharritos pero calla lo que no debería callar de ninguna manera. Yo, Peter Mancorrow, el pitufo gruñón, equiparo tal situación a las actividades terroristas de cualquier organización a la que nosotros, desde Occidente, monopolizando los conceptos y el lenguaje, llamamos terrorista, según nos convenga.
¿Soy merecedor de cárcel y multas por lo que acabo de expresar? Si es así, entonces a la cárcel también con los que provocan lo que yo denuncio, lo fácil es matar al mensajero, a un pobre pitufo, lo difícil es ir al fondo, Pero, claro, ellos hacen las leyes, otros las aplican –puestos por ellos- y otros las padecemos porque ellos tienen la fuerza. A mí no me gusta lo que acabo de concretar y lo digo abiertamente pero eso no significa que desee que a nadie se le extermine ni se le meta en una cámara de gas, esa es la diferencia con el nazi, el nazi es el pensamiento simplón, la agarradera de los putrefactos cuando lo han necesitado.
El nazi no tiene más fuerza que su escasa fuerza mental, es una fuerza bruta que mata pero no destruye. El nazi se desahoga pero no ahoga, ha matado mucho sin lograr nada porque no depende de él sino de que los putrefactos lo precisen y entonces les den poder. Ahora, con la mundialización, no los necesitan, están ahí porque la gente tiene miedo, el miedo de la gente es la sangre que da vida al nazi. El miedo de los putrefactos es la savia que da vida a la justicia pero la Justicia, esta vez con mayúscula, puede detener a los putrefactos, lo ha hecho ya, en parte, en Italia, en otras épocas, a eso se debería dedicar, no a aplicarme a mí o a tipejos como yo el código penal porque no soy más que alguien que escribe y que odia escribir esto porque no tendría que ser escrito si fuéramos mayores de edad.
Ya dije en otra ocasión que odio las cuotas femeninas, lo que llaman discriminación positiva, que ya ha llegado a la universidad. Cuando pensamos en formar un tribunal de expertos para juzgar una tesis doctoral o los méritos de los aspirantes a una plaza, te recomiendan -o te exigen- que al menos el cuarenta por ciento del tribunal esté formado por mujeres. Y hay que buscarlas donde sea aunque no existan (como en las listas electorales), hay que ponerlas aunque no entiendan de lo que se va a debatir. Las cuotas han llegado ya al conocimiento por implantación política, no por evolución natural. El mérito está de nuevo en la entrepierna, no en la cabeza. La discriminación positiva se hace a costa de cometer delito de discriminación pura y dura con el que sabe y ha desarrollado esfuerzos para prepararse a fondo. A mí no me importa que todo un tribunal esté compuesto por mujeres pero que conozcan bien lo que se maneja. ¡Qué es esto! Por favor, que las mujeres sensatas paren tales despropósitos o me pongo yo a lanzar despropósitos. Voy a hacerlo.
Exijo que en los consejos de administración de las empresas –sean cuáles sean- no sólo contabilicemos cuotas de mujeres sino de poetas, filósofos, licenciados en Bellas Artes y guardacoches, sean hombres o mujeres. Son colectivos de riesgo, así que un cuarenta por ciento de representación para cada uno de esos colectivos. También exijo que en los gobiernos se contemple un diez por ciento, al menos, de cuota para viejos verdes y vendedores chinos de flores. Y que en los ministerios de Economía y Hacienda, un quince por ciento de sus funcionarios sean gitanas expertas en echar la buena o la malaventura, así prevén las crisis.
Ah, y si se pueden casar dos personas cuyo hardware y software no coinciden, entonces exijo la poligamia y la poliandria, incluso los matrimonios mixtos entre seres humanos y animales o cosas, ¿o es que no sabemos que determinados pastores se enamoran de algunas de sus cabras? ¿Acaso no nos acordamos de aquella canción de Serrat que cuenta cómo un individuo se enamoró perdidamente de una maniquí? Terminó por romper el cristal del escaparate en el que posaba y la policía se lo llevó. Puede que si le hubieran dejado formar una pareja de hecho o un matrimonio, no hubiera pasado nada. Ahora que me refiero al amor, recuerdo que les estaba hablando de algo muy molesto y odioso para mí: creo que me he enamorado. DIARIO Bahía de Cádiz Ramón Reig
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