Número 1923 - Año VIII - Sábado 04 de Febrero de 2012
   
 
 
Opinión
 
Una vida fingida

22/06/2009. Antonio López Hidalgo (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) lopezhidalgo@us.es

ANTONIO LÓPEZ HIDALGOCon la llegada del verano supo que su matrimonio se deshacía como un azucarillo en el café del desayuno. Los niños habían crecido y se habían emancipado, la hipoteca hacía años ya la habían cancelado, la vivienda se había vuelto grande y misteriosa, inhabitable. Se miró en el espejo las arrugas camufladas, las joyas ostentosas de un patrimonio inexistente, la elegancia pulcra de baja cuna. Lo había dado todo a los demás: a los hijos, al marido, a los padres. Cruzó los pasillos de un piso amplio y céntrico en el que transcurrieron tantos años de su vida, pero andaba con la sensación primera de no reconocerse entre aquellas paredes. Tuvo en la vida todo cuanto se le antojó, porque nada más pedir, el marido saciaba sus deseos con horas extras y cheque en mano. Fueron tantos  años viviendo una vida que no era la suya, que hasta los más íntimos se fueron acostumbrando sin darse cuenta a su aire de mujer de alta alcurnia.

Incluso los hijos la trataban como tal, porque nunca supieron ni sospecharon que el pasado de su madre fuera el que era. Ella vistió cada mentira con tal arquitectura que nadie dudó de aquellos parientes ilustres y de aquella historia que pocas familias  conocidas podían sumar al recuerdo colectivo. Sólo el marido sabía quién era, pero nunca quiso entrar en pormenores que sólo conseguían remover aguas en un matrimonio incapaz de sobrevivir al más mínimo naufragio. Con el paso de los años hasta él mismo se sorprendía de la capacidad de metamorfosis de aquella joven de la que se enamoró y de la que ya apenas quedaba un vago recuerdo en su memoria de hombre desorientado.

Ella vistió los mejores trajes y sabía llevarlos con una elegancia que parecía haber aprendido desde la cuna, los hijos se educaron en los mejores colegios de la ciudad, privados y religiosos, por supuesto, asistió en su vida a todo acto social al que mereciera la pana asistir, sola o acompañada, lo importante era estar presente donde las familias de bien estuvieran.

Cuando él regresaba a casa, cansado del trabajo y con el único aliciente de calzarse las zapatillas y estirar las piernas frente al televisor, acompañado de una cerveza fría y después de otra cerveza fría, fue poco a poco dejándola vivir a su aire, le dio libertad para husmear en fiestas, para medir el currículum a los vecinos, en fin, libertad a cambio de libertad. Fue acaso así, buscando un cuarto de hora en paz, cuando la encontró. Se conocían desde jóvenes y cualquier día, de regreso a casa, se la tropezó, se saludaron, ambos tenían tiempo libre y compartieron unas copas. Primero fue un día, después fueron varios. Ya ninguno recuerda. Saben que, cuando eran mucho más jóvenes, se amaron, y que ahora el tiempo les había dado la oportunidad que ellos no buscaron. Pero supieron aprovecharla. Fue una relación serena sustentada sobre un amor sólido y un respeto mutuo a prueba de bombas.

Aquel día la esposa, buscando su propia identidad en los pasillos de su confortable vivienda, supo que la soledad era aquello. Preguntó por el marido a la ama de llaves, pero ella no sabía nada. Aún no había vuelto del trabajo. Tampoco sabía a qué hora lo haría. Comenzó a husmear en la vida de su marido y supo que desde hacía tiempo no sabía nada de él. Lo esperó sin dormir, pero el sueño le pudo. Se quedó durmiendo en el salón, con el televisor encendido y sin voz. Cuando el marido regresó era ya tarde. Entró sin hacer ruido, se desvistió y se acostó. Le extrañó que su mujer no estuviera encamada, pero no quiso preguntar. Se despertó temprano y comprobó que la esposa no había dormido en la cama. Se duchó, se vistió con traje y corbata para la reunión de las diez. No tuvo tiempo para desayunar. Salió del hogar con el mismo sigilo de la noche anterior. Cuando la esposa despertó, el hombre ya había desayunado en el trabajo y estaba reunido. Colgó el teléfono. Comprobó que había dormido en la casa y que la camisa del día anterior olía a perfume de mujer. Llamó a la ama de llaves, le pidió un café muy caliente y que la dejara en paz todo el día porque tenía una cefalea que no la dejaba en paz. Durante la mañana el teléfono, como cada mañana, sonó muchas veces, o no dejó de sonar. Ella sabía quiénes eran todas las personas que estaban al otro lado del hilo telefónico, pero no quería hablar con nadie, porque todos eran actores ficticios de una vida de invención. A través de la ventana miró la calle cuajada de sol y de gente, y supo que el hombre a quien siempre había amado nunca volvería y que no tendría ni siquiera la oportunidad de verle la cara frente a frente para poder explicarle cómo pudo estar ausente durante todos esos años en lo que él le ayudó a construir una vida fingida con el solo pretexto de que también él necesitaba vivir su propia vida. DIARIO Bahía de Cádiz Antonio López Hidalgo

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