Número 1575 - Año VII - Jueves 02 de Septiembre de 2010
   
 
 
Opinión
 
…Y el puto tiempo

15/06/2009. Ramón Reig (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) ramonreig@us.es

RAMÓN REIGLuego, como asunto cotidiano también, está el tiempo. Cómo odio el tiempo, cómo lo aborrezco y lo sufro. Mi agenda se llena de amigos y conocidos que se van muriendo; ni los borro, no acepto que se mueran; no hago más que asistir a entierros, no hago más que enterarme de si a éste le ha dado una alferecía, a aquél le ha invadido un cáncer y, como sucede a menudo con los cánceres, ya no saldrá. Qué enfermedad tan hija de puta y tan torpe, las células se suicidan, o sea,  se les cruzan los cables, queman la casa en la que viven; se necesita ser estúpido para tirar piedras contra tu propio tejado. Eso sólo lo hago yo pero es que yo soy el patrón de los estúpidos, que he elegido un suicidio lento pero seguro.

Mi estupidez es otra forma de sentirme alguien relevante, es otra forma de cumplir mi papel evolutivo. Además, no soy exactamente como las células cancerígenas, los putrefactos, en el colmo de sus contradicciones, me han permitido que me cuele por una de sus rendijas y me han hecho funcionario del Estado de por vida, me han dado libertad y, como he dicho tanto, me necesitan para su auto-justificación. Aún así, díganme, historiadores del futuro, ¿a que los funcionarios como yo ya no existen? ¿A que poco a poco los han eliminado porque dejaron de ser económicamente rentables y se estaban pasando de la raya crítica?

Dicen que el cáncer es una venganza biológica porque hemos prolongado mucho la vida. No sé qué de la telomerasa o algo parecido: una especie de perilla que llevan las células que son las últimas en enterarse de qué va la cosa. Las tías con el cáncer en las tetas y los tíos en la próstata, no falla, eso sin contar el de pulmón, que es unisex, sobre todo desde que las mujeres se lanzaron al monte de la mimesis del varón y se creen mayorcitas porque le dan a la nicotina y al alquitrán.

Historiadores del futuro: ya no existe cáncer, ¿verdad? Lo han vencido con terapias génicas y farmacológicas, ¿cierto? Si es que somos unos monstruos, en todos los sentidos: en las grandezas y en las bajezas. ¡Unos monstruos! Somos Hitler y Leonardo, los campos de exterminio y la Mona Lisa. Ahora hace falta crear unos nuevos campos de exterminio -éticos y de comportamiento- donde exterminemos a los campos de exterminio y en su lugar levantemos un gran museo en el que colocar a la vista de todos a la Mona Lisa y a las terapias que acabaron con el cáncer. Y a la empatía. Un museo de objetos vivos, no muertos, para tenerlos ahí y darles gracias por vencer en nuestra carrera evolutiva. Sueño, otra vez sueño y toda la vida es sueño y los sueños, sueños son, tan falsos como precisos. ¿Falsos? ¡Odio esta falta de seguridad! ¡Joder, cómo la odio!

¡Mierda de tiempo! Mis conocidos, arrugándose, anunciándome la muerte. Cada vez que alguno se muere me duele más por mí, que me tengo que morir, que por él. Su muerte anuncia la mía; el tiempo es el representante de la muerte en la tierra. La espalda no deja de dolerme, sobre todo por la mañana, y el pescuezo tampoco. La vista se va cegando, el oído se endurece, el pelo me abandona irremediablemente, la piel se llena de manchas, el cuerpo empieza a oler a viejo, o sea, te adelanta un poco el olor que vas a despedir cuando la espiches; me quedo mirando mis pelos en el peine o en la ducha y, si fuera creyente, les rezaría un responso. Son una parte de mí que se va a la nada.

Mi proceso de micción va sufriendo una disminución de fuerza directamente proporcional al paso del tiempo; cada vez me tengo que acercar más al water para que llegue bien el chorrito a su destino; a veces mojo el  borde o se me va el “caudal” para donde no es y debo ir a la cocina a coger la fregona para adecentar la estancia. Uno va arrimándose progresivamente a la pared y cuando la picha toca los azulejos es que estás moribundo o muerto. En este sentido, la vida no es más que un acercamiento a la pared. Como el toro en el ruedo, cuando estés cerca del burladero es que la muerte llega. La pared, entonces, es el paredón en el que la vida te fusila. Ah, qué nostalgia de aquellos tiempos de longitudinales meadas. Cuando había un pequeño fuego hacíamos como los niños de la película Las tentaciones de Benedetto: “¡Los bomberos, los bomberos!”, exclamábamos mientras dirigíamos el líquido sobre y contra la llama.

Pero eso nos ocurre a nosotros, los machotes. Las hembras ven que se les caen las domingas, que les llegan los calores de la menopausia, las cartucheras en las caderas… Se fijan obsesivamente en sus arrugas nuevas y viejas y se niegan a envejecer, como hacen los hombres también.

Mujeres, mujeres mías, vino de los odres más sobrios, yo os bendigo y os adoro con mi odio, os odio amándoos; me bebo todas vuestras arrugas, las beso, y coloco con toda ternura, suavidad y delicadeza en vuestro chocho, más o menos sequerón, el pene que me va quedando. Le ponemos cremita que lo humedezca –al coño y/o a la pirula- y, si no tenemos, saliva, manteca, como Marlon Brando le colocaba al ano de su amante en El último tango en París, o  aceite de oliva virgen extra, y ya está: a follar que el mundo se va a acabar. Hay remedio para todo. Mirad qué paradoja: aparearse con aceite virgen extra de oliva. ¡Vamos a morir con dignidad! Como esos enfermos que piden morir, vamos a morir con dos cojones, con dos ovarios, o con uno, con lo que tengamos. Vamos a morir cuando y como queramos, no cuando quiera la muerte.

La vida es una mierda salpicada de gotas de perfumes de lujo; esa excursión a la muerte, como dijo Benedetti; la música, la mujer, he aquí mis dos gotas de mis dos perfumes preferidos. Con ellas trato de disimular el contexto: la mierda, y el destino: la muerte. Cuatro emes: música, mujer, mierda, muerte, eso es mi vida. El tiempo es una mierda rociada de música y mujeres que te lleva indefectiblemente a la muerte.

¡Puto tiempo! Es verdad que, como dice el poeta -Benedetti también- te vuelve sabio, irremediablemente, pero qué asco de sabiduría, la odio porque es en el fondo el consuelo de los viejos. Cuando veo lugares que disfruté en otros años, los contemplo distintos, muertos, y eso si es que existen. No puedo salir por las calles de mi ciudad ni acudir al lugar donde nací. Todo son recuerdos que se me clavan en las pupilas como alambres, como púas. Se me van los ojos detrás de las jóvenes y luego me doy una bofetada y me digo: “¡Despierta, viejo! ¿Qué quieres? ¿Qué te cuiden la próstata?”. ¡Oh, qué Calvario!, Ellas siempre igual de lozanas y tú en proceso involutivo.

Historiadores del futuro, tomen nota si les sale a ustedes de los cojones o del coño, me da igual: todo lo que se ha ido desprendiendo de mí eran trozos de esperanza en un mundo mejor, no es una victoria de nadie sino una derrota general. Ahora toca la travesía del desierto -como hicieron esos judíos ayer perseguidos y asesinados, hoy odiosos y asesinos pero pertenecientes a mi cultura- una travesía del desierto tal vez sin final feliz.

Ojalá me equivoque pero lo que se ha caído supone perder un tiempo precioso porque los putrefactos se están cargando el desierto y todo el planeta y a lo peor no podemos ni caminar por lugar alguno. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha ocurrido, historiadores? ¿Cómo está ahora la especie? ¿Cómo ha llegado al final del camino? ¿Ha llegado? ¿Me responde alguien?... Y, por cierto, si me responde alguien: ¿Han perfeccionado ya las técnicas de rejuvenecimiento de las células? ¡Oigan! ¡O-i-gan! ¿Me escucha alguien?

¿Asumió la especie su condición? ¿Vive sabiendo que no es más que una pizca de nada en el universo? ¿Una consecuencia de una evolución física y química sobre la que puede actuar pero dentro de unos límites impuestos por su misma condición? ¿Murió en el empeño? ¿Descubrieron y demostraron definitivamente los científicos que nuestra condición esquizoide se deriva de que los ADN de distintas especies de homínidos y de homos se cruzaron? No hubo exterminio de unos por otros, hubo cruzamientos y, con ellos, mezcla de conductas, tendencias y comportamientos.

El comportamiento dominante es el yoísta, exclusivista, técnico y tecnológico, de ahí la asquerosidad del mundo pero es que eso es una forma de supervivencia, otra cosa es que avance el aspecto cultural y que la evolución biológica y la cultural (como diría Dawkins) converjan (me refiero a la evolución cultural solidaria). Algún día podremos clasificar a los seres humanos por sus tendencias y características a priori, ya de hecho se está haciendo.

¿Se dieron cuenta los adultos de que a los niños hay que ir, poco a poco, diciéndoles esto desde el principio y darles vaselina con cuentos para mitigar el golpe? ¿Cayeron mis congéneres adultos en la cuenta de que los niños y jóvenes van siempre por delante de sus padres y de nada sirve esconderles una teta, un coito, nada, cuando demandan información? ¿Les llevaron esa formación por fin a los centros de enseñanza?

¿Dominaron mis congéneres la Red de redes o fue ella quien los deglutió? ¿Hallaron un método de supervivencia intelectual? Ah, y por cierto, ¿cuántos títulos alcanzaron los equipos de fútbol de mi ciudad? ¿Ha desaparecido el gazpacho? ¿Desapareció la paella? ¿Y los jugos combinados de América Latina? Pero, ¡oigan! ¿No hay nadie ahí? ¿Hay alguien? ¿Me oyen? No sé si es que fallan las telecomunicaciones, las telepatías o es que se ha muerto todo bicho viviente y andan por otra dimensión porque en la mía sólo estoy yo, Peter Mancorrow, el pitufo gruñón, escribiendo, aislado y solo. Lo tengo merecido. DIARIO Bahía de Cádiz Ramón Reig

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