Número 1994 - Año VIII - Lunes 21 de Mayo de 2012
   
 
 
Opinión
 
La vida cotidiana: Moisés se va de excursión… (I)

01/06/2009. Ramón Reig (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) ramonreig@us.es

RAMÓN REIG¿Y la vida cotidiana? Esa compañera, esos hijos, esos amigos... Cultura, mera cultura, aunque menos da una piedra. La familia –la familia en su concepción religiosa- es un factor cultural, no natural. Es un determinante para evitar la desaparición de los equilibrios sociales, un invento propio de mentes inmaduras, un autoengaño. Desde el punto de vista evolutivo, se trata de un requisito para la proyección en el tiempo de la herencia genética pero esto –y todo lo que conlleva- es ya más interesante.

No está mal contemplar tus conquistas biológicas pero, para una mente deductiva, ontológica, cuando ha fallado lo total, lo parcial no es consuelo, no es consuelo para la esencia del problema, cuya solución es el consuelo verdadero. Las auténticas soluciones siempre son dolorosas. Pero, eso sí, lo cotidiano es uno de los factores que me hacen odiar más a la muerte que a la vida. Estar junto a otros de tu sangre y de similitud biológica y cultural es la muestra máxima del horror a la soledad y a la nada, una muestra de nuestra inclinación a permanecer en el tiempo. ¡Qué hermosamente cobardes somos!

En su travesía del desierto, Moisés (aquel sujeto que tenía más papeletas para ser egipcio que judío, según Freud, que sí era judío) trató de elevar lo cotidiano a rango legal. Se subió a un monte y regresó con unas supuestas tablas de la ley, los diez mandamientos de la Ley de Dios, dirigidos a la gente común. Me pregunto quién le hacía a Dios sus leyes cuando vivía, es decir, las leyes por las que se regía Dios. Ah, sí, el hombre, como todo, como hizo al propio Dios, eso lo veía diáfano Feuerbach y la peligrosidad de Feuerbach la tienen clara los fundamentalistas cristianos. Una ex monja –timorata y ortodoxa- advirtió que una prima hermana mía tenía un libro de Feuerbach y se lo pidió “prestado”, como amiga. Le dije que se lo había birlado para censurarlo. No se lo creyó pero el libro desapareció muchísimo tiempo y así seguiría de no haber sido por la insistencia de su dueña a que se lo devolvieran, ya por dignidad y tal vez para que no me saliera con la mía.  

Estaba con Moisés. Llegó de la montaña con las tablas de la ley de Dios para los hombres. Diez mandamientos. Un campesino que me enseñó labores propias de su condición, a veces, cuando bebía más vino mosto de la cuenta, empezaba a recitarme y me decía: “Los mandamientos de la ley de dios/ son lo menos cuarenta y dos/. Se encierran en dos:/ en el verano a la sombra/ y en el invierno al sol”. Y Mel Brooks, en su película La loca historia del mundo, retrata a un Moisés temeroso que va a por los mandamientos al monte Sinaí y, de pronto, le sobresalta una voz tronante: “¡¡¡Moisés!!!, ¿me oyes?, ¡¡¡Moisés!!!”. “Como para no oírte, Dios mío”, responde el afligido siervo.

En la citada película, de inmediato, Dios envió unos rayos ígneos con los que grabó los mandamientos en una roca y Moisés agarró el pesado soporte escrito y divino y se fue a mostrárselo al gentío que andaba de fiesta con un becerro de oro. Así es la plebe, no se la puede dejar sola porque, o se va a una joyería o enciende el televisor para ver deportes, películas guarras, culebrones o programas de critiqueo y de espectáculo barato. Son como los niños cuando el maestro sale un momento de la clase. ¡Así cómo van a educar a sus hijos! ¡Que los eduquen las máquinas! Esto es lo que deben pensar. Y los maestros, claro, que los eduquen los maestros, que para eso les pagan y tienen muchas vacaciones para descansar. ¡Pinche chusma envidiosa! Con tal de no hacer frente a sus responsabilidades son capaces de todo.

Moisés llega del monte y le habla a la plebe: “Aquí tenéis los quin… digo los diez mandamientos de Dios”. En la película, el hidrologista Moisés (lo digo porque separa las aguas de un mar –creo que se llamaba Rojo, un mar anacrónico, como su nombre indica- y porque le da con el bastón a una piedra y descubre una fuente) llevaba tres tablas a razón de cinco mandamientos por tabla pero en el momento de anunciar la buena nueva se le cae una que estalla en pedazos contra el suelo, de manera que le quedaron diez ordenamientos. ¿Qué establecían los desaparecidos cinco mandamientos? Es más, ¿cómo sabemos qué los otros diez decían lo que decían si terminaron estrellados contra el becerro? Supongo que leería antes el contenido de las rocas y que alguien de alguna agencia judía de información –tal vez del Mosad- tomaría nota.  Bueno ya no me acuerdo de esta historia bien pero más o menos fue así.

De cualquier forma, anda, ya tiene Dan Brown para otra novela de misterio religioso y así seguir forrándose. Cómo odio a ese maldito gringo por su dinero (sí, lo confieso, quiero lana, las penas con pan son menores) y porque vino a la ciudad en la que nací y ni se enteró dónde estaba, a juzgar por su novela La fortaleza digital. Algo que, por otra parte, no me extraña, porque los gringos llegan a un sitio y siguen comiendo mierda de Mc Donnalds, reuniéndose entre ellos y habitando en una burbuja, en los barrios más caros del lugar. Por lo general veo que sucede así. Pobre gente, en el fondo, me inspiran ternura. Un profesor de universidad, especialista en cine, me contó que les había puesto en clase Tristana, de Luis Buñuel, y cuando, al final de la proyección, preguntó opiniones y análisis, le dijeron algunos que no les había gustado porque la guapa protagonista era mala, o sea, no admitían que el bondadoso fuera “malo”, según, claro está, la cultura y moral cotidianas de Moisés y sus quince, digo, perdón, diez mandamientos. No soportaban que Buñuel hubiera decidido romper la simplicidad del discurso con el que tienen configurado su democrático cerebro.

La guapa protagonista que rompió los esquemas de algunos gringos por ser mala era Caterine Deneuve, que se carga al cabrón que está abusando de ella durante toda la película, encarnado por Fernando Rey. ¿No es enternecedora la mentalidad de estos chicos? ¿No es encantadora? No me extraña que se crean que van a la guerra a implantar justicia y democracia, además de a traerse una pasta para casa y a librarse de la cárcel, en otros casos. Les han borrado de la mente el método para entender la vida y así juegan con ellos como desean. ¡Qué felicidad tan infeliz! La felicidad del ignorante. Lo horrible es que esta forma de ser y actuar amenaza a Europa. Pobre Europa, ya no se lleva ser lo que fue, es decir, ya no se lleva ser humano, demasiado humano, con lo divertido y apasionante que es eso, sino que la moda –la ideología del Mercado- es ser máquina comprante, cerebro con serrín, mente con tuercas y bites.

La mayor parte de la gente, la chusma y derivados, tampoco tiene método en Europa, quiere que todo acabe bien en las películas; en este caso, por ejemplo, que no le corten una pierna a la buena y guapa actriz principal por culpa de un tumor. Pero es que Buñuel era de otros tiempos donde funcionaba el cine, no la posproducción y los guiones para tontopitos, no las series comerciales para la familia, donde cada personaje es estudiado y se coloca ahí en función de la audiencia-publicidad: la vieja, el viejo, el niño, el joven respondón, el gay, la lesbiana, el revolucionario del 68, el ejecutivo, el oficinista, el obrero, el gracioso...

Hay muchísimo cine de hoy que en realidad es un tebeo, un comic, llevado a la pantalla. La gente se va contenta porque gana quien tiene que ganar y pierde el malo. Luego, en sus videoconsolas, etc., repite el rito; tenemos una sociedad de tontopitos que flotan en el éter onírico de lo falso hasta que la realidad los baja de repente al suelo y entonces no saben  qué hacer… No saben qué o a quién votar en unas elecciones, no saben qué está pasando o qué puede estar pasando. Y piden ayuda a un papaíto cualquiera, puede ser un papá o una mamá propiamente dichos, una o varias grandes empresas que los sigan teniendo en la inopia con más juegos; puede ser un dictador de corbata y aspecto joven que se hace pasar por demócrata; puede ser un grupo de escritores y periodistas a sueldo del Poder que les cantan nanas en forma de artículos, novelas… Dicen que en el cine, en la fábrica de sueños, pasa todo lo contrario que en la vida. ¡Claro! Para eso está, de ahí su éxito. ¿A quien cojones le va a gustar la realidad? Yo la odio, lo que pasa es que más odio el remedio.

Vuelvo a Moisés y a su reglamento para la gran asociación –a la fuerza- que es la especie humana. El barbas sabía que tenía que cruzar el desierto pero con aquella gente bruta o embrutecida a lo peor se le escapaba de las manos el empeño. Hacía falta un código de comportamiento. Lo haría él. O, mejor, ¿por qué él? Que lo haga Dios, así colaba mejor, ¿cómo iba a equivocarse Dios y encima si se trataba de una guía moral para el pueblo elegido por él mismo para salvar a la Humanidad? Lo haría Dios. DIARIO Bahía de Cádiz Ramón Reig

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