06/04/2009. Ramón Reig (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) ramonreig@us.es
Hace menos de dos siglos, Girardin, un empresario francés de prensa, dijo: si coloco publicidad en mis periódicos podré venderlos más baratos. ¡Magnífico! ¡Qué gran conquista empresarial! Funcionó. Pero acabó de joder al periodismo. Si no eran bastantes las presiones de los gobiernos, ahora, todo el aparato productivo presionando a los periodistas y a los empresarios de prensa (y ellos auto-presionándose por miedo a que los presionaran). Se acabó la libertad de expresión, se acabó el periodismo, lo poco o mucho que pudo haber de periodismo, se acabó.
Pasaron los años. Ya no había sólo empresarios periodísticos, ahora todo el mundo quería invertir en prensa, en Comunicación: los bancos, las empresas de petróleo, de cosméticos, de telecomunicaciones, de productos cárnicos, de tabaco, de electricidad, de aviación, de construcción, de armamento, de tejidos..., e incluso de dinero negro. Todo el mundo productivo se metió donde no le llamaban y lo hizo por partida doble: como anunciante y como accionista. ¡Qué buen negocio! ¡Qué bueno para influir en la opinión pública! Pero, a cambio, han matado al periodismo, lo poco o mucho que pudo existir de él. RIP for journalism.
Los putrefactos han introducido sus garras en el periodismo y, como han hecho con etnias, pueblos, riquezas naturales, medioambiente..., lo han fagocitado. La mayor parte del poder mundial descansa sobre putrefactos privados. Como quien paga manda, la realidad es ésta: un periodismo de pringaos al servicio de los putrefactos, con muchos periodistas putrefactos y otros -muchos más- honrados y resignados, diciendo un día y otro las mismas tonterías, las mismas simplicidades, las mismas inexactitudes, las mismas verdades a medias. Unos periodistas convertidos en copistas y correveidiles que, aún así, se creen importantes a veces.
Pringaos, os odio porque os faltan cataplines y agallas para denunciar masivamente y con voz tronante la inmundicia en la que sobrevivís o, mejor, en la que agonizáis como personas y como profesionales. Ya que no podéis informar de nada relevante y de auténtico interés social porque os tienen esclavizados, ahí os veis, hablando todos los días de muertos, de calamidades, de rencillas políticas, del estado de las carreteras, del tiempo y, por supuesto, del deporte. Opio para la chusma, ahora un periodista es un camello, vende opio para la chusma en sus distintos estratos. Y, además, copia, casi todo lo que dice lo dice porque otros lo dicen; él no comprueba nada de nada y, encima, el idiota hace suya una información que le llega desde fuera y que él no controla. Reproduce una y otra vez las riñas de esos mediocres llenos de rencores que son la mayoría de los políticos. ¡Menudo ejemplo para la gente! ¡Si no dicen nada los políticos -en su mayoría-, si son la negación del intelecto y del sosiego, si se niegan hasta a sí mismos, si en lugar de orientar y proponer, encabronan! Para reír. Y para llorar.
El periodismo que, en teoría, existe para estimular al ciudadano a través de denuncias e investigaciones valientes, informaciones y formaciones transgresoras, vigilancias hacia todo tipo de poder -público y privado- y todo esto caiga quien caiga, se ha convertido en una actividad servil, a veces irrisoria, que en lugar de darle vida a la sociedad para que la gente le vea sentido a la existencia, le ofrece resignación, temor, inseguridad, crispación, odio, utilizando noticias menores constantemente, noticias “de impacto” donde la razón juega un papel marginal (a pesar de que el periodismo es una actividad intelectual) y todo con tal de no ir a las raíces de los asuntos para no molestar a los putrefactos. Además, la razón no vende, venden las emociones.
Os voy a enseñar periodismo, pringaos periodistas de hoy que cometéis faltas de ortografía, de concordancia, repeticiones constantes de palabras en una frase, que sufrís ridículos trabalenguas, que emitís anglicismos, galicismos, para, a continuación, informarnos de novedades bibliográficas que enseñan a redactar o a escribir mejor u ofrecernos espacios donde unos expertos educan para que hablemos bien. ¡No os enteráis ni de lo que proyectáis sobre el personal! ¿Acaso creéis que es sólo para el receptor? ¿Que vosotros estáis libres de toda ignorancia? ¡Si sois los primeros ignorantes! ¡Si ni siquiera sabéis el significado de vuestros propios mensajes! ¡Si la mayor parte de las noticias no las buscáis, os llegan hechas desde agencias y gabinetes de Comunicación! ¡Si ni siquiera hacéis vuestro trabajo, hacéis actos de fe!
Pringaos todos: no me digáis que un joven de 15 años ha muerto en un lugar de España mientras utilizaba una máquina de transportar en un recinto industrial dedicado al sector del mármol. No me digáis que lo ha aplastado un cargamento de mármol, como me dijisteis en agosto de 2003. No sigáis diciéndome que se le ha practicado la autopsia. No continuéis con que el joven ya ha sido enterrado entre muestras de dolor. No añadáis que ahora se abre una investigación porque la familia y los sindicatos dicen que estaba trabajando en ese recinto industrial a pesar de que era menor de edad y que el empresario dueño de las instalaciones lo niega todo. No afirméis finalmente que era verdad, que el chico era un trabajador. No me contéis películas ni telenovelas, coño, ¡trabajad con un par de cojones!
Vosotros sabéis que a las redacciones llegan muchas noticias que no se ofrecen al receptor. Una de ellas es que en el primer mundo también trabajan menores de edad. Id a comprobarlo, moved el culo y, si es así, denunciadlo; para servir realmente a la sociedad hay que ir por delante de los acontecimientos. Así que a trabajar, a contrastar, probar y denunciar: “En las fábricas tales y cuales, propiedad de mengano y de zutano, trabajan menores. Estos son sus nombres: tal y cual y cual y cual (o las iniciales). Y estos son los nombres de los cabrones de los padres y madres que permiten que sus hijos trabajen a esa edad: perengano de tal y el otro y el otro y el otro; fulana de tal y cual, etc. Y si permiten que sus hijos trabajen es porque ellos llevan años en el paro y/o porque son unos cerdos ambiciosos que quieren imitar a los putrefactos”.
Si no se enteran las autoridades, a informar una y otra vez, un día y otro; en lugar de darle tanto espacio a cuatro patanes aunque los haya elegido “el pueblo”; ¡que se vayan a la mierda!, que queden reducidas sus palabras a lo que se merecen –un breve- y que resplandezca vuestro trabajo, que quien corresponda tome cartas en el asunto antes de que sea tarde. Y, si no, dale que dale, hasta que se arrodillen ante la verdad. De esta manera lo más seguro es que no tengáis que “informar” de que el joven ha muerto. Vosotros le habréis salvado la vida y, de paso, os habréis dignificado.
O hacéis este periodismo o que os vayan dando por el culo a vosotros y a vuestra profesión. Seguramente sentiréis más gustito que ejercer eso a lo que llaman periodismo. Qué pasa, ¿que no podéis “tocar” demasiado o nada a los poderosos o a los menos poderosos? Denunciadlo a la sociedad, a ver si os quitáis de una vez el bozal que os han colocado los putrefactos, ése que os obliga a desarrollar un periodismo de muerte, de miedos, de superficialidades, de estupideces varias, de batallitas, de corruptelillas políticas que pasáis por periodismo de investigación cuando es mera campaña política y lo sabéis; esa mordaza que provoca que el periodismo sea la excepción y no lo regla y a tal engendro, sin embargo, lo llamáis periodismo.
Es deleznable. La mejor noticia que este periodismo debe ofrecerle a los receptores es la de su propia defunción e incineración y que sus cenizas sean arrojadas al viento de la Historia. Qué daño está haciendo este periodismo de hoy, cómo lo odio y, sobre todo, cómo odio a sus dueños putrefactos. Ojalá se ahoguen en un mar de tinta o estrangulados por esas cintas con las que ruedan imágenes supuestamente informativas que en el fondo no son más que propaganda y gancho para la publicidad a través de la atracción morbosa de la chusma. Ojalá se electrocuten con su maldita tecnología digital.
Esto es lo que hay. Quienes han querido traspasar la línea lo han pagado caro, hasta con la vida (piénsese en algunos medios y periodistas de América Latina). Todo lo bueno requiere tiempo, esfuerzo y riesgo, desde la religión al periodismo, pasando por la creación en general.
¿Cuál es ahora el estado de la cuestión, historiadores del futuro? No me lo digáis, prefiero no saberlo. O si, decídmelo, para comprobar que tengo razón una vez más y que soy importante. Odio ser importante porque es el antídoto a la minusvalía posmoderna y el síntoma de los integrados. Todo integrado quiere ser importante por eso, porque está integrado... en la bazofia. Me han dicho apocalíptico muchas veces. ¡Y un mojón con cola! El verdadero apocalíptico es el sabio equilibrado, sano, que piensa y analiza con sosiego. Yo no soy más que un resentido, un integrado resentido por eso, porque estoy integrado. Los defectos son propios de los integrados en este mundo de lágrimas pútridas e hipócritas. Las virtudes son para los apocalípticos, para los superhombres que están por encima del bien y del mal. DIARIO Bahía de Cádiz
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