Número 1994 - Año VIII - Lunes 21 de Mayo de 2012
   
 
 
Opinión
 
De solitarios y cacharros

06/04/2009. Ramón Reig (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) ramonreig@us.es

¿Qué me importan vuestros problemas, solitarios indignos?
Después del saxito supuestamente sosegador de la radio nocturna, llegan los oyentes nocturnos, de madrugada e insomnes, esa población con la cabeza llena de vacíos y angustias a la que no se le echa cuenta en todo el día porque el día es para la gran chusma y la publicidad. Por la noche, como no hay apenas publicidad porque la chusma duerme, dejan salir de sus catacumbas a estos vampiros solitarios e indignos que no tienen el menor rubor en contarte sus intimidades.
 
¿Qué me importa a mí si te ha dejado tu novia? ¿O si se te ha enfriado el sexo y no tienes ganas de hacerlo con el de siempre? ¿O si tienes un amante y ahora no sabes qué hacer con tu marido? ¿O si estás liado con la vecina y tu mujer se puede enterar? ¿O si estás deprimido porque se te ha muerto el canario? ¿O si ya no se te levanta? ¿Qué me importa si te duelen los riñones o el bulbo raquídeo? ¿Qué me importa si ves a tu padre en la oscuridad a pesar de que lleva dos meses muerto?
 
Jodido personal, que vayan al psicólogo y al psiquiatra y paguen, como debe ser. Y que en la radio hablen los que saben, no toda esta pasma de amargados. “Es que estoy muy nervioso”, dicen algunos de estos idiotas cuando llaman a la radio. ¡Pues no llames! Así no molestas a nadie con tus rollos. ¿Tan poca confianza tienes en ti mismo que no sabes ni hablar por teléfono sin que te tiemble la voz?
 
Débiles, malditos débiles, os odio, sois mano de obra gratis para la Comunicación, al menos que os paguen por decir tonterías, que para eso les hacéis los programas. Otros, por las mismas tonterías o parecidas, cobran. Y el presentador o la presentadora que os atiende para que aliviéis la mierda de vuestro cerebro y que está de vosotros hasta la peineta, aunque os engaña muy bien y encima hasta le lanzáis piropos, también cobra y lo tiene muy merecido: por la penitencia que hace oyéndoos y por el papelito de buen samaritano.
 
La radio se aprovecha de las desgracias ajenas, como la televisión. Ese aprovechamiento lo hace pasar por servicio público pero es negocio, atracción del oyente a la frecuencia. Apenas aborda los asuntos en su raíz, apenas lleva a cabo enfoques con los que el ser humano pueda conocerse mejor: a sí mismo y a su entorno. No, eso no, los sabios, los que saben de verdad, están encerrados en mazmorras o autorrecluidos en sus celdas.
 
Un día sí y otro también, siempre lo mismo, siempre la misma basura. A la radio, como a tantas otras cuestiones relacionadas con la cultura de Occidente en general y la Comunicación en particular, se le pueden aplicar también las palabras de Cervantes: “Fuese y no hubo nada”.
 
Esos pobres solitarios con sus malditos cacharros
Mientras, o al mismo tiempo que unos llaman a la radio, otros chatean con sus cacharritos informáticos. Como no tienen valor para meterse en la vida y en la sociedad, chatean; como no saben expresarse sin prejuicios, chatean. Buscan novio o novia, estabilidad, sexo.
 
No está mal lo de los cacharros, lo malo –o lo bueno para ellos y su impotencia- es que para los tímidos patológicos es un escape fenomenal, un pretexto extraordinario. Y para los acomplejados también. Un pretexto para no hacer frente a sus taras. En Japón hasta existen unos jóvenes que no salen de sus dormitorios, los padres les dejan la comida en la puerta, qué van a hacer, aunque si tuviéramos agallas habría que dejarlos morir o sacarlos a la fuerza.
 
Novios por Internet, ahora hay cibernovios, no está mal, es como siempre pero más intenso, más sofisticado. Antes te enamorabas poco a poco de una voz por el teléfono y luego la conocías. Ahora es por red informática. Lo extraño es cuando la red sirve para que esos pobres solitarios, que no tienen voluntad ni deseos de aprender y agrandar su mundo interno, lancen sus banalidades al planeta a ver si alguien pica el anzuelo de su mediocridad tarada.
 
No hay cojones para afrontar la soledad. El ser humano es esencialmente solitario, nace solo y muere solo, odia estar con los demás al tiempo que lo precisa, por eso vive en la esquizofrenia. Solitario, egoísta en su sentido más negativo, eso es el ser humano en su sustancia: ése es su fracaso como especie. Y su fracaso cultural es que no quiere aceptarse así, inventa amoríos, devociones, dioses, escapes… El ser humano –evidentemente, como tanto se ha dicho y tanto he repetido- es una lucha entre lo que es y lo que quisiera ser.
 
Los cacharritos se perfeccionan para el gran circo comercial
La era digital, eso es lo que viene ahora, eso es lo que ya ha llegado. El ordenador, el televisor, el teléfono móvil, el mando a distancia, todo articulado para comodidad del ciudadano, para que acceda a múltiples servicios. Los cacharros se perfeccionan para la venta, para nuestro bienestar.
 
¿Qué mueve a los nuevos mecánicos de lujo a fabricar y perfeccionar sus adminículos? Ante todo, la lana que les dan los putrefactos, la ambición, la política de la recompensa estilo animal de zoológico, porque el conocimiento por el conocimiento pasó ya hace tiempo a un segundo plano. Desde los ilustrados hemos desembocado en los pulsateclas a sueldo, en los tornillos de alta calidad, en una rueda productiva que sigue adelante sin saber adónde va pero que debe crear una y otra vez necesidades artificiales de consumo para no morir, para engañar a la gente y crearle angustia, complejos, falsas relevancias.
 
Es el gran circo comercial al que todo se subordina, incluida la voluntad, la libertad, la mente del ser humano. Liberarse de las ataduras de esta red mercantil es propio de titanes, precisa de un método, de una forma de concebir la vida en la que, en efecto, el humano sea el centro de todo.
 
La repugnante red del circo comercial enfrenta a padres con hijos, los padres conscientes se agotan al combatir tanto espejismo como se les coloca delante a los niños y a los jóvenes en forma de dioses supremos a poseer, mientras que se olvidan a los grandes cerebros de la Historia, sus ejemplos, sus biografías, sus sacrificios. Todo lo más se utilizan –de nuevo- para comerciar con sus significados, no importa que se falsifiquen sus trayectorias vitales, lo relevante es llenarse el bolsillo. Pútridos, pútridos, cómo os odio, cómo os deseo la peor de las muertes para que el aire pueda estar más limpio y la especie más crecida. ¡Enfermos! ¡Comprendo ahora por qué, en su momento, los nobles os odiaban y os consideraban plebe vulgar, nuevos ricos! ¡No sabéis distinguir entre una moneda y una idea, un sentimiento, una creación, una música, un paisaje verde y cristalino!
 
A llenarnos de cacharros domésticos lo llamáis progreso pero se trata de progreso material, tecnológico, y el ser humano utiliza la tecnología como medio para vivir no como la finalidad de su existencia. La gran trampa es hacerle creer a la gente que el sentido de estar en este mundo es el objeto material y convertirla en ese burro que persigue eternamente una zanahoria que nunca alcanza. Una zanahoria que alguien ha colocado ante sus ojos, su olfato y su sensibilidad.
 
La gente, la chusma, cuando le das cuatro idioteces, es muy proclive a dejarse llevar por el cuento, de manera que estamos ante una situación donde los pútridos disponen de unos aliados en fácil actitud de cómplices, unos cómplices que se dejan comprar por un suspiro y que venden su alma al Mercado por dos teclas y una pantalla, sin preocuparse de que esas pantallas, esas teclas, estén, sobre todo, en los hospitales, en las escuelas, en las universidades.
 
Cuando advierten que no están en la medida de lo deseado, que lo privado tiene lo que no tiene lo público, que lo público es la cenicienta del cuento a pesar de sufragar buena parte de lo privado, entonces se lamentan, ponen el grito en el cielo y se acuerdan de santa Rita porque truena. Imbéciles de solemnidad, la democracia se construye día a día, hora a hora. ¿Tenéis lo que hay que tener para merecer ser llamados demócratas, ciudadanos, seres preocupados por la cosa pública? ¡Pero si perdéis el culo por un coche de mierda, lleno de cacharritos inútiles, y por una marca de vino de 500 euros! ¡Si vivís por amor a los cacharritos! ¡Si habéis sustituido los juguetes de la infancia por otros más propios de vuestra condición de mayores, que no adultos!
 
La historia de los seres humanos ha consistido, sobre todo, en el perfeccionamiento de útiles y eso está bien pero hubiera estado mejor si no hubiera sido siempre para una minoría, si también hubiera avanzado el aspecto solidario, eso de pensar en el otro para bien y no para joderlo. Al revés, el telégrafo, la radio, las telecomunicaciones, la física, la química, todo ha avanzado mucho a causa de la guerra: para matar. Cómo le pesaba esto en su conciencia a Einstein pero Einstein hizo lo que tenía que hacer; luego, los putrefactos, pudrieron su genio y lo llenaron de muertos y, aún así, era tan grande que no han podido desacreditarlo ni han querido hacerlo, claro, lo han utilizado para sus intereses.
 
En Occidente nos reconforta el avance de los cacharros porque, en el fondo, quienes no son del primer mundo nos importan un bledo, a esos los despachamos con lamentos, oraciones, donaciones y galas audiovisuales “solidarias”. A esos los despachamos con ejercicios periodísticos supuestamente comprometidos, de denuncia, que casi siempre denuncian lo más evidente, lo más visible, que casi siempre nadan en la superficie de los acontecimientos, apenas se dedican a bucear porque están incrustados en la misma mierda que atraganta a los que viven abajo por obligación, a la fuerza, por razones de nacimiento, de historia, no de falta de capacidad.
 
Los cacharritos. Muy bien, qué hermosos, qué bonitos, qué útiles. Si no los tienes te llamarán analfabeto, neo-analfabeto, para acomplejarte, para llevarte hacia ellos. De acuerdo, iré hacia ellos pero, ¿qué más? ¿Me van a dar un poquito de felicidad, de tranquilidad espiritual, de desarrollo cognitivo, me van a mostrar de dónde vengo, adónde voy, qué hago aquí? ¿Me van a permitir que odie menos? ¿Conectar desde mi celular con la televisión me supone un avance cualitativo en mi vida? ¿Cómo? ¿Que los múltiples canales temáticos de televisión y que Internet me van a facilitar conocimiento? ¿Con qué método los utilizo? ¿Dónde está el manual de instrucciones para que ordene mis ideas y mi cerebro?
 
No quiero un montón de datos, quiero el método para interpretarlos, para conformar el rompecabezas. Ah, eso no es cosa vuestra, es cosa del colegio, de la Universidad. ¿Cómo que no es cosa vuestra? ¿Lo vuestro es sólo vender? ¿Y los derechos humanos? ¿Y la responsabilidad social de las empresas? Ojalá los colegios y las universidades mostraran el método pero no suelen hacerlo y a quienes lo hacen los definís como utópicos y anacrónicos porque hay que matar al método y a sus maestros antes de que, gracias a él, la gente (poca o mucha) sepa del tinglado de codicia que habéis levantado a lo largo de los siglos.
 
Todo lo habéis convertido en un palenque, en un zoco, estáis agotados como guías comunitarios, va siendo hora de que os jubiléis o de que os jubilen. Sembráis el desánimo entre los docentes y los discentes y compráis para vuestro provecho a los medios de comunicación hasta convertir en lameculos a sus profesionales. Lo que no es acorde con vuestros intereses lo enterráis en un arenal de silencio, lo aniquiláis de muchas formas. DIARIO Bahía de Cádiz

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