02/07/2012. Estefanía del Carmen Benítez Reyes (Abogada y mediadora familiar) ebenitezreyes@gmail.com
Hay acciones en las que habitualmente no reparamos porque, por frecuentes, se han convertido en algo normal. Redundando en lo dicho, las personas tendemos a “normalizar” aquello que entra dentro de lo rutinario, es decir, asimilamos las conductas que se repiten constantemente por unos y otros y las incluimos en el círculo de “lo que esperamos”, lo que no nos llama la atención y, sean estas correctas o no, dejamos incluso de reparar en ellas. Es más, este efecto se extiende, incluso, a lo legalmente punible.
Días atrás, sin embargo, un hecho concreto me hizo tomar la decisión de estar alerta y observar lo poco o mucho que se producía y en qué circunstancias.
Hace varias semanas vi a una mujer, en el asiento del copiloto de un vehículo, que llevaba la cabeza cubierta por un pañuelo. Era evidente que no se había puesto dicho complemento por cuestiones ideológicas o religiosas y tampoco es que, en contra de lo que sucedía hace unos años, esté entre los de más rabiosa actualidad. Resultaba más que evidente, por varios signos físicos, que la señora estaba recibiendo tratamiento de quimioterapia, como consecuencia de la cual sufría la típica alopecia que provocan los fármacos que se utilizan en el mismo. Quienes hemos padecido cáncer -al menos es mi caso y el de algunas otras personas que conozco- reparamos rápidamente, seguramente por la experiencia vivida y porque la memoria se reactiva, en las señales de la enfermedad y los efectos de los medicamentos que para tratarla se suministran. Y, nada más percibirlos, se desencadena una reacción interna muy complicada de explicar y más aún de comprender para quienes no lo han sufrido en sus carnes, que podríamos comparar a cuando se prende la luz al pulsar un interruptor.
Pero no fue la visión de dicha persona lo que me hizo reflexionar sobre el tema en el que estoy pensando sino el hecho de que quien la acompañaba, otra mujer que conducía el coche, fuese hablando por el teléfono móvil, manejando el vehículo con una sola mano y entrando torpemente en una rotonda por las dificultades que le entrañaba realizar la maniobra de esa manera. Inmediatamente, me asaltó la idea de que, teniendo en cuenta los avances médicos con que se cuenta en la actualidad, la enferma, probablemente, no moriría de cáncer pero su acompañante podía provocar un accidente fatal.
Ese mismo día vi a una persona, en un tramo de la carretera de La Barrosa en el que no hay carril-bici, en bicicleta, vehículo en el cual hay que mantener el equilibrio y vas a cuerpo descubierto, que también hablaba por el móvil mientras pedaleaba.
Tengo anotados también varios casos especialmente llamativos en los que los conductores, igualmente, iban teléfono en mano. Por citar algunos de ellos, el de un señor en un camión de grandes dimensiones, cargado de materiales, con el rótulo de una conocida empresa de la localidad y, por si fuera poco, en las cercanías de un colegio en horas de entrada del alumnado al mismo. O el de dos jóvenes en una motocicleta, yendo el que la manejaba, con el casco “de codera” y el teléfono en la oreja. Y hasta, en la misma actitud, el conductor de un autobús urbano... Y así podría continuar con una lista interminable de infractores de la norma y, lo que es mucho más grave, posibles provocadores de accidentes en los que no sólo ellos, irresponsables y causantes, podrían ser las víctimas sino también sus acompañantes y quienes -viandantes o conductores- se cruzasen en sus caminos.
Está claro que nos hemos convertido en teléfonodependientes. Tal vez ello no sea tratado como una adicción pero sería menester pensar en la posibilidad de, como ocurre con el alcohol, el tabaco, el juego e incluso internet, poner en marcha una terapia que nos desenganchase de aquello que nos pone en peligro y nos enseñase a hacer un uso razonable y racional de dicho medio de comunicación.
Por lo que cuentan, no quedan muy lejos los años, aunque así lo parezca, en los que había que acudir a un locutorio para hablar por teléfono, que eso sí que -aunque yo no lo recuerdo- debía resultar incómodo. Menos distante aún el tiempo está la época en la que tan sólo se contaba con los teléfonos fijos. Y con estos funcionaban las empresas, se comunicaban las familias y amigos, nos llegaban las noticias, se hacían los pedidos, se compraba, se vendía, se programaban citas y reuniones, se reñía, se disculpaba y hasta se felicitaba por Navidad. Y de una manera mucho más entrañable y personalizada que ahora, porque hay pocas cosas más horrorosas que un vulgar poemucho, sin métrica, sin ritmo y con rima asonante, reenviado a todos los contactos de la agenda y vuelto a reenviar por los receptores.
Volviendo a las “transacciones económicas y financieras”, he oído decir a profesionales y empresarios que, si prescinden unas horas de sus móviles, pueden perder un cliente o dejar de hacer un negocio. Pero lo cierto y verdad es que, en aquellos años en los que el teléfono sólo estaba en casa o en la oficina, la gente también trabajaba. El móvil, que yo sepa, no ha evitado la crisis, ni muchísimos menos. Es más, hay quienes han abusado tanto de él -tanto de las llamadas, por aquello de la comodidad y porque se pierde el control del tiempo, como de otras aplicaciones como pueden ser los SMS, tonos, juegos, chats, visitas a sitios webs, etc.- que han visto cómo, por un uso desmedido del aparatejo en cuestión, ha empeorado su economía familiar y/o laboral. Acaso, si los móviles dejasen de funcionar, ¿sería una tragedia de grandes dimensiones?, ¿se produciría una hecatombe mundial?
Puede que un uso adecuado del teléfono móvil facilite las comunicaciones y nos haga más fácil la vida por aquello de las rápidas gestiones, el contacto inmediato, etc., en eso estoy de acuerdo, pero no creo que apagarlo o siquiera silenciarlo en determinados momentos, como mientras conducimos o cuando estamos hablando con alguien cara a cara, vaya a perjudicarnos en absoluto, más bien todo lo contrario. Porque, obviando ya el tema del peligro que supone cuando vamos al volante y nos entorpece o distrae, pocas cosas hay más desagradables que el que tu interlocutor interrumpa la conversación veinte veces para responder al móvil o lo saque del bolso o bolsillo otras tantas para leer sus mensajes.
Hoy me dan ganas de escribir un ensayo titulado algo así: “De cómo un aparato pensado para la comunicación se puede convertir en una herramienta peligrosa o, cuando menos, en un incordio y en una barrera para las relaciones interpersonales”. Un título muy largo, ¿verdad? Pero es que ¡tenemos una habilidad para complicarlo todo! DIARIO Bahía de Cádiz Estefanía Benítez
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