08/06/2009. Ramón Reig (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) ramonreig@us.es
De manera que, como Moisés conocía a su gente como si la hubiera parido, la idea era perfecta. Tratarían por todos los medios de cumplir el código para que Dios no les enviara un rayo y los convirtiera en ceniza sobre la marcha (“que nadie sople”, decía el humorista Gila que ordenaban el juez y el médico forense en estos casos, antes de levantar el cadáver). Ya que el personal es dado a matar por matar a cualquiera que estime que está jodiendo demasiado, el código sentencia: “No matarás”. Puesto que a los “viejos” se los pasa uno por la entrepierna con bastante frecuencia: “Honrarás a tu padre y a tu madre”. De esta forma, el núcleo social queda a salvo y es ese núcleo el que va a desprender los estipendios para sacerdotes y reyes. Magnífico. Moisés se aseguraba su sueldo y el de sus sucesores.
Ítem más. Comprobado empíricamente que la plebe se masturba para echar fuera la energía que le sobra: “No cometerás actos impuros”, de manera que algo natural se convierte, con la consagración de la cotidianeidad, en una aberración mal vista por Dios. “¡Joder!, en el seminario, no me dejaban ni hacerme una paja”, se quejaba un buen amigo y poeta que estudió para cura y al final lo dejó. Luego, qué obsesión: “¿Tú te tocas?”, nos preguntaba el confesor desde la penumbra del confesionario. Pues ahora se toca todo el mundo, empezando por las mujeres que han descubierto la Gloria después de la muerte de Dios.
Otrosí, se comprueba igualmente que, además de la parienta propia, no estaría mal probar la del vecino y, además, es que a la del vecino le va la marcha: “No desearás a la mujer del prójimo”. ¡Coño!, otra inclinación, jodida por la dichosa ley divina. Luego llegará Freud y dará la tabarra con aquello de la lucha entre el ello (instinto reprimido), el super yo que es precisamente la reglamentación de lo habitual, en pocas palabras, y el ego (el factor que busca el equilibrio en este caos).
El ser humano, tan inmaduro evolutivamente, debe ser sometido a una ley que está por encima de él mismo, que regula sus inclinaciones y crea lo cotidiano. En esa ley debe incluirse el tiro de gracia al individuo y a su libertad: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, y en esas cosas está uno mismo. Ya nos han tornado en meras mierdecillas de cabra, esparcidas por un camino eterno, ni siquiera servimos para abonar la tierra. Ya nos hicieron masa, marionetas. Todo lo que hacemos es para agradar a un legislador imaginario. ¡Por idiotas! ¡Por retrasados mentales, en el sentido evolucionista del término!
“No tomarás el nombre de Dios en vano”. ¿Qué significa todo esto? Significa que, como saques los pies del plato, te declaran blasfemo y te lapidan. Ayer, con piedras; hoy, con piedras, con bombas, con misiles, con balas, con silencios, con campañas mediáticas, con marketing hermoso que te presenta como a un miserable charlatán, iluminado, dictador, tirano, o como a una mujer que ha osado levantar su palabra y no dejarse pisotear más. Ellos tienen el poder, son el Poder, ellos tienen la fuerza, nunca usan en vano el nombre de Dios, eso lo hacen los demás; ellos aplastan amparándose en Dios, en un invento a su medida, en una mentira. No son capaces de ser humanos, de ir a pecho descubierto, tienen que actuar en nombre de algo que amedrente a todos. Dios es la tapadera de su terror: terror democrático, terror cristiano, terror islámico, terror hindú, terror nacionalista, terror, terror. Y Dios, muerto, sin poder echar mano de su látigo para expulsar del templo a estos engendros, a estas mutaciones.
Falta, con todo, un detalle: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Aquí Dios se pasó cuarenta pueblos. O se adelantó a lo que el ser humano va a ser: alguien solidario. Pero, si se adelantó y sabe que los humanos llegaremos a ser tan solidarios hasta fundir nuestro amor propio con el amor por el otro, ¿por qué no nos ha creado ya evolucionados? Desde luego, por ahora, el mundo es la antítesis de este mandamiento. ¿El prójimo está fuera, por encima, de todas las cosas? ¿Cómo casamos esto con el pensamiento, sentimiento y comportamiento del liberalismo, por ejemplo? ¿Y con el comportamiento y los principios de los putrefactos? ¿Querrán igual a Dios, al prójimo, a sí mismos y a todas sus cosas?
Los efectos de este mandato son otra prueba evidente de la esquizofrenia que padece el humano: tener que amar por cojones al prójimo como a uno mismo porque lo ordena Dios, con lo bien que estamos amándonos a nosotros mismos, con lo claramente que sentimos y pensamos que no podemos amar a nadie más de lo que nos amamos a nosotros. Entonces, nos vemos obligados a inventar religiones, filosofías filantrópicas, galas de solidaridad en los medios de comunicación, mesas petitorias con señoras que lucen abrigos de pieles, y otras pamplinas hipócritas y falsas que siempre fracasan, incluso cuando decimos y creemos que no es así. El miedo a Dios nos ha matado, menos mal que una minoría genial e ilustrada de humanos ha matado a Dios pero lo lógico es que la mayoría se resista a que le quiten el juguete y el amo. Ahora lo que tenemos por delante es la libertad: que también da miedo.
Dicen que el miedo es un requisito indispensable para sobrevivir; a lo que yo aspiro es a sobrevivir sin miedo y a que el requisito indispensable para sobrevivir sea la vida misma, sin fantasmas. ¡Odio los fantasmas! ¡Odio lo imaginario! ¡Odio que la fantasía sea el centro de la vida y el motivo nuclear para vivir! No necesito que nadie me diga que tengo que amar y que odiar a mi prójimo y menos que me lo diga el efecto de una desesperación.
Lo que a mí me mantiene vivo es el odio y estar vigilante para que los putrefactos no me den por el culo. Los putrefactos no son mis prójimos aunque proceda de ellos y esté en ellos y entre ellos, como me lo crea les estoy dando vida y yo lo que quiero es ajusticiarlos. Los putrefactos me dan vida, son los malos de mi película. Ellos jamás me amarán a mí, si les ofrezco mi amor sería para renunciar a mí mismo, lo que Dios me pide es que renuncie a mí mismo, que fui creado a su imagen y semejanza, es decir, que renuncie a él porque él está de parte de los putrefactos y quiere convertirme en uno de sus angelitos, sin sexo y sin seso. Los ángeles no son más que oníricos aduladores que merodean las barbas de Dios o se acurrucan entre sus pies desnudos o en sus cojines en forma de nubes.
En resumen, Dios ya no está en casa de todos, cada cual está en su casa y Dios en su tumba que está en la mente de los seres humanos. Soy yo quien creo a Dios a mi imagen y semejanza. Lo hice -con la influencia de Moisés y su código- y lo deshice por acción libre y voluntaria. Bueno, no del todo libre: estoy determinado por mi odio, necesito que Dios no exista para tener una seña de identidad frente a la chusma. Preciso que Dios pase a mejor vida para vivir yo. Pero eso es mejor que obedecer a Moisés. Así que lo maté, maté a la copia y me quedé con el original.
Cuando no nos amamos, por baja autoestima, lo que hacemos es matar al otro, a veces físicamente, como en las matanzas de EEUU; lo que hacemos es obligar al otro a que sea tan mediocre como uno mismo. El mandamiento se vuelve al revés: “Obliga al otro a ser tan tarado como tú mismo. Rodéate de tarados para poder vivir más calentito, sin retos, o para gobernar sin criticas molestas”.
En definitiva, Moisés es el padre de la cotidianeidad reglamentada, artificial pero necesaria, porque sin ella la sociedad se destruiría. Esto también lo he dicho ya pero viene de nuevo a cuento. La cotidianeidad reglamentada, la cultura, es, a su vez, el origen de la otra realidad que va por debajo.
El mundo funciona con dos niveles, al menos: uno visible y el otro no mostrable, tan necesario el uno como el otro. ¿Cuál es el más ilustrativo e interesante? El segundo, el invisible. ¿Por qué? Porque, de lo contrario, ¿por qué habría de existir? Las putas, las amantes, los paraísos fiscales, los sobornos, los religiosos pederastas, la droga y la industria ilegal de armamento como sectores de negocio que mueven más lana, junto con los paraísos fiscales. ¿Por qué Suiza no es de la Unión Europea? Porque los putrefactos la precisan para guardar en ella sus vergüenzas, eso que no tiene nada que ver con amar al prójimo como a uno mismo. Y si corrigen el asunto algún día inventarán otras cloacas.
Moisés salió de excursión y se llenó de piojos la barba. Todo es artificial, por eso odio lo cotidiano pero al mismo tiempo es un consuelo: el consuelo del tonto inmaduro que soy, que somos. DIARIO Bahía de Cádiz Ramón Reig
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