24/05/2009. Ramón Reig (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla) ramonreig@us.es
Y eso que se llama vida social, ¿no te consuela, pitufo? No, en absoluto. La vida social me da gases, lo tengo más que comprobado. Cuando regreso a casa después de un acto o de una cita empiezo a lanzar ventosidades como un volcán. ¡Qué digo cuando regreso a casa!, ¡nada más subir al coche mi fogata boñiguera entra en erupción! A cambio, siento un alivio intenso, mi barriga se desinfla como si expulsara todos los pecados del mundo. “Por un peo aquí me veo”, rezaba un epitafio en una lápida. La sociedad es que o te mata a gases o te mata por aburrimiento. Me aburro en todas partes, en todas, hace tiempo que no siento lo que es el sosiego de verdad. Odio la vida que me ha robado el sosiego y me odio a mí mismo por no ser capaz de conquistarlo. Soy un esclavo. De mi vanidad, de mi ambición, de la red que nos hemos tejido contra nosotros mismos. Un acto social es como un negocio y yo no sirvo para los negocios. La verdad es que suelo adaptarme como puedo y a veces saco tajada pero a base de notar cómo poco a poco se me va hinchando el vientre, entre el parloteo y la cerveza.
Los negocios de los actos sociales también pueden referirse puramente al sexo o a huir de la soledad. No sé si lo he dicho pero el secreto de una vida mejor es aceptar la soledad y vivirla, amarla, recrearse en ella. Es como un clima lluvioso. Los climas lluviosos invitan a la soledad y el sosiego pero cuando, a veces, cesa la lluvia y brota el sol, es el sol más acogedor, hermoso y estimulante. La soledad apacible y libremente elegida, se llena de dicha cuando llega alguien a compartirla contigo, a condición de que ese alguien no se quede demasiado tiempo, salvo alguna excepción que no sé si existe, he aquí el suspense de la soledad vivida plenamente: si aparece alguien con quien compartirla, bien. Si no, bien igualmente, lo importante es tenerse uno mismo, no traicionarse, quererse. No hay que preocuparse demasiado por la fragilidad de los seres humanos, esa misma fragilidad, referida al espíritu y a la materia (que en el fondo son lo mismo), origina, por ejemplo, que cuando uno enferme lo atiendan: por remordimientos, por dinero, y acaso por instinto de conservar la especie.
En la mayoría de los actos sociales o de las articulaciones sociales para el ocio, la gente busca un casquete, una compañía o ambas cosas. “Asociación de Amigos del Pinchito Moruno”, “Taller de Literatura Ñam Ñam”, “Peña La Milonga”… ¡Pamplinas! El pinchito moruno, la literatura Ñam Ñam o la milonga, son las excusas para reunirse y aparearse. Los que se sienten más o menos satisfechos no pierden tiempo con esas veleidades sino que están en casa o en algún lugar pasándolo bien, no haciendo como que se divierte uno. Ya soy mayor para que traten de engañarme con estas chorradas.
El diplomático Inocencio Arias dijo una vez que él daría 150 euros por no ir a muchos actos sociales y 1.500 si fuera rico. También contaba que valen la pena algunos de estos actos porque se lograban pequeñas cosas que pueden ser de utilidad para el tercer mundo, por ejemplo. Yo no creo en la caridad, la odio, es el consuelo de los débiles y una parte del discurso alienante de los ricos hacia los pobres y menos ricos.
No queremos de verdad justicia para los demás sino sólo para nosotros mismos. Nuestra cultura nos ha vuelto más egoístas de lo que tal vez seamos. Pero nuestra cultura es nuestra, nos la han impuesto porque la hemos aceptado y asimilado, y no nos la han impuesto los extraterrestres sino personas como nosotros, incluso más aguerridas porque se la han jugado para bien y para mal.
Sin embargo, todo es egoísmo, por eso necesitamos la caridad, para compensar el binomio esquizofrénico realidad-deseo. Y necesitamos autoengaños. Lo observo, no sólo en la religión o en las ONGs, sino también, por ejemplo, cuando visito esas tiendas de ropa “barata”, pertenecientes a grandes empresas, donde los tejidos imitan lo viejo y lo descosido. Lo observo cuando los jóvenes pijos y los ejecutivos se visten “de pobres” en boutiques especiales. Claro, el mensaje real, sensiblero, sin contexto, nos inunda con el hambre en el mundo, con pobreza y calamidades. A nosotros nos dan igual pero nos joden la conciencia, de manera que mejor vestirse imitando al marginado que como de verdad quisiéramos ir, eso nos acerca a ellos y tenemos calmada la conciencia, aunque el precio de la ropa con diseño “tercermundista” pueda ser igual o superior a la vestimenta distinguida. Nos avergonzamos de nosotros mismos pero no tenemos cojones ni agallas ni tal vez capacidad para superar nuestra vergüenza. Cuando se empiece a concretar esa superación, cuando se concrete y queramos de verdad justicia para todos, entonces sí habremos pasado de la adolescencia a la madurez o estaremos entrando en ella. Mientras, disimulamos, inventamos una moral, unas obras caritativas...
El maestro Nietzsche escribió algo así como que nos estorban los pobres porque si les damos dinero nos lo quitamos a nosotros y si no se lo damos nos remuerde la conciencia. En los actos sociales siempre se va buscando algo pero un servidor (de mí mismo), a estas alturas de su vida, no se doblega ante nadie porque para conseguir “cosas” siempre hay que chupar traseros, en mayor o menor medida. Yo, como todos, he tenido que tragar sapos y a veces culebras. Pero he trabajado cantidad para ser socialmente “libre”. Se acabó.
No es suficiente la inteligencia y el trabajo para alcanzar éxitos, también cuentan, y mucho, el vasallaje, las emociones y la docilidad. Y esa es otra: no estoy de acuerdo con el 99,9 por ciento de las cosas que oigo y debo morderme la lengua muy a menudo. De tanto que me la he mordido ya está casi insensible, ya apenas noto que la muerdo, lo asumo como normal: otra vez la espiral del silencio. Si no me la muerdo es peor porque, a fin de cuentas, vivo en rebaño y tengo que utilizarlo para calentarme de vez en cuando. A mi edad no quiero morderme la lengua por sistema. Por tanto, me quedo en casa, así me ahorro mordiscos y gases. DIARIO Bahía de Cádiz Ramón Reig
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